El juego de discutir

De un tiempo a esta parte me estoy dando cuenta de que me encanta discutir, y si puede ser en ocasiones incómodas, incluso en momentos de esos que llamamos embarazosos, mejor. Ya sea defendiendo posturas que ni al Jack Torrance de Kubrick se le pasarían por la mente, ya sea alegando estupideces con poco o ningún sentido.

Discutir está minusvalorado en las reuniones de amigos, en los almuerzos con antiguos compañeros de la facultad, durante las cenas con tu pareja, en la oficina a la hora del break mientras derramas por el gaznate un café hirviendo. Las situaciones de la vida cotidiana se han elevado (o más bien depreciado) al plano de lo estrictamente hedonista, placentero, confortable, ameno. Los sobresaltos solo aparecen en esas milésimas de segundo en las que el estallido chirriante de una copa caída rechina en tus oídos, o cuando el comensal de tu derecha estornuda tres veces seguidas y sin pestañear (tengo un amigo capaz). Todo por charlotear un rato y echar un par de carcajadas con la mandíbula desencajada.

Y es que parece que el único leitmotiv de todo aquello es el de aderezar el entorno para que la fotografía posterior refleje lo bien que nos sentimos y lo banales que somos. La reunión y la conversación pasan a un segundo plano. ¡Qué digo segundo! ¡Tercero o cuarto! El paradigma ha cambiado. Lo que antes era el motivo de reunión es ahora el pretexto para la imagen posterior.

El que escribe esta página tiene tan solo dos formas de soportar este tipo de tesituras: la primera es la mimetización con una risa entre dientes continua para no llamar la atención, y la que más me pone, discutir por lo que sea. Sacar a la palestra un tema, sea cual sea, pero lo suficientemente conocido por todos para en ese momento crear la controversia. Buscar la discusión donde quizá a simple vista sea imposible: infidelidad, reciclaje, prostitución…

Es como un juego. Para participar es fundamental que sepas que nadie en su sano juicio se posicionaría nunca a favor de la cuestión en concreto. Solo tú, que, aunque en realidad no pienses como expresas, eres capaz de defender con uñas y dientes esa postura.

La última vez que jugué fue hace unas semanas. Estábamos sentados alrededor de la mesa con el estómago lleno y tomando la copa de después. Hablábamos sobre la igualdad de género en el trabajo y vi clara la ocasión. Cuando empecé a argumentar mi postura contraria, el arqueamiento de cejas fue generalizado. Los de alrededor no podían creerse que estuviese vomitando tales sandeces. Las chicas se enrojecían. Incluso me llevé alguna patada de tarjeta roja directa por debajo de la mesa. Fue de lo más divertido. No obstante, hay que saber controlar la situación porque puedes provocar rechazo real en los demás.

Y que esa copa sea la última que te tomes.

La discusión es una herramienta muy útil para ponerte en el lugar de otros, conocer sus sensaciones y argumentos. Primordial para abrir tu mente a otros planteamientos que al principio pueden parecer rudos y primitivos, pero que en el fondo siempre tienen algún fundamento al que agarrarse. Una forma de enfrentarse a algunas verdades estúpidamente universalizadas y casi sacralizadas. Una herramienta también eficaz para tener una velada algo más entretenida.

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