Gimme, gimme, gimmick! La magia del cine trilero

No una, ni dos, ni tres, ¡sino cuatro secuelas! está rodando de su Avatar ese megalómano llamado James Cameron que un buen día fue rey del mundo. Y por si fuera poco, entre toma y toma, ha tenido tiempo para proclamar a los cuatro vientos que el 3D actual es patético y que, agárrense a las butacas, sus próximas películas pitufadas van a cambiar esa tridimensionalidad de forma definitiva. ¿Estamos ante una fanfarronada del director más endiosado de Hollywood o realmente vamos a decir adiós a esos momentazos en tres dimensiones chuscas que nos han brindado bodrios como aquel remake penco de Furia de titanes o nuestro queridísimo Torrente? Qué más da si cuando la magia del séptimo arte se convierte en un espectáculo trilero, ¡todo es más divertido! Bienvenidos al maravilloso universo de los gimmicks. ¡Y que se joda James Cameron y su perfeccionismo!

“¿Y qué es un gimmick, mamá?”, se preguntará más de uno. Por tal palabro entendemos aquellos trucos destinados a introducir a la audiencia en el filme que visionan, haciéndole formar parte de la acción. Y para ello, todo vale: lo mismo da la tan de moda ahora visión estereoscópica –sí, las dichosas gafitas- que colar un estudiante de Arte Dramático en la sala disfrazado de Ghostface y que te pegue un susto de muerte en pleno ídem. Hasta algún ejecutivo con delirios de grandeza decidió un buen día que la mejor forma de azuzar al público era ponerles el corazón en la boca a base del tembleque de su butaca, aunque para ello tuvieran que dejar la sala hecha un cisco. ¿Que no se lo creen? Lean, lean…

¡Sensurround a tope! Cuando la tierra tiembla 

Uno de los más bestiales gimmicks por méritos propios en la historia del cine es sin duda el Sensurround, aquel sistema de sonido –y algo más- que RCA y Universal crearon en 1974. Basándose en un amplio espectro de bajos y efectos de sonidos, el Sensurround se beneficiaba de la calidad de los altavoces diseñados por la compañía Cerwin Vega –fundada por el ingeniero ¡aeroespacial! Gene Czerwinski- y los potentes amplificadores elaborados por la compañía BGW Systems. La ubicación de diferentes woofers y subwoofers, estratégicamente instalados en la sala de cine, favorecía la reverberación de una serie de efectos de baja frecuencia que podían simular las vibraciones de un terremoto o las sacudidas de un campo de batalla. Para entendernos, se trataba básicamente de tunear un cine. A lo bestia.

Vista sus contundentes pero escasas aplicaciones, no resulta extraño que la primera película en beneficiarse de tan singular invento fuera Terremoto (Earthquake, 1974), a la que seguirían La batalla de Midway (Midway, 1976) y Montaña Rusa (Rollercoaster, 1977). La catastrófica película protagonizada por Charlton Heston se alzó, no era para menos, con el Oscar al Mejor Sonido y los papás del invento también levantaron uno especial por su aportación al mundo del cine gracias al Sensurround.

Los académicos debieron pensar “pies para qué os quiero” cuando tan solo tres años después el fiasco de Montaña Rusa en la taquilla, eclipsada por el éxito del momento (nada menos que Star Wars), demostró que aquello del Sensurround era gloria de un día y que el público prefería los f/x en la pantalla antes que en sus oídos. Y más aún cuando más de un cine que había aplicado el sistema se encontró de buenas a primeras con considerables –y costosos- estropicios en sus estructuras: sin ir más lejos, en pleno corazón de Tinseltown, en el Mann’s Chinese Theatre de Hollywood, se hizo necesario colocar una red de seguridad para evitar que los cascotes de escayola que se desprendían a causa de los pases de Terremoto cayeran sobre las chorlas de los espectadores, y el estreno del filme en Chicago se vio seguido de una denuncia del Departamento de Sanidad ante el peligro de derrumbe ocasionado en la sala de cine. Hasta Alemania alcanzó la onda expansiva: allí, el Gobierno actuó con premura y las películas proyectadas con Sensurround solo podían estrenarse en edificios con una sola pantalla –nada de multicines- y de una sola planta.

A pesar de tanto ruido, o quizás debido al mismo, al Sensurround le salieron rápidos competidores: 20th Century Fox lanzó su Sound 360 en Damnation Alley (1977) con escasa fortuna, y Warner Brothers empleó su Megasound a bombo y platillo en filmes como Viaje alucinante al fondo de la mente (Altered States, 1980) y Superman II (1981), entre otros.

Claro que el alto coste de la implantación del sistema en los cines provocó que la idea no prosperara tanto como algunos esperaban. Y es que en el mundo del cine, ahorrar un dólar es sinónimo de éxito. Y si no, que le pregunten a nuestro siguiente invitado…

William Castle. El rey del truco 

Este tipo con cara de buena gente –y de secundario en Bonanza- se ajustaba como un guante a ese perfil prototípico de empresario judío sagaz y arriesgado, hecho a sí mismo. Nacido en el Nueva York de 1914 como William Schloss, no tardó en cambiar su apellido por el más yanqui Castle (nota para los curiosos: “schloss” también significa “castillo”, pero en alemán) y dedicarse al mundo de la farándula. Primero, en Broadway, y luego, con apenas 23 primaveras cumplidas, en Hollywood, donde llegó a trabajar, ojito, como ayudante de dirección del mismísimo Orson Welles en La dama de Shangai. Pero al bueno de William lo que en realidad le tiraba era el terror, y ya en el género, sorprender al espectador a base de ingenio e inventiva. Y de paso, por supuesto, engordar la cuenta corriente.

Por su querencia al sobresalto fue llamado “el hermano pobre de Hitchcock”, pero me pregunto qué hubiera opinado el orondo británico de un negocio tan redondo como Macabre (1958), primero de sus filmes-eventos que costó solo 90.000 dólares y acabó recaudando 5 millones. El éxito se debió a una campaña de publicidad tan inteligente como bien orquestada: al comprar tu entrada, firmabas un seguro de vida con el Banco Lloyd’s de Londres por valor de 1.000 dólares. ¿Cómo cobrarlo? Era fácil: si la palmabas de miedo en el cine. Para darle más énfasis y realismo al asunto, Castle colocaba en algunas salas a figurantes disfrazados de médicos, aparcaba ambulancias en la entrada de los cines y hasta hacía pasear por las inmediaciones a algún que otro coche fúnebre. Todo por el espectáculo. Hasta regalaba una chapa a la salida en la que podía leerse: “No soy un gallina. He visto Macabre”. Tipo listo donde las haya, Castle ya veía las posibilidades del merchandise cuando George Lucas aun vestía pantalón corto y le daba a las piruletas.

Pero Macabre fue solo el inicio de una carrera labrada a golpe de gimmick. En The House of the Haunted Hill (1959) Castle se sacó de la manga el Emergo!: en el mismo momento en que un esqueleto hacía acto de presencia en la pantalla, otro inflable sobrevolaba las cabezas de los espectadores colgado de un cable. Dicen las malas lenguas que el ingenio acabó provocando, perdida la sorpresa inicial de los primeros pases, más risas que gritos. Pero la taquilla seguía funcionando. En The Tingler, su filme si no más personal sí más psicotrópico, un Vincent Price de nuevo mad doctor descubría la existencia de una extraña criatura que nacía en la espina dorsal a raíz del miedo y que solo podía morir gracias a los gritos. Cuando una de estas criaturas se daba de bruces con la pantalla, los asientos del cine soltaban una descarga eléctrica similar a un cosquilleo a sus ocupantes y emitían un incómodo zumbido… que solo paraba cuando la platea gritaba a pleno pulmón. A esta ocurrencia Castle, siempre presto a bautizar sus ingenios, le llamó Percepto. Y no sería la última.

El público siempre tiene la razón… y también mala baba

En 1960 el avispado Castle patentó otro invento: el Illusion-O, diseñado a la medida de su siguiente filme, 13 Ghosts. A la entrada del cine recibías un visor de fantasmas (básicamente, unos anteojos de cartón y celofán rojo y azul, como las antiguas gafas 3D, ¿se acuerdan de la sexta pesadilla de Freddy?) y, cuando en la pantalla del cine aparecía el mensaje pertinente anunciado que te las pusieras, voilà, ¡a ver espectros a tuti! El efecto no es que fuera la rehostia, pero claro, hablamos de 1960… Si piensan fríamente, aquí en España lo más colorido ese año en los cines fue Un rayo de luz, con Marisol.

Tan solo una temporada después, en 1961, William Castle se superaría hasta límites insospechados: las proyecciones de Homicidal suponían el no va más de la humillación a la audiencia… por parte de ésta misma. Al final de la película, con la chica acosada por el serial killer de turno, la acción se paraba de repente y un reloj en la pantalla permitía a quien quisiera salir de la sala y pasar por la taquilla a recuperar su dinero. Era lo que Castle llamó el fright break, más o menos un kit kat pal acojonao. Claro que el siempre astuto cineasta se las sabía todas: el espectador asustadizo tenía que seguir unas huellas amarillas fosforescentes en el pasillo, que le hacía desfilar por toda la sala delante de los demás espectadores, y dirigirse a una esquina donde esperar pacientemente la devolución de su dinero. Mientras esperaba allí, y el reloj seguía marcando en la pantalla, por los altavoces de la sala sonaba: “¡Mirad al gallina! ¡Observad cómo se esconde en el rincón de los cobardes!”. Antes que exponerse al escarnio público, en una sala además repleta de adolescentes hasta los topes, cualquiera prefería esperar a que el dichoso reloj desapareciera de la pantalla y tragarse la película hasta el The End.

Este tipo de jueguecitos con el público eran habituales en los estrenos auspiciados por Castle. En Mr. Sardonicus, también de 1961, la audiencia podía decidir al final de la película el destino de su protagonista, un Guy Rolfe desfigurado con una sonrisa helada en el rostro. Los espectadores recibían una tarjeta con una mano con el pulgar levantado y fluorescente, que podías poner hacia arriba (Mercy, según las indicaciones del mismo Castle desde la pantalla) o hacia abajo (No mercy), enviando al personaje a su castigo final o salvándole del mismo. A sabiendas que su público jamás le daría una oportunidad al personaje, el director no tenía rodado ningún final feliz para su película, a pesar de lo ofertado. Qué listo el jodío.

Castle siguió adelante con sus artimañas –en Strait-Jacket (1964) repartía hachas ensangrentadas de cartón entre los espectadores, en I Saw What You Did (1965) colocó cinturones de seguridad en las butacas, en Bug (1975) aseguró en un millón de dólares a su protagonista, una cucaracha…- hasta que en 1977 un infarto de miocardio nos privó para siempre de su imaginación. Seguro que el cine es menos divertido desde entonces. Claro que, como verán en nuestro ranking, seguidores no le han faltado.

El montaje no es obra del montador.

Un ranking de pelis muy, ejem, creativas 

My World Dies Screaming (1958). También llamada, en un arrebato de originalidad, Terror in the Haunted House, tiene el honor de ser la primera película rodada en Psycho-Rama. Esto es, insertos breves y fugaces durante todo el metraje, a modo de flashes, de imágenes subliminales como calaveras y rostros diabólicos. Claro que a más de uno le venció el sopor y los efectos se tornaron nulos.

Dementia 13 (1964). Ni los más grandes han escapado del gimmick, oiga. Ahí está Francis Ford Coppola, que antes de vérselas con El Padrino te hacía rellenar un formulario a la entrada del cine para evaluar si eras lo suficientemente equilibrado mentalmente como para visionar el filme. Si caes en la cuenta que en la silla de productor se sentaba Roger Corman, todo toma sentido.

The Incredible Strange Creatures Who Stopped Living and Became Mixed Up Zombies (1964). El delirium tremens de Ray Dennis Steckler, firmante de otras gemas del trash como Rat Pfink A Boo Boo o The Horny Vampire, se beneficiaba del Hallucinogenic Hypnovision. Tras tan rimbombante nombre lo único que encontrarán serán unas mareantes espirales que aparecían cuando la bruja gitana ejercía sus finas artes mesméricas.

The Cannibal Man (1972). El título con el que se estrenó en inglés incita a pensar en una bestialidad gore a lo Gomia, terror en el Mar Egeo, pero no. Atención, españolitos: estamos ante La semana del asesino, título señero de nuestro querido Eloy de la Iglesia que en su comercialización allende los Pirineos iba acompañado de ¡bolsas para vomitar!

Polyester (1981). John Waters rendía homenaje al Smell-O-Vision, antiguo gimmick de estudio utilizado en Scent of Mistery, cambiando los tubos que despedían aromas por tarjetas para rascar. El de Baltimore también atacaba nuestro olfato con su Odorama, claro que los suyos eran efluvios no tan finos y elegantes. Con Divine y Stiv Bators entre sus actores, estaba claro que no podíamos esperar Channel nº 5, ¿verdad?

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