Espejo y espectáculo – Desde el mirador de la guerra

Asociadas a la cantaora Mercé La Serneta, jerezana que vivía en Utrera, hay toda una serie de letras por soleá, indudablemente enigmáticas, de fuerte cariz reflexivo. Se dice que esta cantaora, dicen que amante del que fuera padre de los hermanos Álvarez Quintero, frecuentaba bibliotecas y amigos letrados. Puede ser. Y el caso es que tampoco tengo claro la filiación de este cante que escuché, por primera vez, en el mencionado estilo de soleares: “Las retamas del camino/ se separan por montones/ unas sirven pá hacer santos/ otras pá hacer carbones”.

Teniendo en cuenta que gran parte de mi trabajo desde el Archivo F. X. se centra en las imágenes, en su aparición, desaparición y reaparición, vaya, reduciendo dialécticamente, en ese par antagonista que son la idolatría y la iconoclastia. En fin, que sí, que encontraba en la letra una manera, peculiar al menos, de entender el tema. Esa dualidad taxonómica, o hacer “santos”, es decir, tallar imágenes, sacarle imágenes a la madera; o bien, la candela, el fuego de la cocina, el cisco que calienta la casa, ese “hacer carbones”. Podría ser un haiku. Una simple observación del caminante. Pero hay algo en el cante, en la manera de exponerlo, algo que induce a pensar que imágenes y carbones sean intercambiables. Supongo que se trata de dos utilidades, la más alta y la más baja, “santos” y “carbones”, en la consideración de la cantaora o cantaor. 

Me voy a otro escenario. En Deprisa, deprisa, la película de Carlos Saura, el grupo de quinquis protagonista hace una visita al centro geográfico de España, en efecto, visitan el monumento al Sagrado Corazón de Jesús que está en Getafe. Primero recorren la explanada nacional-católica, por decirlo así, contando a las chicas del grupo su “estreno” como delincuentes. Van medio colocados y quieren hacer reír a las chicas. Frente a la ruina del monumento, en el que dos beatas –encorvadas, en contraste con la lozanía libertaria de las muchachas- lamentan las profanaciones a la que los rojos sometieron dichas imágenes, siguen las burlas. Cuando las señoras les anuncian que el rostro desfigurado que contemplan está así porque fue fusilado y dinamitado por anarquistas, uno de los chavales exclama: ¡algo habrá hecho! Tras el pequeño escándalo de sus palabras, de escritura pasoliniana, llega la policía. Se deshacen de algunas papelas de heroína entre las piedras del monumento y logran burlar a los maderos. La escena acaba entre fuertes risotadas, embriagados por la “maría” y la fortuna de su picaresca. No sé si debemos esta magistral miniatura a Blanca Astiasu o a Carlos Saura. Hacer coincidir dos profanaciones, así, tan naturalmente.

Recordemos el abuso de la propaganda para con la primera, la famosa escena del fusilamiento del Sagrado Corazón, seguramente un montaje publicitario de CNT que después voló el monumento con dinamita, que fue utilizada contra la República por los fascistas y reivindicada como icono por muchos, entre otros por los situacionistas. Pero es en esta segunda profanación en la que la palabra toma su verdadero sentido. En palabras de Giorgio Agamben, “profanar” no es otra cosa que

devolver las cosas a su uso común, sacarlas del valor de cambio que tienen en el espacio de lo sagrado. La imagen que lograron construir los cenetistas era verdaderamente potente, ese retén de fusilamiento que, a la manera de la Ejecución de Maximiliano de Manet o de su precedente, Los fusilamientos de la Moncloa de Goya, es, a la inversa, igualmente sagrada, aunque lo icónico funcione ahora en el régimen publicitario o ideológico. Sin embargo, la escena en la que el Susi o el Valdelomar –eran los nombres verdaderos de los que figuran como actores, verdaderos delincuentes a su vez- se ríen simplemente, devalúa cualquier plusvalía de lo sagrado, desactiva el poder de las imágenes. Son sus vidas las que se enfrentan al monumento y será su propia desgracia la que desafíe a las veneradas ruinas. No podemos dejar de recordar el himno de Los Chunguitos que suena a los largo de toda la película: “Si me das a elegir, entre tu y mis ideas, que yo sin ellas soy un hombre perdido, ¡ay amor!, yo me quedo contigo…”.

La mitología cuenta que Juan el Camas llevaba consigo siempre una imagen, una estampita, de la Virgen del Rocío o de la Macarena, que rompía continuamente para repartir sus fragmentos entre sus admiradoras de aquí y allá. El gesto tenía algo de libertario e iconoclasta pero no dejaba, también, a su manera, de sumarse a cierta iconofilia, cierto fetichismo de carácter devocionario. No podemos dar una interpretación unívoca de esta actitud para con las imágenes. Lo importante está en los gestos: tomar, mostrar, romper, trocear, repartir, distribuir, dar.

No les falta razón a las diversas asociaciones romaníes del país que protestan por la imagen que se da de los gitanos en programas de televisión como Los Gipsy Kings o Palabra de gitano. En fin, tengo muchos amigos gitanos, gitanos flamencos, verdaderamente indignados. Es interesante su punto de vista, en el que oponen una imagen de los gitanos flamencos construida en la España de los años sesenta en torno al mairenismo y sus reivindicaciones identitarias gitanas. Una imagen sobria, con formas de vida ritualizadas pero austeras, muy ligadas, claro está, al imaginario del campesino andaluz filo-anarquista que acuñara, por ejemplo, el antropólogo Pitt Rivers. Esta construcción identitaria es tan natural y artificial como la que dan por televisión los reyes calés. Los moralismos que censuran la pornografía con que se retratan estas vidas aduciendo que hay gitanos universitarios o gitanos trabajadores –como si los retratados no estuvieran literalmente “trabajando en televisión”- están en consonancia con ese antiflamenquismo, el burgués y el canalla, que tanto traemos a colación en esta columna.

Hay que pensar que en Sevilla, ahora mismo, se habla en el foro de cómo los gitanos canasteros o andarríos han corrompido a los verdaderos gitanos trianeros, cohabitando en los Polígonos, trayendo malas costumbres… En fin, ¡quién lo diría! Pero más allá de las razones con que se carga cada uno, es interesante ver el combate dialéctico. En el fondo se trata de sobrevivir al capitalismo, ni más ni menos. Eso es lo que molesta de las imágenes televisivas, esa obscenidad del capitalismo, el reino del trueque y la mercancía, adueñándose de unas formas de vida que creemos tan prístinas. Y lo que a mí me asombra es la capacidad de estas gentes, de estos gitanos, para hacer evidente el espectáculo, ese mismo que también disfrazan los anuncios de perfumes o de coches, y devolvernos en espejo el grotesco y caricaturesco modo de vida al que aspiramos a vivir las clases populares. El combate no tiene desperdicio. Guy Debord decía admirar cómo el capitalismo atravesaba las vidas de

los gitanos, de arriba abajo, en su totalidad, y estos conseguían salir indemnes y mantener a salvo su manera de estar en el mundo. Y claro que me horroriza, ligeramente, ver ese par de malos cómicos en que se han convertido Los Chunguitos. Siempre nos queda el convencimiento de que el bueno era Enrique Salazar, fallecido de hepatitis en 1982, que vivió para componer ese Me quedo contigo que tarareábamos más arriba.

Los Gipsy King se presenta como un programa iconoclasta, eso sí. La palabra ha sufrido una extraña mutación y no significa ya imágenes que se rompen, más bien, imágenes rompedoras, impactantes, obscenas. El iconoclasta es alguien con una imagen agresiva, no alguien que rompe la imagen. Pero, en este caso, uno se sorprende de la naturalidad “Armani” con que los protagonistas del programa llevan sus disfraces mientras comentaristas y espectadores se llevan las manos a la cabeza o estallan en carcajadas. Pese a todo el oropel, uno tiene la sensación de que la vida sigue por allí debajo, tras tanto trapío y tanto brillío.

Más allá de consideraciones antropológicas sobre la relación de los gitanos o los flamencos -insisto en mantener esa ambigüedad entre términos, apelando más a una rigurosa lectura marxista que a cualquier relativismo posmoderno- con las imágenes, cabe preguntarse por el estatuto de éstas en la modernidad y la marginalidad cultural que han mantenido con el lumpen urbano donde nacen los flamencos, los gitanos. La imagen como icono cultural se construye en torno al estado moderno y la subjetividad ciudadana precisamente en torno al siglo XVI y con los embates iconoclastas de los protestantes. De esa trinidad identitaria –estado, sujetos e imágenes- los jaques, los pícaros y los gitanos son excluidos. Su relación con las imágenes es meramente usuaria. La escasa práctica de la pintura, el abuso del grafo decorativo o su papel protagonista como actores de la fotografía romántica en flagrante contradicción con los mitos anicónicos de su propia tribu. Es, precisamente, esa ambigüedad identitaria a la que me refería antes, lejos del sujeto autónomo, lejos del poder del estado y lejos de la esfera que los representa, la que permite cierto materialismo con respecto a las imágenes, incluso cierto fetichismo meramente utilitarista, que les aleja de las fantasmagorías del par imago/mercancía. Las imágenes tan sólo circulan como usufructo de la vida cotidiana. Es ese uso común y material de las imágenes el que les permite sobrevivir al espectáculo. Para ellos, las imágenes son sencilla y simplemente imágenes, nada más y nada menos.

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>