El peligro de pensar

Bernie Gunther es uno de mis personajes de ficción preferidos. Expolicía, se desempeña como detective privado para asuntos turbios en la Alemania nazi y de posguerra. No vive grandes aventuras, ni cuenta con estrambóticos instrumentos a la manera de los detectives. Resuelve casos porque aplica bien su sentido cínico de la vida y aplica el sentido común, que se afina en tiempos de escasez y crisis moral. Acuña una cita que tengo tatuada en el despacho: “Pensar no es espectacular. Pero da resultados”.

Así las cosas, pensar es un peligro social. Recordaba Isaiah Berlin un escrito del poeta Heine. Quienes subestiman a los filósofos que leen, escriben y callan en su escritorio obvian que Kant estudió y transformó la teología que luego inspiró la revolución francesa, de Robespierre a Napoleón. ¡Menudo aleteo de mariposa! Tanto Karl Marx como Platón llaman a la acción política del pensador. Tiene que implicarse, comprometerse, ayudar a la transformación del entorno mediante la difusión de sus ideas. El pensador es un participante, no un observador alejado de la realidad. El laboratorio es la vida misma y no un centro de cuatro paredes que abre de lunes a viernes entre las 8 y las 21.30 h. No es de extrañar que esta llamada a la acción sea propia de quienes se sintieron atraídos por la tentación de Siracusa.

Pensar, en el ámbito de las ciencias sociales y en el ejercicio del periodismo, es una actitud radical, que va a la raíz de los problemas y plantea cosmologías cerradas. Uno se adscribe a un sistema de pensamiento, que tiene sus maestros, sus ángeles caídos, sus términos y sus autores de moda. Es un sistema abotonado, opaco, poco poroso a la interdisciplinariedad. Y esto tiene consecuencias directas en la forma de escribir, pensar o relacionarse con otros compañeros de actividad universitaria. A menudo, encuentro más radicales en mi campo que en las ciencias de la vida, la física o las matemáticas. De modo contraintuitivo, éstas ofrecen más oportunidades de interconexión entre disciplinas y están más abiertas al aprendizaje de unas respecto de otras.

No me extraña. Los profesionales de las ciencias sociales hemos abandonado el viaje a Siracusa, pero hemos sucumbido a la tentación de la Verdad. Ésta se mide por el número de artículos en revistas de impacto, el reconocimiento social y –en los últimos tiempos– por la capacidad de tuitear con autoridad extrema. La Verdad ha ocupado el espacio del rigor, la veracidad, el interés público y el servicio a la comunidad epistémica. Este enfoque explica, quizás, que en las denominadas ciencias puras es habitual corregir, enmendar, eliminar o mejorar las teorías, mientras que en las ciencias sociales nos agarramos a nuestro presupuesto ontológico. Cambiar un postulado teórico es un reconocimiento de debilidad, algo imposible en la hoguera de las vanidades que es el periodismo, la academia, los think tanks y otros centros de pensamiento.

El populismo se alimenta de este exceso de autoestima que vivimos. Recientes estudios del Pew Research Center, en Estados Unidos, señalan que los problemas con la posverdad y la noticias falsas que circulan en redes sociales es un “problema de los otros”. Los encuestados indican que ellos son conscientes de la falsedad y no leen ni comparten en redes esos contenidos, si bien sus amigos y sus compañeros de trabajo sí pican en estos rumores y maledicencias. ¡Qué ingenuos! “Los otros” no ven la Verdad como “nosotros”.

Tal enfoque sobre nosotros mismos y el entorno ha permitido que triunfe la conexión emocional entre los representantes y los electores. Kahneman, Premio Nobel de Economía, explica que minusvaloramos las estadísticas y el análisis racional cuando tenemos claro qué queremos pensar, decidir o votar. Denomina este fenómeno “la primacía de las conclusiones” que opera nuestro cerebro para reducir las disonancias y acomodarse. Si sé dónde quiero llegar, acorto el razonamiento y huyo de la complejidad. Pensar con el ánimo de transformar, ampliar o reconsiderar nuestros fundamentos es una actividad cansada, que requiere una actitud vigilante. No todo el mundo está interesado.

La conexión emocional simplifica el proceso político. Primero identificamos quiénes nos gustan y luego adoptamos su punto de vista. El método, sean los programas electorales o los mecanismos racionales de toma de decisiones, no son relevantes. Mediante la emoción, podemos apelar a los lemas abstractos: “hagamos América grande de nuevo”, “la casta y la gente”, “patriotismo económico”, “queremos recuperar nuestro país” y otra serie de lugares comunes. Del mismo modo, el hiperliderazgo emocional es la esencia de los dirigentes y aspirantes que –sin el apoyo del partido- invocan a los dioses de la emoción. Nosotros, “los militantes”, “los blue-collars” o “los franceses auténticos” gobernaremos el mundo.

En tales circunstancias, pensar por uno mismo se ha convertido en una actividad sospechosa. Escribir y decir en voz alta que uno está dispuesto a dudar es un acto de valentía. La honestidad, la integridad y la coherencia en el discurso son ya raridades, como apunta el diccionario ideológico de Julio Casares. Ahora entiendo lo de inteligencia artificial.

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