Fatiga Digital. El software de la especie

Texto: Antonio García Maldonado.
Maimónides profetizó que “El Mesías llegará, pero podría retrasarse”. Una afirmación que puede aplicarse a muchos de los vaticinios que hemos escuchado en los últimos años respecto al efecto que las nuevas tecnologías tendrían en nuestras vidas. Obras como Sapiens y Homo Deus, del afamado Yuval Noah Harari, nos han hablado con éxito reciente del potencial benéfico o dañino –pero en cualquier caso disruptivo– de estos avances en Inteligencia Artificial o en el uso del Big Data. Otros, como el ingeniero venezolano José Luis Cordeiro, han puesto negro sobre blanco, incluso, la inminente “muerte de la muerte” gracias a los avances en terapias genéticas de reparación y rejuvenecimiento. Y, mucho antes, cuando Internet comenzaba a generalizarse en los hogares, la desaparición de libros y periódicos en papel se anunciaba para principios de la nueva centuria en favor de unos dispositivos electrónicos que enriquecerían mucho nuestra relación con la lectura.

Sin embargo, estamos ya a punto de entrar en la tercera década del siglo XX y muchos de esos cambios no se han producido, o no lo están haciendo a la velocidad e intensidad vaticinadas. Lo ha hecho, sobre todo, en ocio y logística empresarial. En cuanto a medicina, si bien es verdad que los avances terapéuticos han sido enormes, la propia retórica triunfalista que se extendió hace dos décadas hace que veamos con sorpresa cómo persisten enfermedades letales como el cáncer o la ELA. La generación que ahora entra en la cincuentena creyó que sería la primera en estar libre de según qué enfermedades y, sin embargo, acude ahora a las mamografías y las colonoscopias con la misma angustia con la que lo hicieron sus padres y madres. Eso sí, con bastantes más posibilidades de supervivencia que ellos. Pero, aun siendo mucho, no era lo que esperaban.

Frente a los vaticinios de rejuvenecimiento e inmortalidad, seguimos falleciendo, y muchas veces con dolor y zozobra. Persisten los obituarios de gente “sin edad de morirse”. Y ante este hecho las vías de consuelo siguen siendo tan esenciales como los sedantes, la religión o el epicureísmo. Frente a las posibilidades remotas de la física cuántica y los multiversos, la vida sigue desarrollándose bajo parámetros comunitarios bien básicos y atávicos. La resistencia y vuelta del nacionalismo o de ideas comunitaristas han pillado a contrapié a los portavoces oficiosos del ser humano cosmopolita, científico, racional e hiperconectado. Cuando creíamos que deberíamos estar devorando ensayos tecnológicos y estudiando ingeniería urbana, seguimos yendo a las procesiones, H. D. Thoreau y otros naturalistas son best-seller y muchos se empeñan en seguir estudiando filosofía, antropología o periodismo.

El mundo del libro es un buen exponente del desajuste entre las previsiones de tecnólogos y futuristas y la realidad. Según informó la Asociación de Editores de Reino Unido, la venta de libros electrónicos siguió cayendo este año, mientras que la de los impresos subió un 7%. En Estados Unidos las cifras fueron similares, y dado que este país funciona como anticipador de tendencias globales, cabe pensar que se produzca un comportamiento similar en Europa en los próximos años. Son cifras que levantan polémica entre los defensores del libro electrónico, que discrepan de la forma de cálculo. Pero lo cierto es que, de haberse cumplido sus expectativas, no habría ninguna duda respecto a los datos, aún con la misma metodología. Tampoco aquí –ni siquiera en la prensa, mucho más afectada por la digitalización y las redes– se ha cumplido el axioma reduccionista de lo disruptivo. Frente a A o B, los ciudadanos, la sociedad, insisten en imponer por la vía de los hechos A y B.

Una de las certezas que deja la resaca de la crisis, con la vuelta de ideologías y discursos que dábamos por superados, es que si había algo inmortal en el ser humano no son sus células, sino sus atavismos y costumbres ancestrales. Es decir, el software de la especie, no el hardware del individuo. Y que líderes políticos, académicos, empresarios y analistas en general, subestimaron durante los felices años del optimismo globalizador lo más básico de la naturaleza humana. Frente a un mundo inasible, frágil, acelerado e incierto gracias, en parte, a esas tecnologías que venían a salvarnos del sufrimiento y el trabajo físico, el ciudadano global no se ha echado en brazos de la ciencia y la tecnología, sino que ha vuelto la mirada hacia atrás, en busca de las viejas certezas. Algunas inocuas o beneficiosas, como el regreso al campo y la naturaleza, y otras potencialmente devastadoras, como el resurgir de los nacionalismos, el integrismo religioso o el uso intensivo de combustibles fósiles.

En su libro Innovación y tradición, el historiador de la ciencia británico David Edgerton escribió hace algunos años uno de los matices más interesantes respecto al discurso tecnológico. No criticaba desde el escepticismo, sino que contextualizaba los avances que se nos vendían como revolucionarios. Su conclusión es clara: dependemos mucho más de descubrimientos y avances muy básicos sin oropel o glamur que de los grandes logros científico-técnicos que se nos llevan anunciando durante años. Pedía una mayor dosis de realismo y escepticismo, a riesgo, si no, de generar falsas expectativas. Y en esto último, el tiempo también le ha dado la razón.

Como señala Edgerton, con este entusiasmo irreflexivo corremos el riesgo de pasar por alto las tecnologías realmente revolucionarias para la sociedad de nuestros días. Algunas realmente antiguas como los preservativos, el cemento o el frigorífico. Hay un ilusorio futurismo de la llamada era de la información, como dice el autor, que ha distorsionado la verdadera naturaleza de nuestra relación con la técnica. Algo que también se ve, por ejemplo, en la insistencia desde las élites empresariales y tecnológicas para fomentar la formación en especializaciones científicas en lugar de las humanidades. Una insistencia, por cierto, que no es nueva ni propiamente capitalista, y mucho menos liberal. Ya lo hizo el Che siendo ministro de Industria de Cuba o los dirigentes soviéticos durante varias décadas, con los resultados conocidos. Es en este paralelismo donde se evidencia cuánto tiene también de ingeniería social el discurso del optimismo desaforado con los nuevos avances científico-técnicos.

¿El fin del trabajo? No tan rápido

En la era del algoritmo y el machine learning, dos discursos polarizan el debate. Uno sostiene que los robots nos dejarán sin trabajo, algo que obliga a pensar en salvavidas como la Renta Básica Universal. Otro, que los robots harán los trabajos más penosos y duros, y que para los humanos quedarán los más creativos e interesantes. Para los defensores de esta última opción, se dará otra vez la “destrucción creadora” que teorizó el economista Alois Schumpeter. Se enfrentan así una distopía y una utopía entre las que, ciertamente, hay posiciones más matizadas. Pero partiendo de, o tendiendo a, estos dos polos.

¿Qué nos dicen los datos hasta ahora? El elemento básico comienza por no ser estrictamente tecnológico, sino político y moral: la digitalización ha producido que, de la tarta de la riqueza, cada vez se vaya un trozo mayor a retribuir el capital en detrimento del trabajo. ¿Será porque no hay tantos trabajadores en el proceso productivo? Podría pensarse, pero lo cierto es que la economía tecnológicamente más avanzada, Estados Unidos, tiene la tasa de ocupación en máximos históricos. En cambio, lo que contraintuitivamente sucede es que la productividad no aumenta casi nada. Es una paradoja que los analistas económicos aún no han resuelto.

Por otro lado, dado que leemos cada día que los robots y la inteligencia artificial avanzan exponencialmente, cabe preguntarse qué tipo de empleo se está creando y, sobre todo, cuál se espera que se cree. Según todo lo anterior, se deduciría que predominarán empleos altamente cualificados, creativos, bien remunerados y con prestigio social. El trabajo sucio, para las máquinas. Vayámonos a la economía estadounidense para comprobar si se está cumpliendo la tendencia que sugiere el vaticinio digital optimista.

El organismo oficial de estadísticas de EEUU publicó hace no mucho un estudio (Occupations with the most job growth) sobre las proyecciones en el empleo hasta 2026. El objeto del análisis era identificar los trabajos con mayor crecimiento en la economía de la próxima década. Según sus cálculos, los ingenieros y desarrolladores de softwares y aplicaciones no serían los que más crecerán. Estos están en un tercer lugar, por detrás de los trabajadores sanitarios a domicilio y del personal dedicado a los cuidados y asistencia en general. También subirán un 29% los auxiliares clínicos, y un 22,5% las secretarias del sector médico. Y llama la atención, por lo que podría parecer desde fuera un proceso muy mecanizado, que los trabajadores encargados de procesar comida rápida crecerán un 16,8%.

Lo relevante del análisis es que el incremento de número de trabajadores se producirá en los extremos: entre los mejor pagados –analistas de mercado, ingenieros, directores de operaciones, financieros– y los peor pagados –enfermeros, asistentes, camareros y trabajadores domésticos–. El efecto sustitución en el empleo ha funcionado esencialmente en los trabajos propios de la clase media. Un panorama que hace prever una polarización económica, social y política de la que ya hemos empezado a ver algunos efectos en forma de populismos. Esto explica, también, el aumento de la desigualdad y la crisis de la democracia, incapaz de generar el sentido de pertenencia de antaño. El pacto social está herido de muerte, y ante esa asunción tácita, el voto se hace más imprevisible y cabreado.

Cada sector, según se encuentre en la parte beneficiada o no de esta tendencia, verá la realidad con gafas optimistas o pesimistas. Pero hay un efecto innegable, y es que las nuevas tecnologías traen, junto a muchísimos efectos beneficiosos, daños colaterales. Unos perjuicios que los más entusiastas del porvenir digital han desechado como cantatas de nostálgicos, perdedores e inadaptados.

A su vez, los más críticos sobrevaloran la capacidad de echar el freno a esta dinámica del progreso científico-técnico. No todo es producto de la conspiración del gran capital. La nueva revolución digital nace de un instinto humano primigenio, impulsado por la curiosidad que nos llevó al espacio o nos condujo a explorar los fondos abisales. No hay villanos, y esa es quizá una de las sensaciones más desoladoras cuando aparecen los problemas.

El justo medio aristotélico sugiere que no debemos echarnos en brazos de utopías regresivas como el decrecimiento o la vuelta a la tribu. Pero también señala su responsabilidad a la comunidad de entusiastas tecnológicos. Por dos razones esenciales. Porque crearon y aún crean expectativas exageradas respecto de los plazos de los cambios benéficos, y eso genera frustración y desconfianza a medio plazo. Y, segundo, porque se olvidaron y se olvidan con displicencia de los daños colaterales que produce. Que no son pocos.

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