El fruto del mal

Fotografía: Sergio Caro / 93 metros

En el principio hubo un paraíso, el Jardín del Edén lo llamaban. Allí crecía el árbol del conocimiento, sobre cuyo fruto pesaba la prohibición divina. Quien lo probara estaría enfrentándose a ese dios coercitivo, que reservaba el más terrible de los castigos para los insurrectos: expulsarlos del paraíso con la mácula del pecado original para su descendencia. Hombres y mujeres condenados a la mortalidad, al dolor y a la infelicidad. Mujeres y hombres luchando, generación tras generación, por recuperar el paraíso originario perdido. Y al final de sus vidas, de todas las vidas, una conclusión común: el único paraíso está en la infancia. El hombre jamás será más hombre y más libre que cuando es niño. Nada hay más cruel que robar a un niño su niñez. Nada más desolador que un pequeño paraíso arrasado por las guerras de los adultos. Nada más inhumano que un árbol cuyo fruto es un niño con un fusil en las manos jugando a ser un dios vengativo. Definitivamente hemos sido expulsados del Edén.

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