Equipo 57

Cuando uno piensa en diseño y Andalucía, se viene a la cabeza la imagen de una botella con un mensaje enrollado en su interior flotando en el mar, rodeada por un mundo hostil, a la deriva sobre la corriente. Orgullosa de portar en su interior un secreto que nos hará mejores. Su mera existencia es un pequeño milagro que permanecerá en secreto hasta que alguien la encuentre y lea el mensaje. Un relato que nos habla de aventura, voluntad y desafío al destino. Una lucha contra lo predecible y la todopoderosa realidad de las cosas normales.

La crónica del diseño en Andalucía en la primera mitad del siglo XX tiene más que ver con la historia de los diseñadores locales que con la evolución de la disciplina en sí misma. No existen factores reconocibles que permitan definir una identidad que podamos denominar como “Diseño Andaluz”. Con el objetivo de alejarse del flamenquismo y lo tradicional, estos pioneros intentaron acercarse de manera individual a las corrientes europeas del momento, pero sin establecer ninguna conexión entre ellos, sin pensar en las necesidades del mercado, el gran público o la industria.

Tanto durante la segunda República como durante el franquismo, el diseño en Andalucía quedó confinado dentro del mundo de la arquitectura, un panteón sagrado donde aún podían circular libremente las ideas. Un pequeño grupo de arquitectos, tomando como referencia el diseño nórdico y norteamericano, produciría diferentes tipos de objetos para complementar sus propias obras, sin salir nunca del nivel de prototipo. La inadecuada infraestructura empresarial e industrial, la escasa formación de la burguesía y el nulo interés de las instituciones colaboraron a que dicho esfuerzo creativo nunca fraguara en algo más serio. 

Los primeros ecos del diseño de corte europeo llegan de la mano de la Escuela Racionalista de Arquitectura, también denominada Movimiento Moderno (1926-1942), entre cuyos máximos exponentes figura Gabriel Lupiáñez que junto a  Gómez Millán realiza el Mercado de la Puerta de la Carne (1927) y con Rafael Arévalo Carrasco el edificio Cabo Persianas en la calle San Pablo (1940), ambos en Sevilla. Otros ejemplos del movimiento son José Luis Sert con su casa Duclós en la calle Cean de Bermúdez (1930) y Antonio Delgado Roig y Juan Talavera Heredia con su casa Lastrucci en plena calle Álvarez Quintero (1934). Hay que destacar también la labor como interioristas de los arquitectos José Galnares Sagastizábal con su cervecería Tomás en la calle Sierpes 102,  publicada en la revista Nuevas Formas, y Joaquín Díaz Langa, gran especialista en diseño de interiores, con su café Gran Britz en la calle Sierpes.

Otro ejemplo del Movimiento Moderno racionalista de mediados de los cincuenta, ya en pleno franquismo, es la obra de los arquitectos Rafael de la Hoz Arderius y José María García Paredes. Su ópera prima fue la Cámara de Comercio de Córdoba (1955). Pretendiendo una perfecta integración entre arquitectura y mobiliario, se puede observar un contagio organicista cargado de influencias nórdicas y de referencias a los modelos americanos del momento (De la Hoz venía de estudiar en el Massachusetts Institute of Technology). Todo el diseño del mobiliario estuvo enfocado al aprovechamiento máximo del espacio, empleando sobre todo la madera, con formas dinámicas y angulosas. Se creó un programa de muebles específicos para cada estancia, mostradores para la recepción, estanterías en voladizo, mesas para los diferentes despachos y la biblioteca. 

Tras ellos, Córdoba alumbrará a finales de los años cincuenta uno de los grupos más potentes del panorama artístico español del siglo XX, el brillante Equipo 57, que supone un punto de inflexión e internacionalización de los conceptos artísticos nacionales. Formado por los pintores José y Ángel Duarte, Agustín Ibarrola y los arquitectos Juan Cuenca y Juan Serrano, el grupo publica su manifiesto en 1957, en el que establecen sus propósitos artísticos. Contrarios a la individualidad y la diferenciación artística, proponen como solución el trabajo en equipo. Entienden las artes plásticas como medio de investigación para llegar a soluciones prácticas aplicables a los objetos de uso diario y a la urbanización, en una identificación del arte con el diseño.

El Equipo 57 mantuvo un discurso utópico, con gran carga ética e ideológica, y claras influencias del Constructivismo soviético, la Bauhaus y la abstracción geométrica. Defendía que el arte debe ir más allá del lenguaje plástico y las consideraciones estéticas para cumplir una función social y constituirse en un idioma universal fácil de identificar por cualquier ser humano. Estaba en contra de cualquier aspecto mercantil del arte o de aquello que lo constituyera en elitista: “¡Contra los marchantes, las capillas, los premios, los críticos venales!”.

Su enfoque constructivista del arte no pretendía explorar el mundo físico, sino alcanzar su esencia. Repudiaba en esta búsqueda el uso del individualismo, el concepto de genialidad, la intuición o la inspiración; ideas sobre las que se edificaba el arte burgués convencional. Para los miembros del grupo, el arte debía ser algo didáctico y global, un punto de comienzo para un orden nuevo. Es ahí donde nace la importancia del trabajo en equipo, del análisis racionalista y el trabajo en serie.

Dos fueron las sedes de la actividad del Equipo 57. Por un lado París, que representa el espacio de su liberación personal y evolución como artistas. Allí, al estar en contacto con las tendencias internacionales, se les brindaría la oportunidad de difundir su obra y realizar exposiciones por toda Europa. Córdoba, por otro lado, será la ciudad donde generen y muestren de manera más íntima su obra, y eso les aportará una gran identidad emocional. Es allí donde realizan sus conocidas exposiciones: la famosa Sala Negra en la calle Ravé, y Urbis en la casa vieja del paseo de la Rivera.

Serrano y los Duarte (que no son hermanos) viajaron a París en el verano de 1954, donde conocieron a Ibarrola de la mano de Jorge Oteiza. Ya en su primeros contactos se plantearon seriamente que “rechazaban el arte reducido a mercancía de las galerías”, y pretendieron crear un frente contra las corrientes artísticas más influyentes del momento, como el informalismo español, el tacherismo en Europa y el expresionismo abstracto norteamericano. Estas tendencias no sólo querían representar la libertad individual, sino que exaltaban el triunfo de la ideología del mundo libre Occidental frente a los países del ámbito soviético.

En sus idas y venidas por París conectaron con las corrientes estéticas más trascendentes del momento, conocieron al marchante de arte alemán Kahnweiler, al todopoderoso Picasso y a otros muchos. Tomarían como base para sus tertulias el café Rond Point, donde de una forma inevitable se acabó gestando el nacimiento del Equipo 57. Oteiza, su padrino, les recomendó estudiar la obra de los daneses Mogensen y Jacobsen, abanderados del diseño escandinavo más racionalista. Mientras, y con el fin de subsistir, realizaban todo tipo de trabajos de jornal, como pintores de brocha gorda, siempre de manera ilegal y repartiéndose las ganancias entre todos ellos.

Esto forjó un gran espíritu de equipo y generó una intensa necesidad de modificar la forma de concebir el arte, produciendo un movimiento general que fuera capaz de cuestionar el sistema, que era injusto en su totalidad. Como reconocerían años más tarde, “el fruto de la permanente discusión y el análisis de los hechos en común, estableció un lenguaje que les permitió objetivar los conceptos. La actividad y el estudio en grupo les liberó y despejó cualquier supuesto miedo al conocimiento”. El Equipo 57 comenzó a considerar el arte como un medio de conocimiento más que como un medio de expresión. Se impuso con claridad la idea de que “el subjetivismo no era el mejor camino para conocer una realidad que es necesario cambiar”.

Para José Duarte, el paso del tiempo juzgaría con más benevolencia el dogmatismo y osadía del Equipo 57, pero lo que era incuestionable es que fue un momento de la historia propicio para el radicalismo ideológico y artístico, donde no servían los paños templados. Según él, la herencia más importante de su paso por el Equipo 57 no fue solamente el poso conceptual que dejó en su obra posterior, sino la presencia de un componente más importante que cualquier otra cosa: la auténtica amistad que los unió a todos en sus comienzos y el deseo de mantenerla con el paso de los años. Ángel Duarte definió su experiencia de esos años dentro del Equipo 57 como la más apasionante de su vida: “vivir, por un momento, y creer en la fraternidad, ese sueño por el que tantos murieron”.

El Equipo 57, según Agustín Ibarrola, conformaba “la vanguardia del arte español, sospechosa de ser malos artistas y de refugiarse en tendencias que a los ojos de la gente resultaban muy simples y fáciles de realizar. Hacíamos investigaciones muy complejas que no se entendían entonces”. Sin duda, una de sus desventajas fue que se les considerara como un solo individuo al exponer y no como un colectivo, con lo que la polémica y la necesidad de explicarse les acompañaron hasta el final. En España tendían a resumirlos e identificarlos como materialistas y comunistas. Llegaron a plantearse realizar y ofrecer todas sus obras, carentes de contenido metafísico y poético. Incluso tuvieron que considerar que el valor económico de dichas obras fuera el de los costes de producción, quedando así ajenos a cualquier especulación del sistema sobre su obra.

La disolución del grupo comienza en 1962, en parte provocada por la detención de Agustín Ibarrola, que mantenía una intensa actividad política y social como miembro del partido comunista. Su obra posterior se dirigió a la denuncia de la mísera realidad del proletariado y el campesinado español de la época, encuadrándose en la denominada pintura social. También influyó la marcha de Ángel Duarte a Suiza, donde se integraría en el Grupo Y, que más tarde  generaría el movimiento Nouvelle Tendance. Mientras tanto, en Córdoba, los juanes (Cuenca y Serrano) se dedicarían a la arquitectura, ampliando con sus proyectos y diseños la filosofía del Equipo 57. Por último, José Duarte se uniría al grupo de grabadores Estampa Popular, donde su obra evolucionaría hacia una figuración expresionista de marcado carácter reivindicativo y social.

La historia del Equipo 57, al igual que la del resto del diseño andaluz en los dos primeros tercios del siglo XX, es una sucesión de historias a contra corriente. Personalidades brillantes, plenas de un espíritu libre e indómito, en conflicto con una sociedad gris y mediocre, tanto cultural como económicamente. El diseño contemporáneo nunca calaría en nuestra cultura empresarial, política o popular; siempre se vería como algo ajeno y extraño. Por eso, hoy hacemos tanto énfasis en el significado de la obra de estos artistas, que dedicaron su vida y esfuerzo a contribuir a que nuestra sociedad fuera más culta, moderna y plural. Ecos de un mensaje desde el interior de la botella.

 

PRÓXIMAS EXPOSICIONES: Galería Rafael Ortiz

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