Elogio de la duda

Es cansino. Cada día en la prensa, en las redes sociales, en la tienda de la esquina y en tu móvil encuentras a una persona que te dice cómo, cuándo y por qué cambiar, mejorar o reposicionarte. A menudo, emplea palabras huecas, anglicismos o postureos a la moda que resuenan en tu cabeza cuando consigues entenderle. ¿Qué querrá decirme con eso de “la vida sin filtros”, “educación centrada en el alumno”, “un vinito”, “invierte ahora en criptomoneda”, “la vida natural” y todo este palabrerío taumatúrgico? Me supera porque creo que detrás de la repetición de conceptos y lemas no hay más que contraseñas de la modernidad política y social, pero poco contenido sustancial.

Encuentro al gurú en todas partes. En la educación, cuando veo que la escuela ya no sirve para nada y que hay que derribar los muros, acabar con los libros y capidisminuir la autoridad del profesor ante la multitud inteligente de Wikipedia, alumnado y AMPAS. En la política, el gurú ofrece soluciones mágicas a los problemas complejos del paro estructural, la globalización, las migraciones o la Unión Europea. Todo se soluciona con un simple decreto y una sonrisa. Intuyo que por ahí viene el populismo y su pensamiento mágico. En el periodismo, todos los listos tienen la solución a la pérdida de credibilidad e ingresos que sufren las cabeceras tradicionales.

“No han sabido entender la dinámica” dicen, como si alguien supiera por dónde vendrá el desarrollo. En la economía, el sabihondo te abruma con el cambio tecnológico, lo que verán nuestros hijos y el final de no-sé-cuántos-negocios. Claro que las tecnologías han cambiado el entorno, pero tenemos más incertidumbres que certezas.

Aunque soy periodista, tengo debilidad por la Historia y sé por las lecturas que los gurús aciertan pocas veces con sus previsiones y sus diagnósticos. Me aburren porque – ahora- ya sabemos que los individuos no nos conducimos por expectativas racionales, sino por emociones. Si todo fuera lógico, razonado y rebatido, no tendríamos Brexit. Y la Historia de la Humanidad sería un aburrido despliegue de argumentos, refutaciones y comprobaciones científicas.

Claro que necesitamos arúspices para sentirnos satisfechos, pero casi siempre nos funciona mejor la tarea forense que la previsión. Por esto, pienso que debemos elogiar la duda, hija bastarda del conocimiento. No podemos aprender nada nuevo, si no tenemos dudas, si no consideramos que nuestro planteamiento puede someterse a revisión y esperar nueva información. En esto consiste la inteligencia y no tanto en la capacidad de saber qué nos deparará el futuro. La duda es valiosa para el ciudadano, porque no se fía de la palabra dada, sino de los hechos. Es esencial para el negocio, porque obliga a replantearse una y otra vez el funcionamiento de la compañía. La vacilación es motor de la virtud pública, porque dudar sobre las consecuencias de las decisiones que tomamos como políticos o representantes asegura menos medidas arbitrarias.

La duda es también un elogio de la lentitud, de la indecisión y de la introspección. Quienes venden soluciones universales en forma de crecepelo, referendo o móvil de nueva generación, olvidan que las personas necesitamos “salir” un momento para pensar y tomar una decisión pausada. Bajo la sombra de la duda, somos libres pensadores. En la creencia de gurú, somos esclavos de un proceso mental que apalanca prejuicios y limita el crecimiento individual. Como el escribiente de Bartleby, si esto va de mi desarrollo personal y profesional, preferiría no hacerlo. Vaya, que prefiero ser temeroso (de la duda) antes que gurú (de Twitter).

La duda es el disco duro de nuestras decisiones, porque en momentos de presión nos podemos fiar más de la incertidumbre que de la Verdad en mayúscula. Si no nos interrogamos por las externalidades, lo fiamos todo a dos tipos de gurús: quienes se lanzan al vacío siguiendo su intuición -ay de los gurús lemmings – o bien quienes esperan al que el mercado imperfecto de la información termine de rellenar todas las casillas.

Será mejor aceptarlo. La avalancha de datos no está correlacionada con la certeza, sino con la duda. Podemos tomar decisiones informadas, podemos ignorar el entorno o bien podemos ser flexibles y manejar las inseguridades.

En todo caso, no es nada recomendable fiarse al criterio del gurú, cuyo negocio está en acertar en el génesis, el desarrollo, las consecuencias o las interrelaciones de cada proceso vital que nos rodea. De verdad, qué hartura de gurús.

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