Escaparates y espejos

Hay una tienda de espejos en la esquina del café en el que paso casi todos los sábados. Siempre tengo que pedirle al camarero la cuenta tres veces. Un café tranquilo en una calle de silencios a las diez de la mañana, donde está prohibido salir o molestar a la hora de la caló. Una hora que no se entiende en cualquier parte.

Paso y miro a través del escaparate la disposición de cada artículo. Y visualizo esos espejos que algunas veces nos han dicho que las canciones eran para otras. Que no todos los versos recuerdan a ti. Ni a mí. Los espejos del paso del tiempo, de las arrugas y las ojeras a las siete de la mañana. Las sombras. Y los cristales rotos. Los espejos con manchas que rememoran lo bueno que estaba el gintonic de anoche. También la superstición y la mala suerte. Será por eso. Los espejos dándote palmadas en el hombro, diciéndote: “Oye, que eres feliz”. También los espejos testigos de sonrisas. Y resacas. Los azules reflejándose, que son días de soles sin nubes. Las noches de luna llena. Los espejos con gotas de agua anunciando que cinco minutos antes alguien estuvo allí. Las tardes grises pidiendo un hueco, escribiendo mensajes al deslizar los dedos por el vaho del cristal, después de cada ducha. Las mías y las tuyas. Las de los dos. Mis espejos de gritos efímeros apareciendo de repente en el escaparate del número cinco de una calle desierta. Es julio pero podría ser cualquier mes.

Me acuerdo de la última película que vi mientras arrastro mi cuerpo por la canícula de una semana que parece interminable. Me siento delante del cristal. Sí, Ayer no termina nunca. Ése era el título. Y observo mi cuerpo reflejado y, a su vez, me imagino en todos los espejos de la tienda. Mi cuerpo ocupando un trozo de cada cristal. Mis piernas por un lado. Los brazos por otro. Las manos desproporcionadas. Retazos. Fragmentos. Pedazos. Trozos. Me repito, pero eso somos, además. Y yo perdiéndome entre los cóncavos y los convexos, sin adivinar aún cuál es mi lado bueno.

Me sobresalta la frase que me mantuvo enganchada durante toda la proyección: “¿Sabes qué me resulta raro? Que las cosas pasen cuando ya no las necesitas”, mientras repaso todas las denuncias que Isabel Coixet presenta en cada fotograma: la crisis, la pérdida irreparable de un hijo. Los que se marchan. Los que se quedan y no lo superan. Los que se van con el dolor a cuestas diciendo que lo han superado. Mentira. Las rupturas. También las del amor. Y lo que tanto nos cuesta comprender. Lo que igual nunca llegamos a entender: que un día nos dejan de necesitar. Y ya está.

Ha pasado un señor por delante del escaparate y nos hemos visto reflejados los dos.

De repente me anticipo al otoño, el verdadero nuevo año, y me traslado al Madrid, 1987 de David Trueba. Hay una escena en una cafetería donde un profesor pregunta a su alumna cuántas ha dejado para septiembre. Ella le responde que dos. “Yo lo he dejado todo para septiembre”, sentencia él.

Todo. Y me vuelvo a refugiar en el silencio de las calles que prefieren no decir nada a determinadas horas. Todo. Septiembre. Otoño. Y he vuelto al bar, a pedir un café mientras releo algunas páginas sueltas de periódicos pasados. Todo. Y he maldecido a los espejos que nos recuerdan siempre quiénes somos. Ésos empeñados en ponernos en nuestro sitio mientras optamos por mirar para otro lado.

Y he tenido que volver a pedir tres veces la cuenta.

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