El restaurante

Se me escapó un tren a los diecisiete. Ha comentado ella mientras ponía más vino en las dos copas. No vamos a esperar a que venga el camarero, ¿verdad? Sigo pensando que aquel tren era el tren. Tú no lo vas a entender pero, por aquella cobardía personal, ahora sólo busco a valientes, para aprender de ellos.

Estás igual. El mismo color de camisa cuando la última vez que nos vimos. Las canas asomándose, pero tú nunca dejaste que se instalaran. ¡Ja! Ahora sí puedes disimular, como siempre, con tu edad. Te costó entender el paso del tiempo. Intuyo en tu mirada que sigues sin comprender que nos vamos, y lo más probable es que ese día nos llegue con la cocina desordenada y la cama deshecha. Te lo advierto. O saliendo del restaurante en el que hoy nos encontramos. Es increíble pero los camareros siguen conservando el uniforme blanco con esas horribles pajaritas negras. Me acuerdo cuando veníamos y nos recostábamos en el piano de cola, para luego acabar bailando al lado del cuadro que se mantenía torcido durante toda la noche. Como si formara parte de la función. Como si también quisiera bailar con nosotros. Luego siempre terminaban echándonos y tú y yo encontrándonos en la salida. Está bien que ahora lo hayan convertido en un lugar de obligada visita para gourmets. Ellos entretenidos en sus cuentas de Instagram, preocupados por hacer la foto antes de probar el plato. Tú y yo nunca nos aguantamos tanto las ganas.

Le he dicho a mis hijos que no hagan planes a largo plazo, pero no creo que me hayan escuchado. Tampoco estoy segura de que necesitaran el consejo. Han viajado más que tú y que yo, pero tienen sueños distintos a los nuestros. Todo les ha pasado antes, pero lo han tenido que vivir después. Tú y yo teníamos referencias. Ellos han tenido que creárselas. Buscar otros libros y otros autores. Buscarse y creer mucho en sí mismos. La generación de la melancolía de la que hablan todos los periódicos. Tampoco saben los que escriben esas cosas que ellos son la única generación que puede ayudarnos a dar el paso hacia adelante definitivo. ¿Con el dedo pulgar en sus teléfonos inteligentes? ¿Más preocupados por la iluminación de cada uno de sus selfies? Ya sé que te lo estás preguntando. Pero sí, están abocados a cambiar el mundo, y a hacernos mejores, aunque ellos aún no lo sepan.

Volvamos a ti y a tu cicatriz. La de la barbilla. Y al dolor en el esternón. Si aprieto, ¿aún duele? Sonríes. Se te siguen pronunciando los hoyuelos que heredaste de tu padre. Mis hijos han sacado los míos y el prontito de él. No hace falta que te lo nombre, lo sé.

Cuesta creer que tú y yo un día tuviéramos un proyecto. Juntos. Y risas hasta el amanecer en lugares comunes. Me dejaste las canciones y tus pinturas abstractas. Volví muchas veces a esos museos buscando a tus autores. Y te dejé escapar, por eso ahora tengo un hijo apasionado por el arte. Hay errores que te persiguen durante toda la vida, incluso más que los aciertos.

“Me mentiste. Y ya no vamos a recuperar el tiempo perdido, ni siquiera esta noche. Pero sí podemos seguir bebiendo más vino. ¡Camarero!”.

Por fin hablaste.

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