Globalizaciones posibles

El duelo por la gran recesión toca a su fin. No porque hayamos superado la crisis, sino porque la reconstrucción de las empresas y de los modelos económicos, la adaptación de los partidos y las organizaciones políticas y, en general, la actitud del ciudadano no volverá a ser la misma. El mundo de ayer -¡qué expresión la de Zweig!– no es el mundo de hoy. El comercio internacional se organiza en mercados regionales con acuerdos específicos por zonas. Parece poco probable que se recuperen los acuerdos comerciales masivos, al estilo de la Ronda de Doha. Los bienes, los servicios y la financiación funcionan mejor en mercados regionales, cuyas economías de escala son más rentables.

En el plano financiero, Estados Unidos y el dólar ya no controlan los flujos económicos. El auge del yuan, la creación del Banco Asiático de Desarrollo (BAsD), el mercado del euro o la disputa por la libra esterlina conforman una buena muestra. En el mercado del consumo sí se observa una tendencia homogeneizadora construida sobre marcas, iconos y eventos internacionales. En política, la democracia no pasa por su mejor hora ante el auge de los sistemas representativos no liberales. Asimismo, la geografía histórica llama a la puerta. Ha descendido el número de conflictos entre países y han crecido las confrontaciones dentro de las fronteras establecidas o en disputa. Los roces entre China y Japón por los mares del Sur o la situación de Crimea son los casos más conocidos. Por último, los nuevos problemas son inasibles por el estado nación. Las pandemias, el cambio climático o el terrorismo internacional superan cualquier clasificación política nacional.

En este contexto, hay tres globalizaciones posibles. La primera es la evolución lenta, pero certera, del mundo que hemos creado tras el final de la Guerra Fría. La interdependencia desaconseja una vuelta al proteccionismo y a los mercados cerrados. El comercio crece, aunque cuando la macroeconomía se desestabiliza, las crisis son virulentas y contagiosas. Los ciclos económicos se antojan más cortos. Las empresas son de naturaleza global, como lo son los reguladores. La democracia se expande y mejora no sin mucho esfuerzo. En general, mejora la calidad de vida, se reduce la pobreza y el hambre y se limitan las crisis humanitarias.

La segunda globalización es el escenario multipolar. El auge del Pacífico, la consolidación de China como potencia global, la estabilidad de la Europa unida, el bloque latinoamericano o el lento declive de Estados Unidos dibujan varios bloques de actuación política, finanzas y relaciones internacionales. No hay una moneda dominante, sino varias, aquellas que controlan el comercio regional. Se crean hubs financieros, al estilo de Londres, Frankfurt o Nueva York, cuyas bolsas reducen el volumen. La competencia es regional y se respetan las zonas de influencia, sea lingüística, cultural o mercantil. Los países líderes en una región impulsan la creación de nuevas instituciones multilaterales que desafían el modelo de Naciones Unidas y que compiten en legitimidad internacional con la Unión Europea. Se reduce la movilidad de las personas, privilegio ya para quienes tienen competencias profesionales exclusivas. Crece la desigualdad y la riqueza se concentra en ciudades creativas, innovadoras, de clase mundial.

El tercer escenario representa el final de la globalización, una distopía propia de Mad Max. La crisis genera miedo y se recuperan fórmulas del pasado. La primera medida es evidente: levantamiento de fronteras económicas, proteccionismo y trabajo “para los de aquí”. El modelo autárquico fragmenta los mercados, reduce la capacidad de crear valor y riqueza, reduce los intercambios y empobrece a todos. Se dispara el coste de capital porque el retorno de la inversión es más complejo. Crece el número de compañías nacionalizadas y protegidas del exterior. Los países lideran las guerras comerciales y financieras, con compra y venta de deuda, de activos y de préstamos. Más inestabilidad acaba en conflicto político y, con toda seguridad, en guerra. Los conflictos son abiertos y afectan a regiones extensas en las que los países que aspiran a la hegemonía imponen su visión del mundo. El escenario tiene consecuencias humanas: la democracia se pone en cuestión, se discuten los derechos humanos y las libertades públicas, se excluye a los inmigrantes.

¿Y ahora qué? Nada está escrito. Son tres futuros posibles, que pueden variar en tiempo, forma, alcance o personajes. Mediante la creación de marcos facilitamos la toma de decisiones, la innovación en los procesos y en los modos de gobernanza y planteamos el grado de responsabilidad que tiene cada uno de los actores en la globalización. No me atrevo a apostar por un escenario u otro, pero sí me atrevo a dar un consejo a organizaciones, gobiernos o movimientos sociales que quieran triunfar en cualquiera de los tres escenarios. El tiempo de los fundamentos rígidos, de la ortodoxia, ha terminado. Cualquiera que sea el territorio en el que nos movamos, habrá que promover estructuras flexibles, productos y servicios adaptables, sistemas políticos más transparentes y una ciudadanía activa, comprometida con su entorno. Llamemos a esto resiliencia, antifragilidad o posmodernidad.

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