Fronteras, mapas y propaganda

En los años setenta, Yves Lacoste escribió los tres niveles epistemológicos de la geografía. El primero, para nosotros, la generación de la EGB es la geografía-conocimiento, aquella que nos sirve para memorizar los picos más altos, los ríos más largos, los afluentes del Guadalquivir o la ubicación del norte magnético. La segunda es la geografía-espectáculo, aquella que investiga los cambios, los grandes accidentes y el impacto de la mano de la ingeniería en el medio ambiente. La tercera es la geografía-poder, aquella que utiliza los planos y las brújulas como extensión natural de la conciencia política del organizador de los espacios de convivencia pacífica… o violenta. La geografía es además el gran contenedor de otras dos pasiones: la demografía y la historia, al servicio de la cual están los mapas y la propaganda. Es un saber tan joven y tan viejo que la inquietud por el control de las fronteras aparece en los textos egipcios, griegos, cretenses o anatolios.

El primer gran hito de la propaganda geográfica es el Muro de Adriano, cuya construcción ronda el año 122 de nuestra Era, en la linde británica del Mar del Norte. Aquel Muro –sí, los muros ya estaban allí– aspiraba a separar a los buenos romanos de los malos bárbaros, sociedades sin atributos ni otra ley que la espada. Esta semiótica de las murallas ha cuajado en el imaginario de ficción. Acaso Juego de Tronos no sea más que una reinterpretación de todo aquello. El invierno está llegando, como cada vez que los bárbaros cruzaban los ríos. Hoy las amenazas no son de invasión, sino de reformulación interna de los límites del poder de la geografía política. Los enfrentamientos dentro de las fronteras genera flujos de migración forzada, ocupación de los recursos naturales y destrucción del Patrimonio de la Humanidad. De Palmira a los islotes japoneses del Mar de China -¿o son de titularidad china?– la geografía juega aún una baza esencial en la manipulación y la agitación de las conciencias individuales en nombre de una organización superior, un Estado, una nación o algo similar. El poder que infiere el don de la palabra, la nominación de un territorio desconocido o el cambio de nombre de una ciudad es algo a lo que ningún gobernante renuncia.

El saber geográfico, como instrumento del poder, se emplea para promover conflictos, para imponer la paz, para inventar naciones o para multiplicar el comercio internacional. A autores como Robert D. Kaplan o Tim Marshall les gusta pensar que en los mapas existe un cierto determinismo probabilístico, a la manera de Raymond Aron, que anticipa los sucesos históricos, los intercambios económicos o los flujos de refugiados. En cambio, a mí no me simpatiza tal grado de historicismo. El futuro no está escrito aunque partamos de las mismas cordilleras, océanos o mesetas. La geografía se limita a ser, como escribió Spykman, el padre de la geopolítica estadounidense. Nos merecemos mayor precisión intelectual para explicar los conflictos del siglo XXI, que comienzan en las fronteras de Crimea, Siria, Sudán del Sur, Palestina, Nagorno-Karabag o cualquier punto caliente del planeta. Porque detrás del determinismo geográfico no hay más que operaciones de propaganda que nos impiden ver las dimensiones reales de los problemas contemporáneos.

En su dimensión digital, las fronteras alcanza ahora nuevos territorios. La buena noticia consiste en que tenemos autopistas aéreas comunes y servicios de telefonía universales. La mala es que estas vías han sido aprovechadas para la ciberguerra, el tráfico de ilícitos y la comisión de delitos. En esta geografía digital, los grandes operadores actúan como Estados al uso. Facebook, Google, Telefónica o Russia Today influyen de manera decisiva en la difusión de la información. En la creación intelectual de las barreras digitales, unos utilizan su poder para alentar prejuicios, mientras que otros apuestan por el conocimiento. En estas fronteras, el tamaño o la población no son determinantes, sino la capacidad de influir en las redes, conectar personas y permitir su autoorganización. No estamos del todo preparados para semejantes retos.

Estoy contento. La geografía no se ha acabado. El territorio cambiante de los polos, las fosas oceánicas, el espacio o algunas montañas nos invitan aún a descubrir sus secretos. Me gusta pensar que el Ártico es el nuevo Lejano Oeste. Allí encontramos fuentes de energía renovable y fósil, ofrece nuevas rutas comerciales marítimas, es el único punto de contacto de Estados Unidos y Rusia y reduce la capacidad de movimiento. El espacio se achica aún más con los efectos del cambio climático. Estoy persuadido: siempre nos quedará tierra incógnita y la sociedad premiará a los hermanos Humbodlt, a Juan Sebastián Elcano o los Ulises que se aventuren al largo viaje del conocimiento geográfico. A lo Kavafis, disfrutemos del viaje.

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