El eyeliner y las llaves

En todos los portazos se olvidan cosas.

Ella se había dejado el eyeliner y las llaves que abrían el buzón de las cartas. El cuadro que compraron en una galería londinense a la que tardaron tres horas en llegar. «Mira, aquellos días en los que no supimos encontrarnos», decían cada vez que contemplaban la obra, justo antes de sentarse en el salón a ver una película de miedo. Justo antes, también, de irse a la cama, el único lugar donde sí habían sabido perderse.

«Los finales no tienen que suponer ningún drama». Habían hablado sobre esa idea millones de veces, en casa o mientras acudían a almuerzos con amigos que se empeñaban en alargar sus historias de amor, buscando hijos que no terminaban de llegar. “Ahora el problema no es ser padres sino cómo”. «Cierto», respondía él.

En el taxi de después del portazo se sucedían todas las frases que habían creado. «Los verbos más bonitos son ser y estar», le había confesado ella en muchas ocasiones, reclinados en alguna barra nocturna de las que solían frecuentar. «Camarero, otra ronda» y, de repente, él la besaba, en esos momentos que otorgaban el cielo y la eternidad aunque ellos nunca dejaran de hablar de los finales.

«En las clases de Lengua y Literatura me enseñaron aquello de la introducción, el nudo y el desenlace», decía él. «Nosotros vivimos con el nudo en la garganta», respondía ella. Y se reían sin parar, entrelazándose las manos, a veces tocándole ella el brazo a él: «A ver si es verdad lo que me dices de que estás yendo al gimnasio».

Entre trago y trago él no paraba de hablar. «Sigo pagando la factura de algunos episodios de mi infancia, pero he vuelto a querer a mi padre». «Eso es bonito», sentenciaba ella, y lo miraba buscando la media sonrisa que él siempre emitía cuando le decían lo que quería escuchar. «Te quiero mucho, pero te quiero feliz». Y lo decía ella que sabía que, a pesar de que ningún final debía suponer un drama, él aún estaba gestionando la frase. Lo decía ella, sabiendo que él aún no había olvidado a todas las mujeres que le habían dejado, de la misma forma que ella no había perdonado a todos los hombres que le mintieron. «Puede que algún día no tengamos nada que contarnos». «Eso es triste», respondía él con una media sonrisa. Y otra vez las carcajadas.

Durante el trayecto en taxi, sin saber muy bien a dónde ir y sin recordar la dirección exacta de la casa del amigo que siempre estaba allí, ella seguía evitando en todo momento la conversación con el taxista, pensando que el hombre al que había dicho adiós nunca fue el hombre de su vida, y siempre lo supo, pero esas cosas no son de saber sino de sentir.

El conductor del vehículo insistía en sacarle algún titular, animado por la curiosidad que provocaban las cuatro maletas que transportaba en el maletero del coche y el silencio de ella tras recogerla en casa: “¿Se ha enamorado usted alguna vez, señorita?”. “Cotilla”, pensó, y puso su mirada desafiante sobre el espejo retrovisor, encontrándose con los ojos del taxista. “¿Usted qué cree?”, le preguntó. “Que en cuatro maletas no termina de caber todo”. Silencio. Otra vez.

 

  • Pare aquí.
  • Aún no hemos llegado.
  • ¡He dicho que pare aquí! Sé perfectamente a dónde vamos.
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