¡Gol!

No hay verano sin competición futbolera. Sin acontecimiento deportivo en la televisión. Sin ver cómo el balón atraviesa de lado a lado el salón de nuestras casas. Sin arrastrar el sillón o dar un golpe de más en la mesa. Volvemos a los veranos que nos dejan en fuera de juego a las cinco de la tarde. A pitar penalti y a pedirle al árbitro la hora, mientras confirmamos que el gazpacho vuelve a estar, una vez más, en su punto.

El fútbol nos enseña que la historia siempre está por hacer, y también a identificarnos con esos llantos en la grada. Somos la superstición de los que entran en el campo con el pie izquierdo. La rebeldía del que no tolera un codazo pero luego tiende la mano al rival. He visto a Iniesta en las primeras volteretas de mi sobrina. En esos giros que son trampas para cualquiera que se vea inmerso. Y yo tampoco he podido seguirla. Como a esos locos bajitos imparables que nunca ganarían un mundial hasta que lo hicieron.

Detrás de un gol hay un beso. Siempre. Y una infancia. El orden y la exactitud en los tatuajes de Loris Karius, ese portero del Liverpool que pasó tan mala noche. ¿Y qué hay con ese saber perder del Atleti de Simeone? Hasta que también nos enseñaron a ganar. Todos somos libres de elegir a nuestros dioses, pero ahí están Messi, Koeman, Zizou, Pirlo, Buffon y otros guapos a rabiar para ampliar el olimpo. El Sevilla del Arrebato, y el arrebato sevillano. El Betis de mi abuelo. Y el de Joaquín, en perfecto estado de revista y con el sentido del humor imparable. Detrás de un gol está Xabi Alonso saltándose toda una grada sin movérsele un centímetro del tailoring inglés. La dedicatoria a Dani Jarque en Johannesburgo. Puyol y Xavi diciéndole a Del Bosque cómo ser campeones del mundo. Guardiola corriendo por la banda de Stamford Bridge, parándose en seco para ponerse bien la corbata. Pep y sus zapatos italianos, eso también, con sus cuatro o cinco idiomas. Siempre he pensado que si hubiera contribuido a los éxitos de otro lado, le habrían puesto su nombre a Torre Europa.

Detrás de un gol están los niños del pueblo jugando a la pelota. Y el otro niño, al que siempre llamamos de otra forma, con el balón en la playa, moviéndonos la sombrilla. La radio del taxi y Leo marcando en el último minuto. Los “Papá, ¿por qué somos del Atleti?” Las zapatillas de Cristiano. Los cortes de pelo y estilismos de Ramos. Los sueños que todos quieren conseguir y que tan sólo unos pocos logran.

También están las noches de insomnio. Los penaltis en el último momento. Los goles en el minuto 93. Los seis títulos en una temporada que disfrutamos todos los culés. Descubrir que puede haber poesía en cada tiki-taka. También en la chilena de Bale. El infierno dentro de un rondo de los del Barça. Normal que Vázquez Montalbán, Luis García Montero o Benedetti, sucumbieran y aparcaran sus plumas más de una vez para leer los versos que hay detrás de esos noventa minutos.

El fútbol nos enseña que la historia siempre está por hacer, decía al principio. Y también nos hace olvidar que un día fuimos los mejores. Que a veces nuestra felicidad depende de esos jóvenes bajitos y débiles, pero también inseguros, que conducen grandes deportivos y no pagan en los restaurantes, mientras nosotros no llegamos a fin de mes.

El fútbol también nos pone enfrente de nosotros mismos, pero si gritamos ¡Gol! se nos pasa.

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