El sevillano belga

A veces hacen más por una ciudad los foráneos que los propios autóctonos del lugar. Esto quizás sea debido a cuestiones de perspectiva. Dicen que para conseguir una buena fotografía es aconsejable tomar algo de distancia. De esa manera capturaremos tanto el detalle de lo que queramos retratar como su entorno más inmediato que completa el significado del mismo.

Así ocurre con el personaje que voy a intentar mostrar en esta semblanza. Parece que lo estoy viendo leer este artículo. Su hija le está traduciendo el primer párrafo y al terminarlo, éste la mira con extrañeza. No le gusta que le llamen foráneo casi en ningún sitio y mucho menos en Sevilla. “Yo soy sevillano”, aseveraría él.

La primera vez que pisó Sevilla fue durante la Expo 92. Ese año en que la ciudad se abrió en canal al mundo para que todos hurgasen en ella. No pudo conocer Sevilla un extranjero en mejor año que ese. Invitado por el embajador de Bélgica vino un tal Marc Paesbrugghe. Casi le viene al pelo el cargo que ocupa quien lo invitó.

Marc Paesbrugghe es belga, concretamente de Beernem, una pequeña localidad al lado de Brugghe [Brúha]. (Insiste mucho en recalcar la pronunciación flamenca de Brujas). Es todo lo que conozcemos de este señor durante un tiempo después de conocerlo en febrero unos años atrás. Al poco llegó la primavera y sus fiestas de las que quedó prendado allá por los noventa. Hasta ahora nada nuevo en un extranjero. Sin embargo, en un balcón de una calle céntrica un Domingo de Ramos nuestra percepción de Marc cambia. Comienza a transcurrir una cofradía y se le dibuja una sonrisa en la cara tan propia como la que ponen los niños con su primer caramelo y al paso de la imagen del Cristo se emociona tanto que parece pedirle salud para los suyos.

Marc es cocinero de profesión por la Escuela de Cocina Ter Duinen en Koksijde. Con apenas veintisiete años monta su restaurante en Amberes a escasos metros de la catedral. ¿El nombre? Sir Anthony Van Dijck, uno de los artistas flamencos más admirados por él y su mujer, Bernadette.

Indagando un poco en su trayectoria y más tarde corroborado por él mismo, hemos podido saber que obtuvo su primer reconocimiento internacional en 1978. La codiciada estrella Michelin. Pero es que solo dos años más tarde, consigue la segunda. Un segundo reconocimiento que lejos de aceptar con orgullo, rechaza, formando un revuelo en la comunidad gastronómica al ser el primer chef en hacerlo. “Imponen precios desorbitados, servicio, número de camareros e ¡incluso se atreven a modificar menús!” advierte Paesbrugghe.

Cuando Jamie Oliver era tan solo un niño y los programas gastronómicos no ocupaban ni por asomo el prime-time de los canales nacionales, en la Televisión Nacional belga se emitía Cordon Blue, un programa de cocina en el que Marc cruzaba el globo para conocer todas las cocinas del mundo. Una página en el magazine del periódico De Standaard, numerosos artículos en revistas especializadas de todo el mundo y la publicación de sus libros ‘El trabajo culinario’ y ‘La gastronomía a lo largo del año’ resumen su labor encomiable por difundir tanto la cocina belga como la internacional.

Acostumbrado a trabajar entre los mejores fogones del mundo y con los cocineros más reconocidos, Paesbrugghe es un hombre de tabernas y lo hace plausible cada vez que viene a la ciudad. Es consumidor empedernido de jamón en Las Teresas, de los bares del Arenal y de La blanca paloma en Triana, donde el dueño le tiene reservada la mesa de siempre. Y ni pizca de español.

Pocas semanas antes de que se publique esta revista, ha vuelto a visitar Sevilla para encargar la túnica de su hermandad. Este año quiere poder salir de nazareno por primera vez. Vino solo, pero rara es la ocasión en que no viene acompañado de algún amigo al que no haya traído aún a Sevilla (que son los menos). Quizás sea por eso por lo que guarda con mucho cariño la carta de un alcalde de la ciudad que le envió en forma de agradecimiento dada la importante labor de promoción que hace por y para Sevilla.

Marc es de esas personas que aprecian los detalles por más ínfimos que puedan parecer para otros. Desde que se baja del avión en San Pablo no hace otra cosa que recorrer la ciudad de cabo a rabo con ese andar ligero y de zancada amplia. Ya quisieran muchos taxistas conocer la mitad de bien el callejero como lo hace este belga con solo el GPS de su mente. Mide tanto sus decisiones que hasta va cambiando de hotel cada vez que visita Sevilla para que sus amigos recepcionistas no se pongan celosos.

Si ven una mañana de sábado a un señor de envergadura, de cabeza afeitada, ojos pequeños pero inquietos tras unas gafas gordas de pasta negra y sonrisa encantadora escuchando a los músicos de cuerda en la calle Sierpes, entenderán de quién les hablo.

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>