Estrellita Castro

La genialidad es hija de la necesidad. De una necesidad bicéfala: personal y colectiva. La personalidad genial, en medio de la carencia que a la mayoría anula, se sirve de lo que tiene a mano, por paupérrimo y vulgar que sea, para sublimarlo y construir una manera nueva de ver la realidad, de la que hace partícipe a esa sociedad. Hay quien lo hace desde la física, las matemáticas o las artes plásticas, algunos desde la danza, la música o la filosofía, otros desde la empresa o la investigación. Osadamente abren caminos ignotos que más tarde otros transitarán. De eso trata la genialidad, de crear modelos.

Ella lo hizo con los mimbres humildes de aquella ciudad de comienzos del siglo XX. Creó un género, la canción popular andaluza, y se convirtió en prototipo de su intérprete, tantas veces -y tan injustamente- vilipendiado. Estrella Castro Navarrete nace en 1908 en la calle Mateos Gago de Sevilla, primogénita de doce hermanos. La vida apretaba, así que la pequeña renuncia a su niñez para ayudar en casa; la pescadería del padre, gallego y asmático, no da para sostener a la familia. La niña hace de su desparpajo y gracia la mejor herramienta para el laburo y recorre los pueblos cantando y bailando. Su madre, Sebastiana Navarrete, La Sebastiana, sin saberlo creó otro arquetipo que aún perdura, la madre de la artista, acompañándola siempre -también sus once hermanos- para custodiar la integridad de su hija. En aquellas penosas tournées comen poco y duermen donde pueden.

Una intuición natural le empuja a querer formarse; lo hace en la academia del maestro Realito en la Alameda de Hércules. Allí el pianista ciego Triano le enseña gratis a cantar. Se presenta en público gracias a la marquesa de Bermejillo y el polifacético Ignacio Sánchez Mejías se fija en ella para actuar en un festival benéfico. Gana el primer premio: una moneda de oro de veinte dólares, una caja de bombones, una muñeca y unos zapatos de charol. El maestro Realito ve el filón y la contrata para cantar en la Feria de Sevilla y en las fiestas de la aristocracia sevillana en Jerez y Sanlúcar de Barrameda.

Comienza a trabajar en el Salón Imperial de Sevilla cobrando un duro diario. Luego, pasa al Novedades por tres duros al día. Ofrece algo distinto al público que abarrota cada noche el local. Cuentan que se gasta en pasteles de La Campana una onza de oro que le regaló Sánchez Mejías. Su fama es tal que la reclaman para actuar ante Alfonso XIII y Victoria Eugenia en una visita oficial a Sevilla. Quedan tan maravillados y la reina pregunta a la pequeña qué le gustaría tener una vez fuera artista: “Una pulsera de brillantes y un mantón de Manila”, le responde. Algunos días después Victoria Eugenia se los regala.

Las autoridades le prohíben actuar en público por su minoría de edad, condenando a su familia a pasar nuevas penurias. El hambre aviva el coraje y aquella niña de trece años se planta ante el gobernador civil para pedirle permiso para trabajar. El gerifalte accede a cambio de que Estrellita cante en una fiesta en honor al general Sanjurjo. Vuelve al curro hasta que dos años más tarde conoce a Juan Carcellé, director artístico que la contrata para actuar en el Teatro Romea de Barcelona cobrando noventa pesetas diarias. Sus triunfos elevan su caché hasta las trescientas pesetas diarias. Estrellita estaba abriendo camino, creando -espontánea e intuitivamente- un género y un modelo de intérprete, que otras artistas utilizarán luego como medio de expresión. Por entonces triunfaban Conchita Piquer, Ofelia de Aragón, Pastora Imperio, Amalia Molina, Candelaria Medina o La Cordobesita, que bordeaban, sin invadirlo, el estilo particular de Estrellita Castro.

La sevillana también es pionera en proyectar su carrera fuera de España, sobre todo en Latinoamérica. Se marcha a Argentina, y en Buenos Aires cosecha éxitos que le reportan enormes ganancias. Según ella, allí traba amistad con Carlos Gardel, quien incluso le da consejos para cantar su versión de Milonga sentimental. Recorre Uruguay y Brasil antes de regresar al Teatro Coliseum de Madrid en 1933, donde estrena una canción de Perelló y Mostazo que se convierte en un hit popular de la época: Mi jaca. En este mismo año inicia una carrera cinematográfica -rodará cuarenta y cinco películas- que la da a conocer en Europa y Estados Unidos. Su primer trabajo es el corto Mi patio andaluz (Zeisler y Loesen); luego, forma pareja cinematográfica con el actor cómico Miguel Ligero en Rosario La Cortijera (León Artola), que le reporta dos mil pesetas por su papel protagonista. Estrellita también trabaja en la adaptación cinematográfica de La gitanilla de Cervantes, con diálogos en castellano antiguo. Durante este rodaje es visitada asiduamente por los hermanos Álvarez Quintero y José María Pemán.

En Buenos Aires la reclaman para actuar en el Teatro Casino durante año y medio. En Cuba también causa furor, actuando en el Teatro Mayo. Vuelve a España convertida ya en una estrella de la canción española y decidida a tomar las riendas de su carrera, para lo cual se convierte en empresaria, productora y directora de sus propios espectáculos. En el cine escala al puesto de primera actriz y participa en numerosos filmes de éxito. Su fama se acrecienta en un país al borde del conflicto. El golpe militar del 36 le coge en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, ciudad en la que permanece quince meses. En este escenario bélico populariza el pasodoble La morena de mi copla, dedicado al pintor Julio Romero de Torres. Después se traslada a Valencia y allí estrena un repertorio de los maestros Perelló y Mostazo que pronto se convertirá en la banda sonora de una España destrozada por la barbarie. La jocosa Échale guindas al pavo y Rocío, de León y Quiroga, recorren el frente en boca de los milicianos republicanos. Estrellita Castro es, junto a Imperio Argentina, la artista más admirada de la época; los mejores compositores escriben para ella. En esta coyuntura coinciden varios artistas, con la sevillana al frente, y compositores de referencia, que crean el corpus de un nuevo género musical español: la copla.

A finales de los años 30 pone rumbo a Cuba nuevamente gracias al contrato de quinientos dólares en el Teatro Payret de La Habana. La repercusión de sus éxitos hace que le ofrezcan un papel en El barbero de Sevilla, que se rueda en Berlín durante mes y medio. Este filme extiende su popularidad en la Alemania nazi, donde incluso protagoniza las portadas de algunas revistas de varietés. Hitler pide conocerla y el director español Benito Perojo intermedia para que Estrellita se entreviste con él en presencia de Göring. Más adelante, el embajador de España en Alemania invita a la cantante a una fiesta en honor de la embajada española, a la que acuden los generales golpistas Mola y Moscardó. Este último le pide una canción… y Estrellita canta una saeta en plena Alemania nazi. También Mussolini, admirador de la sevillana, a quien conoció en un rodaje en Italia, concierta un encuentro por mediación de su sobrino, a la sazón productor del film. Durante la reunión canta y el Duce le regala una sortija con piedras preciosas.

En España la guerra civil ha terminado. La artista cancela sus compromisos cinematográficos en el extranjero para volver a Madrid. Se suceden varias películas de éxito arrollador, destacando Suspiros de España, para la que se compone el pasodoble homónimo que llega a convertirse en himno popular de varias generaciones de españoles. A pesar de los años en activo y de la aparición de nuevas artistas que acaparan el favor del público, Estrellita logra elevarse a ese Olimpo intocable de los pioneros convertidos en clásicos. Su estilo inconfundible sobrevive a las modas y a la aparición incluso de nuevos medios de comunicación, siendo el arquetipo de intérprete de la copla. Ya no es solo Estrellita Castro, para el público es María de la O, La Lirio, Rocío o María Magdalena, protagonistas de sus coplas y alter ego de la cantante. Había traspasado ese umbral que la convertía en artista del pueblo sin más hipotecas que su propia personalidad.

En 1962 recibe la Medalla al Mérito del Trabajo y dieciséis años más tarde el Ayuntamiento de Sevilla rotula una calle con su nombre. Es 1978, comienza la andadura democrática en España y los homenajes se suceden como prueba de que su trabajo no pertenece a ningún régimen ni ideología; simplemente lo desarrolló con genialidad en el tiempo que le tocó vivir. Son sus últimos años de vida y Estrellita se resiste a abandonar los escenarios a pesar de su deterioro físico: apenas ve, pero lo disimula en cada una de sus apariciones, incluso en televisión. El mito de la canción española acude a teatros y actos con su cuerpo menudo y seco, pero con espíritu vivaz y derrochando aquella gracia tan característica.

Demetrio Corbi, su compañero sentimental, con quien iba a casarse, fallece. Es un golpe que acelera el declive físico de la artista. El 10 de julio de 1983 Estrellita Castro muere en Madrid y su capilla ardiente se monta en el vestíbulo del Teatro Lara. La sevillana, como otros muchos hijos de la ciudad, es enterrada lejos de ella, en el cementerio madrileño de La Almudena.

Estrellita Castro creó un modelo desde la necesidad y el genio, lo armó con las piezas de su tiempo y, lo más importante, sirvió de catarsis para una sociedad en ruinas y de bálsamo para las penurias de la gente. Su genio no fue otro que convertirse en la voz del pueblo.  

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