Fernando Mansilla

Nos sentamos en una terraza de la Alameda en una mañana de frío. Mientras me enciendo un cigarrillo, mi interlocutor mira hacia la copa del árbol que nos acompaña. Está ensimismado con un pájaro que está construyendo rama a rama su incipiente hogar donde plantar el huevo. Un huevo que él plantó hace muchos años en Sevilla.

¿Quién es Fernando Mansilla?

Un hombre, y de ahí no pasa la cosa. Un hombre al que le gusta escribir, leer, la música; me gusta la vida, las personas, y poco más.

Naciste en Barcelona, pero pronto decidiste salir del nido y empezar a tomar las riendas de tu destino. 

A los dieciocho años decidí no entrar en la universidad. Quería correr mundo, y mira que no tuve problemas en casa sino todo lo contrario. Mi padre ya había muerto y mi madre, con todo el dolor de su corazón, lo aceptó. Yo estaba muy entusiasmado con las ideas del amor y un mundo nuevo y mejor. Queria conocer mundo en busca de alguna comunidad hippie.

Barcelona en tu juventud era una sociedad efervescente…

Por eso mismo me apetecía seguir investigando y experimentando en esa línea. En aquella época en Barcelona nos reuníamos en el barrio gótico. Había muchos grupos de música, la gente escribía… Pero la tendencia y lo que te pedía el cuerpo era largarse de las ciudades al campo buscando otro tipo de vida.

¿Dónde te llevó esa inquietud?

La primera parada fue Alicante. De ahí nos fuimos a Granada a buscar trabajo por allá. Posteriormente fui a Lérida a trabajar en la recogida de la fruta y finalmente desembarqué en Mallorca y allí me establecí.

¿Encontraste lo que querías?

Sí. Buscaba conocer el estado más primitivo del hombre: el campo, la convivencia, una vida en comunidad. Sin embargo, tardamos poco en darnos cuenta de que aquello era más complejo de lo que imaginábamos.

¿Eres utópico?

Sí, totalmente. Sé que las utopías son eso, pero son una manera de fijarte caminos. Soy consciente de la imposibilidad de la realización de las utopías, pero sirven como metas. La naturaleza del ser humano es muy jodida. Somos capaces de lo mejor y de lo peor. Siempre estamos en ese tránsito

¿Quizá por esa aceptación decidiste dejar el campo?

Bueno, a mí siempre me ha gustado escribir desde pequeño y tenía ganas de enseñar mi trabajo. En Mallorca no había ni sitios, ni métodos ni gente. No encontraba la manera. En el pueblo había una pequeña compañía de teatro y escribí alguna obra pero no dejaba de ser algo para aficionados. Yo tenía ganas de más.

Y llegas a Sevilla.

Después de llevarme cuatro o cinco años en Bunyola, en las montañas entre Palma de Mallorca y Sóller, la chica con la que vivía entonces quería venir aquí para aprender a bailar flamenco. A mí me daba igual un sitio que otro pero me atraía la idea sureña de Sevilla, muy cerca de Marruecos.

¿Qué te encontraste?

Era una ciudad muy bullente. Vivía la resaca del rock sureño de Triana. Estaba muriendo todo aquello. Era una época decadente. Lo que más me interesaba era la vida en la calle. Cómo se mezclaban con naturalidad las clases sociales. En Barcelona, Mallorca y demás ciudades no ocurre eso. El lumpen, que para mí era una clase social totalmente desconocida, la descubrí aquí porque se entremezclaba en los bares, a la hora de comprar un porro. Eran los que lo manejaban además. Sevilla tenía otras formas. Esto me fascinó. Barriadas como el Polígono Norte. Al principio me comían vivo, pero me encandilaban lo salvajes que eran, lo inmediatos.

Barcelona y Sevilla tenían otras claves. 

La contracultura en Barcelona pertenecía a la clase media y alta. En cambio, aquí todo eso estaba más mezclado. Esto era más real. Tenía todo una mirada más de verdad.

Dicen que la movida nació en Sevilla…

Creo que lo que se vivió en Sevilla fue algo más contracultural y hippie. En Madrid era todo más nihilista, creo. No conocí la movida madrileña pero no encuentro la conexión.

En este 2017 hace veinticinco años de la Expo 92. ¿Fue desde el punto de vista del lumpen, un intento de maquillaje de la ciudad? 

La Expo fue una maravilla desde el punto de vista musical, de compañías que vinieron, las gentes de fuera. Yo me lo pasé muy bien. Con respecto al maquillaje que me hablas, para nada. Hubiera pasado sin la Expo también. Fue cosa de las inmobiliarias. Las casas de vecinos… todo eso se acababa.

¿El ser humano aprende más de la pobreza o de la riqueza?

Siempre se aprende más de las circunstancias adversas. Al revés. Los buenos momentos son muy peligrosos porque el bienestar adormece. Cuando estudiaba me decían mis maestros que el Imperio Romano se vino abajo por el exceso de bienestar.

¿Qué te llamaba la atención de esa Sevilla que describes en tu libro Canijo?

El punto salvaje que tenía. Por un lado, era temible y se podía pasar miedo, pero sin embargo, por otro, era muy real y muy de verdad. Se aprendía a estar en el filo de la navaja. Ahora se ha perdido esa naturalidad. Todo está muy normativizado y esto me frustra un poco. Antes era todo más puro. Pero esto no solo está pasando aquí, sino en todo el mundo.

¿Qué papel jugó la heroína en los años ochenta en aquella sociedad?

Fue como una especie de revés. Hasta entonces las drogas habían sido una manera de conocimiento, de relacionarse. Yo les otorgo personalidades a las drogas; al fin y al cabo son plantas. Y esa planta tiene muy mala leche. Se llevó a familias enteras por delante.

¿Fue esa la etapa de la ciudad más salvaje?

Sí, porque cuando yo llegué aquí, el lumpen era muy amable. Ibas al Pumarejo, a San Luis y los chavales vendían hachís, pero se ayudaban los unos a los otros.

¿Vivimos buenos tiempos para la poesía?

Parece que ahora se lee más. Se escucha con los recitales poéticos que hay. Hace unos años no se leía ni se escuchaba ni nada. Era considerada un coñazo. De hecho, lo sigue siendo. Hay pocos poetas interesantes.

¿A quién lees?

Carmelo Iribarren, la polaca Szymborska y también clásicos como Machado. Pero la mayoría de veces que voy a recitales me aburro mucho con discursos muy intimistas que no logro comprender.

¿Le tienes miedo a la muerte?

Sí. Como todo el mundo. Además se me acaba de morir mi perra y no entiendes nada. ¿Dónde está? Es un misterio.

¿Crees en algo?

En el misterio apabullante que es esto. Este misterio es el que más me sobrecoge.

¿Somos dueños de nuestros destinos?

No. Para nada. ¿Hay dueño? Hay quien piensa que somos fruto del azar.

¿Cuál ha sido tu acto más rebelde en la vida?

Mi rebeldía ha sido hacer siempre lo que me ha dado la gana. Un día me juré que no trabajaría en algo que no me gusta. He preferido tocar la flauta en una esquina a servir copas. Esa ha sido mi mayor rebeldía en mi vida.

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