El poder ya no es lo que era

El ejercicio del poder consiste en la imposición de la voluntad de unos sobre otros. Es una capacidad que tenemos todos a título individual o a través de nuestras organizaciones, empresas, estados o grupos de amigos. El poder nunca es absoluto, sino relacional.

Es en esta relación que se establece entre unos y otros cuando podemos medir las capacidades, el grado de violencia, la habilidad negociadora o la efectividad real de las decisiones. En los tiempos que corren, la batalla por la comunicación es una de las claves para entender el desarrollo del poder en la medida en que distribuye las ideas, vehicula los valores y produce el conocimiento. La comunicación es el constructo de las normas y los valores que rigen en la sociedad y, por eso, los actores políticos luchan por imponer sus palabras (la casta), sus expresiones (daños colaterales).

La transformación estructural del poder viene, en buena medida, porque se ha incrementado el número de personas con acceso a la comunicación. Armados con un dispositivo móvil, los individuos podemos elaborar, producir y distribuir cualquier mensaje a través de las redes propias y ajenas. Esta capacidad se ha disparado, multiplicando las posibilidades de difusión de una idea, un eslogan o una información periodística. El nuevo entorno mantiene estructuras del anterior. La televisión continúa como eje de la influencia y la mediación, porque apenas requiere esfuerzo mental para entender sus mensajes y su estilo de entretenimiento. Las operadoras telefónicas pueden promover o ralentizar la distribución competitiva de datos. Las corporaciones tecnológicas custodian la privacidad de los usuarios, lo que no significa que no puedan revelar datos en un momento dado. El proceso de cambio en el poder estructural se asemeja más al paso del cangrejo que a la evolución gradual y ordenada. Ya hace años que se explica tal escena con la metáfora de la catedral y el bazar. La primera requiere un orden, un rigor y un razonamiento regulado. En cambio, en el zoco de las ideas, priman las callejuelas, los puestos, las ofertas y también las falsificaciones de los bazares.

El cambio y la innovación social no proceden de las infraestructuras. Ya se encarga el poder económico de evitarlo mediante la arbitrariedad o la inacción. Pero el poder social va por otro lado. Los ciudadanos, con clics y tuits, tienen la capacidad de intervenir en la vida pública y afectar al mundo de las ideas. Esto es revolucionario porque significa que la participación se convierte en capacidad transformadora y no es necesariamente coercitiva. El ciudadano accede al proceso legítimo de formación de la esfera pública a través de la comunicación digital.

Claro que los tuits y los “me gusta” no cambian el mundo. No seamos insustanciales. Las campañas de activismo y movilización no conseguirán que pare la violencia en el mundo o que tal corporación deje de utilizar aceite de palma. A mi entender, estas capacidades son menores comparadas con la innovación política y social que afecta al desarrollo del poder. El cambio consiste en la capacidad de influir en la agenda de temas que interesan, que son recurrentes en la arena política, que desafían las estructuras establecidas y que son relevantes para el ejercicio del poder.

Siguiendo a Foucault, es un cambio espectacular en las dimensiones del poder. Frente a las burocracias, las disciplinas y la desindividualización de las instituciones, el poder digital devuelve las competencias a los individuos organizados en red. Las tecnologías han catalizado un ecosistema de poder que reduce la posición dominante del sistema político y económico, que permite la gestión de problemas y que desnaturaliza el orden anterior. Ahí reside la novedad: cuando las personas creen y cambian su comportamiento, las tecnologías potencian las capacidades del individuo. El poder es el agregado de la estructura, la gestión de la información y el comportamiento individual, el último reducto de la libertad.

Hay contradicciones en el desarrollo tecnológico. Porque esta bella oda a favor de la innovación y la odisea tecnológica no puede ocultar las contradicciones del nuevo poder. Se ha aminorado el oligopolio de las compañías convencionales, se ha atomizado el control político y se ha reducido el significado real de las fronteras geográficas. Sin embargo, al mismo tiempo, han aparecido nuevas vulnerabilidades tales como las fallas de seguridad en el sistema y los nuevos conflictos, la reducción de los costes de la propaganda y la radicalización, el fin de la privacidad en cuanto te conectas al sistema con tu móvil o tu tarjeta de crédito, la sensación de aceleración del tiempo histórico o el autoritarismo digital, sea institucionalizado en las dictaduras o sea el acoso en el entorno escolar.

En suma, las relaciones de poder son conflictivas. Está en su naturaleza el enfrentamiento, la discordia o la lucha por la imposición de los mensajes y sus significados. No, las tecnologías no son neutrales. Pero no me cabe duda de que la red, el poder en la red, ha cambiado para siempre y éste ya no es lo que era. Ojalá sea en beneficio de los ciudadanos y de la libertad.

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