En la puerta del colegio

Todavía me acuerdo de cuando éramos unos zagales y nos quedábamos los miércoles por la tarde jugando al futbito en el colegio. Siempre había algún pique entre algunos de los miembros de la pachanga, y más de un día se pactaban peleítas callejeras a las dos del mediodía, a la salida del colegio los viernes. Como si del combate del siglo se tratase, los dos energúmenos dispuestos a pelear tomaban esos días actitudes propias de Floyd Mayweather y Manny Pacquiao. 

¿Por qué os cuento esto? Veréis, es que creo que me crucé el Lunes Santo con un nota de los que casi nunca faltaba a las peleítas de los viernes. Si no recuerdo mal, no era ni de mi colegio, se colaba para jugar allí al fútbol y siempre entraba en bronca. Pues lo dicho, nos cruzamos, me miró, lo miré, y me soltó… “Que Dios te bendiga”.

Y llevo un tiempo dándole vueltas y pensando en el tipo este: con lo garrulo que era, el tío está orientado, casado, con dos niños y trabajando en un banco. De verdad que me quedo helado con los cambios del personal. No os podéis ni imaginar los tinglaos que se formaban en la puerta del colegio. Además, los combates más señalados eran los que no terminaban ese día, sino que pasaban del viernes al lunes y seguían con la misma emoción desde el principio. Siempre tenían el mismo timming, como dicen ahora los expertos empresarios: llegaba uno de los individuos, preguntaba por su contrincante y se enzarzaban… y, por supuesto, estaba el clásico que decía “Dejarlos solos que lo tienen que arreglar”.

Pues lo dicho, esa misma noche de Semana Santa, después de ver al púgil colegial, me quedé cavilando y me puse a investigar sobre las mayores peleas de la historia. El boxeo ha sido un deporte que me ha llamado la atención siempre. No sé si lo sabréis pero ha habido peleas de lo más rocambolescas a lo largo de la historia; lo de Rocky Balboa se queda en pañales.

Actualmente el boxeo masculino está limitado a doce asaltos, que ya está bien, doce asaltos recibiendo guantás tiene tela. Pues la pelea más larga de la historia tuvo ¡110 asaltos! y duró la friolera de 7 horas y 19 minutos y este año se han cumplido 125 de aquel histórico enfrentamiento.

Nueva Orleans, corría el año 1893, era un 6 de abril, y se citaban en el cuadrilátero dos boxeadores estadounidenses, Andy Bowen y Jack Burke, dos chavalitos que sin saberlo pasarían a la historia. Se celebró en el club de la citada ciudad, allí se encontraba lo mejor de cada casa, literalmente hablando, sus puestos de comida y bebida, algún vendedor de periódicos, dos muchachos que limpiaban el ring, los taquilleros, la autoridad competente y los encargados de recoger y administrar las apuestas. Todo ese elenco de personajes no se podía hacer una idea, cuando les dijeron a sus mujeres que llegarían para cenar, que estos dos chavales estarían dándose tortas más de siete horas. Pensadlo, yo le tengo que dar una colleja a alguien y ya me da pereza…

Resulta que empezaron los tíos a darse mascás y, como antiguamente los combates de boxeo se ganaban por KO, pues resulta que estuvieron toda la tarde liados buscando el knock out. Por lo visto, el árbitro tuvo que detener el combate y darlo por nulo porque, además de que el público ya estaba algo calentito -imaginaos siete horas (como ver dos veces Ben Hur) sentados tomando güisqui, que eso no hay quien lo aguante-, había quedado esa noche en ir a cenar a casa de sus suegros. Dicen las crónicas que los dos púgiles estaban en sus respectivas esquinas y no podían ni moverse. El caso es que el juez del combate tuvo que decir “Señores, vamos a recoger y pa casa, que ya no estáis pa ná”, en inglés, claro.

Bowen aguantó algo mejor el enfrentamiento, pero Burke… Burke acabó con las dos muñecas rotas aunque seguía de pie dando golpes, igualito que los futbolistas de ahora. Después de ese combate ambos púgiles decidieron retirarse, si bien Bowen no cumplió su palabra, se ve que le iba el mambo; falleció años más tarde como consecuencia de una caída en un ring tras un golpe. Burke dijo basta, y así lo cumplió: se recuperó de sus muñecas y se apuntó a clases de compás por bulerías, no veas cómo tocaba las palmas, cuentan. Pero como todo enamorado de algo, volvió a los cuadriláteros un tiempo más tarde.

El problema de todo esto no fue declarar nulo el combate, fue el parné. Por mucho que el público asistente fuera gente de bien, cuando a uno le tocan la cartera, ahí no responde uno de sus actos. Y es que todo el dinero recaudado se lo llevó el de la empresa de apuestas, no aparecía por allí hasta que lo vieron soltando la cadena de la bici y metiendo una bolsa con el dinero en la cesta del ciclo. Quería hacer un Dioni. Hasta que un espectador que lo vio gritó como David Civera “Que lo detengan” y ya empezaron a escucharse frases como “Te vamos a poner la cara como a Bowen”. La gente empezó a ponerse violenta y el muchacho de las apuestas acabó con algún que otro hueso quebrado. Desde luego, a quién se le ocurre darse a la fuga en una bicicleta atada con un candado gordo de la época, que para abrirlo había que hacer unas oposiciones…

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