Funeral poético a una Virgen en llamas

El incendio que hace 45 años redujo a cenizas la antigua talla de la Virgen del Patrocinio inspiró a Alfonso Canales, José Luis Ortiz de Lanzagorta y Rafael Pérez Estrada un poemario delirante, transgresor y vanguardista que llegó a ser aplaudido en su día por José María Pemán: “El fuego se ha vuelto teológico para siempre”. 

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“Ayer, sobre las tres y media de la tarde, se descubrió un fuego en la capilla del Patrocinio, iniciado en el altar mayor, que estaba dispuesto para la celebración del quinario. La bellísima imagen de Nuestra Señora del Patrocinio quedó reducida a cenizas”

“La pérdida más sensible ha sido la imagen de Nuestra Señora del Patrocinio, atribuida a Cristóbal Ramos, notable autor del siglo XVIII. Ha desaparecido totalmente, pasto de las llamas. El fuego ha afectado sólo el talón del Cristo”.

“María Santísima del Patrocinio, la bendita madre de ‘El Cachorro’, era ayer tarde un montón de carbonilla que la gente pisaba sin saber que poco antes sobre aquellos restos calcinados se alzaba la gentileza de la grácil talla de la Dolorosa sevillana”.

De diversos periódicos sevillanos.

27 de febrero de 1973.

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Vírgenes sevillanas de altos hornos se hacinan a las ascuas,/ mística antropofagia de trascender en Cristo por la llama/ y enviudar en Cristos por braseros”. Huele a cenizas de lirios, a calderas de maderas sagradas, a tarde calcinada. Corre el mes de febrero y una chispa rebelde, quizás de una vela, ha prendido en el terciopelo del altar de cultos. La iglesia arde y sucumbe la Virgen del Patrocinio. Con ella, su corona procesional, la saya de tisú y parte del respiradero del paso de palio. Un ángel atribuido a La Roldana y dos tallas del siglo XVI de san Isidoro y san Leandro también son arrasadas por el fuego. El Cachorro se salva. Las brasas han llegado hasta sus talones.

Los poetas Alfonso Canales, José Luis Ortiz de Lanzagorta y Rafael Pérez Estrada realizaron un soberbio ejercicio literario sobre los restos de la imagen de la Virgen del Patrocinio, devastada por las llamas tras el incendio de su iglesia el 26 de febrero de 1973. Funerales para una Virgen (Propuesta de texto a tres voces), título del delirante libro que recoge las impresiones de los tres escritores andaluces, es una insólita y genial propuesta de poesía barroca y vanguardista que atrapa toda la tragedia del acontecimiento entre narraciones apocalípticas e imágenes surrealistas. “Era un olor a guerra/ civil, a delirante/ pira de odios…”.

El libro se escribió en unos días y se publicó al mes siguiente. Los poemas y las prosas parecen escritos cerca de las llamas, con la leña carbonizada a modo de tinta de vértigo y prisas. Al poco tiempo, la obra –que no llega al medio centenar de páginas- recibe el aplauso de José María Pemán. “El fuego se ha puesto serio y se ha vuelto teológico para siempre”, anota el escritor, quien llena los trágicos hechos ocurridos en el barrio de Triana de nuevas invenciones: “Las mujeres se arrodillan a la vera del círculo de ceniza que ha quedado en el suelo y la besan con unción. La liturgia ya tiene un nuevo trámite: ‘el besaceniza’”.

Funerales para una Virgen (Propuesta de texto a tres voces) es hoy una obra de difícil acceso, una joya bibliográfica, una sinfonía rara y única sobre el alma de Sevilla. Y la Virgen del Patrocinio que ahora recorre las calles es otra inspirada en aquella macabra y humeante que contemplaron los tres poetas conjurados en este libro colectivo. “¿Qué te han hecho, querida niñita?”, escribe Ortiz de Lanzagorta (Sevilla, 1933-1998), un vanguardista vocacional, crítico literario, poeta y periodista, animador cultural, conferenciante y tornado de la nueva narrativa andaluza que algunos se inventaron en la década de los setenta.

“Son los niños quienes encienden los fuegos y gritan delante de las llamas”. Es la potente sentencia de Jorge Seferis que encabeza la propuesta poética de Ortiz de Lanzagorta, el único sevillano de los tres autores, quien deja huella en este Funeral para una Virgen de su incomprendido vanguardismo que tan bien entronca con la tradición barroca. Este volteo de los registros también quedaría plasmado en el insólito libro Discurso de las postrimerías de don Miguel Mañara en su fantástica pasión y muerte, que remató en un subtítulo desmesurado y con cierta gracia: Con la historia que Valdés Leal contara al visitante de la Ciudad de los Locos, seguido de la Danza de las Antorchas.

Lanzagorta titula su poema dramático Rigor Mortis, en el que incluye pequeñas acotaciones como Material para un collage por una Virgen en la hoguera: “Patio de los condenados por antiguos servicios. Material para chantres que cantan confortadoras salmodias. Ceremonial y culto. Réquiem por la crueldad. Y un título raveliano: Pavane pour une Infante Defunte. Pero no. (…) Las caras y los cuerpos quemados no estuvieron hechos de materia de pensamiento, sino de vida. Orden dentro, al fin. Ahora ya sé que la prueba del misterio siempre se hace con la sangre de las víctimas”.

En estas páginas aparece una iglesia del Patrocinio, convertida en un infierno por las llamas, con personajes como Trajano, Dante, Nicolás Guillén, Antonio Núñez Chocolate, el cadáver de Ofelia, el espectro de La Roldana, la mandíbula de Belmonte, las manos cortadas de Justa y Rufina. También los óleos de Valdés Leal y las postrimerías de Mañara. “Ojo/ gesto y hoguera/ nube de cal y agua los íconos buscando/ Cachorro el cielo brota ángeles calcinados/ Primer y único círculo hueco o rastro del cuerpo/ aquí líneas que marcan (Huellas que guardan)/ Madona jovencísima con un mirlo subiendo/ la arcada de su cuello/ su recuerdo”.

Lanzagorta concluye con una amalgama de personajes invitados a esa iglesia convertida en patio de tragedias y la desolación de lo que ya era sólo un recuerdo: “¿Qué es lo que buscan, pues, nuestros ojos viajando así por el fondo de la noche, por el recuerdo de las pálidas mujeres hacinadas que lloran, como si mil o dos mil, y luego ochenta mil latigazos de plomo fustigaran a sus chiquillos, expulsándolos a un abismo de habitaciones cerradas?”. Y remata: “No queda más que una superficie cuadrada. El panel humilde del arte más humilde: la ventana interior de la memoria fija en fotografía. Érase una vez una virgen mirándose en un río…”.

Por su parte, Alfonso Canales (Málaga, 1923-2010), autor de obras como Sonetos para pocos o Tres oraciones fúnebres, se detiene en esa Triana convertida en infierno. Y la visión apocalíptica le sirve para recordar tiempos antiguos: “Era un olor a guerra/ civil, a delirante/ pira de odios. (Fuera postulan por un fénix/ tal vez posible.) Acaso, si una vena de frío/ irrumpe en las cenizas, huela a cartas quemadas,/ a episodio marchito, a fe que se corrompe,/ a sábanas manchadas por un quehacer infame”. El poeta pasea por la Triana de todos los tiempos, de todos los siglos, como si la pesadilla de fuego hubiera despertado a todos sus fantasmas.

Del mismo modo que Ortiz de Lanzagorta despierta el espectro de La Roldana y a los flamencos antiguos, Canales invoca a Belmonte, hermano del Cachorro: “Una cornada/ de aire guadalquivir traspasa el pecho/ de Juan, que nada sabe/ todavía. / Si regresáramos/ a la capilla ardiente, si en la quieta/ madrugada claváramos de oídos/ la imperturbable puerta, tal vez sonara, al cabo/ de los siglos, el grande/ alarido que falta, el hondo trueno/ fraguado en esa boca/ única”.

Finalmente, desde la sala De Profundis, hace su entrada Rafael Pérez Estrada (Málaga, 1934-2000), poeta subversivo y elegante, de libros mágicos como El ladrón de atardeceres o el Libro de los espejos y las sombras, que se presenta para su Apócrifo Introito. Hay olor a “cera asesinada de un golpe”. Y, sugestionado quizás por los humores de la madera exudada, divaga deliciosamente entre el imaginario sagrado. “De alguna manera, lépori, vergüenza ajena o propia: bandeja teñida al caracol en baba de ágata (la santa), a dos (que más no hay) pechos cercenados: claxonante bocina de pezón y areola”.

El poeta describe la escena del Guadalquivir silente y espectral. Se citan pañuelillos de incienso, redobles y sepelios, ceniza amarilla y memento. Pérez Estrada da entrada también a Mañara y su leyenda de la Calle del Ataúd cuando contempla su propio entierro, las rosas de abril del caballero a sí mismo llamado el peor hombre del mundo.

Así, se van sucediendo escenas de la Sevilla nunca escrita, apenas entrevista y sugerida. Suena un martinete de dolor. “Torre, Breva, Caracol y Chacón/ entonan misereres peteneras,/ a la par que empabilan la rosa/ Jericó asesinada, y se oculta/ a puertas ya selladas, de fuera/ adentro, el agua./ Exuda el leño,/ manantial de mangueras anegadas”.

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