Estación Poesía

Soy de los que piensa que unos de los marcadores más evidentes de la salud cultural de un pueblo, de una nación y, por supuesto, de una ciudad es la poesía. Por eso me congratulo de que Sevilla, donde la poesía ha sido siempre una referencia, haya logrado mantener desde 2014 una revista de exquisita poesía sin otra razón que dar a conocer a los poetas actuales, no solo locales, sino de ámbito internacional, con especial atención al mundo hispano parlante. Estación Poesía, que así se llama la publicación, saca este cuatrimestre su número 13, curiosamente el mismo número que La Muy, lo que indica que, por una vez y sin que sirva de ejemplo, poco a poco, se está logrando en esta ciudad, reina de lo efímero, que algunos proyectos se consoliden en el tiempo.

El CICUS (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla) acogió esta revista de la mano tanto de Concha Fernández, su anterior directora, como por el actual, Luis Méndez, de una manera encomiable; así como también ha mantenido al director de la revista desde sus inicios, Antonio Rivero Taravillo. Seguramente sea uno de los proyectos más estables de la cultura sevillana, y sorprende por su rigor y, por qué no decirlo, por su edición, siempre pulcra y exquisita. Sé que es minoritaria, como debe ser esa clase de proyectos que, junto a la Casa de los Poetas y las Letras del ICAS del Ayuntamiento de Sevilla -dirigido por otro outsider esencial en la cultura sevillana, José Daniel M. Serrallé-, están consiguiendo preservar el legado poético serio de una ciudad que siempre se ha destacado más por la poesía que por la prosa.

Sé por experiencia propia que en el ámbito público sus responsables  buscan más el efecto inmediato que la influencia a largo plazo, craso error, por eso me alegra que estos proyectos resistan a la vulgaridad de los tiempos actuales. La cultura, la verdadera cultura, siempre ha de mirar a lo lejos, a la distancia que da el paso del tiempo: como el buen vino, existe un proceso de maduración, de reflexión, que va unido a la misma. ¿Quién hubiera creído que La Muy iba a llegar al número 13? Creo que nadie , yo el primero, pero mire usted por donde aquí lo tienen entre las manos. Lo mismo me ocurrió cuando asistí a la presentación del primer número de Estación Poesía en la primavera de 2014, de ahí que me alegre poder contar con este nuevo número esta primavera de 2018.

La poesía en este país es algo olvidado, aunque curiosamente muchos de nuestros poetas, ya fallecidos, son una marca de calidad incuestionable. Sin embargo, las publicaciones periódicas de la poesía actual casi se pueden contar con los dedos de una mano, y las que sobreviven en el tiempo… casi ninguna. He dicho al principio que la repercusión de la poesía en la sociedad es un índice incuestionable de su nivel cultural, de ahí que estos instrumentos sean necesarios más allá de su rentabilidad política inmediata. Estamos muy lejos de la veneración que determinados países de otro ámbito cultural, véase Japón o Irán, tienen por sus poetas, pero es bueno que no lo olvidemos en el baúl de la historia y que sepamos que hay muchos y excelentes poetas vivos y cercanos.

La poesía es, y ha sido, siempre la modernidad de la expresión escrita, aún aquella que se apuntala en viejas tradiciones orales; aquí la forma es tan importante como el fondo. Es cierto que necesita de un lector muy específico, pero también con el tiempo cala en las capas más populares. Lo difícil es darse a conocer y que haya un criterio cierto a la hora de darla a conocer. No todo vale, o no debería valer. Hay que tener cuidado porque nuestra ciudad es muy dada a los rapsodas costumbristas que nada tienen que ver con la auténtica poesía, pero que aquí se les equipara con excesiva facilidad. Son los manipuladores de las emociones más superfluas, que utilizan sus ripios para lograr una aceptación inmediata, por ello es imprescindible que publicaciones como la que nos ocupa, existan. Es una labor oscura pero necesaria.

La poesía de verdad deja una marca indeleble en nuestra memoria, nos instala en nuestro yo más verdadero, crean imágenes que se convierten en significados ocultos que nos estigmatizan en nuestro yo más profundo. Como decía Juan en el primer versículo de su Evangelio, “En el principio era el Verbo…”, y yo añadiría “El verbo es la poesía”.

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