Funambulistas

Con esta revista número siete cumplimos un año de vida. Un año puede ser una mierda o todo un logro según el ojo que lo mire y en el momento en que lo haga, pero al fin y al cabo los números no engañan, como el algodón.

Escribiendo estas líneas tengo a mi lado las seis revistas con sus seis portadas. En la primera, quizás la que más me guste por ser con la que perdimos la virginidad editorial, se muestra un hombre desnudo, pintado de blanco y tumbado en el suelo. Amortajado con un capote desde el tórax a los tobillos, tan solo deja ver sus ancianos pies con sus prominentes juanetes y los hombros enclenques. Tengo la revista también tumbada en el suelo, como él. Y me mira. Me está guiñando un ojo. Incluso tiene una media sonrisa. Parece desearnos suerte. Como así hizo aquel día en el teatro, cuando le confesamos nuestras dudas.

A su derecha, un primer plano. El rostro desafiante no me mira. Dirige sus ojos por encima de mi hombro derecho. A veces sus pupilas me transmiten horror y otras tranquilidad y sosiego. Asoma su cabeza por la cortina de un escenario como un pájaro. Sostiene el asta de su eléctrica como si de un bate de béisbol se tratara. Sabe dónde nos estamos metiendo.

A la izquierda de la pantalla de mi ordenador tengo la portada de la tercera publicación. Las tres caras de la moneda. La que dirige sus redondas pupilas negras hacia mí parece hacerlo con un punto de locura. Me mira con desconfianza, casi de soslayo. Arquea levemente las cejas, un poco sorprendido, y reacciono igual. Tiene el pelo alborotado encima de una frente limpia. A la izquierda, él mismo más sereno, y a la derecha otro perfil que apunta hacia arriba. Llegábamos al semestre y nos llamaban locos.

A los dos meses conseguimos, no sin “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, que decía Churchill, al primer literato. Se está riendo de mí y lo hace sin esfuerzo pese a su aparente fragilidad de persona vivida y con arrojo. Achina los ojos por encima de las bolsas y muestra los dientes con una risa burlona. Es el que nos dijo que había concedido la entrevista porque admiraba nuestro proyecto. Cultura gratis accesible a todo el mundo.

Levanto la revista y aparece la siguiente. Una mucho más veraniega. Quizá la quinta debería haber sido la cuarta y viceversa. Las cosas siempre ocurren por algo y con el marinero dimos. Su nariz ruda, las pequeñas cuencas y las cejas frondosas que las enmarcan dieron músculo a esta portada.

Por fin el sexo opuesto al de las anteriores. “Hay que saber mirar, y eso ella lo hace muy bien”. Ni que lo digas, amiga. Unos días antes de esta fotografía su marido sufrió un infarto y venía sin apenas dormir desde Valencia en tren para atendernos. Parece un samurái o quizás una oriental velada. No lo sé. Le ha quitado el seguro a la guillotina y sostiene la navaja que nos puede cortar la cabeza.

Cuando estoy tecleando estas paparruchadas aún no tenemos la portada de enero/febrero. De hecho, no tenemos personaje que protagonice la portada y las páginas centrales. No sé si es hombre o mujer, periodista o científico, director de cine o antropólogo. Lo prefiero. Así sois vosotros los que podéis explicarnos lo que os sugiere la misma.

Cumplimos un año. Con sus alegrías y también sus penas. La revista ha madurado y los que la hacemos también. Hemos aprendido a trabajar sabiendo que estamos al límite y que en cualquier momento esto se puede ir a la mierda. Es esa incertidumbre constante de no saber qué pasará con nosotros en el siguiente número la que nos angustia y a la vez excita. Ya tenemos los pies en el cable que separa los dos edificios y no queremos dejar de andar. Como nos definieron una vez, estos “tres chavales que se han quedado en paro y han montado una revista” vamos a por el segundo aniversario.

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