El Gre

“Una noche tuve que dejar de poner cervezas. Quité la música y llamé a dos. Les dije que me recogieran todas las navajas y las metieran en dos bolsas, que hasta que no me las dieran no ponía un whisky más. Se quedaron callados y me preguntaron que si las pistolas también. Al rato me dio cada uno una bolsa con las cosas de los suyos, las guardé debajo de la barra, puse una canción de los Rolling y empecé a despachar otra vez”.

Es conductor, tiene el pelo largo y unos 20 años más que yo. Le digo que me suena su cara. Me mira por el retrovisor y me responde “No sé, ¿has estado en la cárcel?” Y se empieza a reír.

Se calma y me pregunta “Igual del Gre, ¿estuviste?”. Le digo que no, que no tengo ni idea de qué es eso y vuelve a reírse. “Ya, yo lo tenía todas las noches lleno pero ahora no estuvo nadie nunca en el Gre…”. Le pregunto qué es el Gre y me cuenta una historia de una noche en la que tuvo que recoger dos bolsas de navajas de sus clientes. Pienso si que alguna vez escribiera sobre ese bar, arrancaría con ella para llamar la atención desde el principio.

Por lo que pregunté después, el Gre fue un bar de la Macarena, parece que en la calle Torres. Abría todas las noches y era uno de esos lugares en los que siempre pasaba algo y que perfectamente podría aparecer en Canijo, el libro de Fernando Mansilla que hay que leer para entender la Sevilla subterránea. Al menos una de ellas.

Hago la prueba de preguntar hoy en Twitter por un sitio así y la gente lo conoce: “Gran antro”, “Sitio de la época de los guardapolvos negros y los pantalones por los tobillos”, “De salir de día” o un descriptivo “Buen sitio para vampiros”. Alguien me manda un enlace a una carta al director de El País en al sección de Andalucia, en 2003, se titula “Otra pelea en el bar Gre” y habla de lo mal que huele el aire acondicionado que sale.

Aunque conocí a su dueño, nunca estuve en el Gre, y sin embargo me lo imagino perfectamente a partir de los Gre que me tocaron. Yo salí en el Brujas, en el Cubanito cuando abría por las mañanas con licencia para dar desayunos, en el incombustible Berlín, en el Urbano y su hermano el Matahakas, en el Ítaca, en el Lisboa o el Decade, y de alguna manera son el mismo sitio que el Gre, solo que para los que llegamos después.

Ahora, que soy padre y menos nocturno, me sale pensar que ya no hay bares así, que la ciudad es más limpia, segura, previsible y con un mapping precioso en Navidad, pero al momento me convenzo de que no. Son las cinco de la tarde de un domingo y estoy seguro de que habrá muchos que no se habrán acostado todavía. Y me gusta que sea así.

En los Gres ocurren cosas, no sé si mejores o peores, pero ocurren. Y eso a mí me ha venido bien, sobre todo para saber que mi ciudad es profunda y con una forma distinta según desde qué altura, o agujero, la mires.

Para mí es precioso tener eso vivido. Cuando escucho a alguien de fuera decir que a los sevillanos nos gusta mucho el traje de chaqueta en Feria, o el antifaz de nazareno en Semana Santa, sé que, en parte, es porque nos ayudan a esconder cicatrices que nos hicimos en los Gres.

Y ese es nuestro secreto. Uno de ellos.

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