El espía que entrevistó a Queipo

Un joven con chaqueta y pantalón oscuro sale a toda prisa del cuartel de la Gavidia. Él es Arthur Koestler, un periodista húngaro que acaba de entrevistar al general Queipo de Llano nada más acabar su arenga radiofónica el 26 de agosto de 1936. Hasta aquí ha llegado como corresponsal del periódico británico News Chronicle, con un salvoconducto en el bolsillo y una carta de recomendación firmada por Gil-Robles y un hermano de Franco, con los que ha vivido una noche de desparrame en el casino de Estoril. Pronto se sabrá la verdad: él es, en realidad, un espía comunista que aspira a reunir pruebas del apoyo italiano y alemán al golpe militar en España.

Koestler aún lo ignora, pero salvará la vida por poco. Porque todo salta por los aires al día siguiente en el bar del hotel Cristina, mientras él apura una copa de manzanilla. Allí es reconocido por Fredrik Strindberg, hijo del dramaturgo August Strindberg y antiguo compañero en la agencia de noticias Ullstein, quien anda en compañía de tres oficiales con el uniforme de las fuerzas áreas españolas pero que dialogan fluidamente en alemán. Denunciado ante el jefe de prensa de los sublevados, Luis Bolín, éste jura matarlo “como a un perro”. Una hora después, emite una orden de arresto, pero ya es tarde: tras recoger sus pertenencias en el hotel Madrid, huye en taxi a Gibraltar.

El resultado de aquella aventura está en las páginas del News Chronicle. Así, el 1 de septiembre publica en portada su charla con Queipo. El siniestro general recrea, “en un torrente ininterrumpido”, los métodos de exterminio contra los republicanos: mujeres embarazadas reventadas, recién nacidos destrozados, dos niñas de ocho años atadas a las rodillas de su padre, violadas y, luego, los tres rociados de gasolina e incendiados… También en sucesivos reportajes, el periodista documenta por primera vez la participación alemana en la contienda española y reitera las atrocidades del bando franquista. A su juicio, la Santa Cruzada es, básicamente, una campaña de terror.

Bien podría ser ésta la única aparición de Arthur Koestler (Budapest, 1905-Londres, 1983) y su vida tendría interés, pero todavía le tocaría atravesar otros muchos paisajes de curvas peligrosas. Empotrado en una familia judía adinerada, vive de niño la caída del imperio austrohúngaro y, casi al final de sus días, prueba el LSD en la América chillona de los setenta. Entre uno y otro hecho, trabaja en kibutz, malvive vendiendo limonada en un bazar de Palestina, da con sus huesos en un campo de refugiados durante la Segunda Guerra Mundial y, en una fiesta en París en 1949, le estrella un vaso en la cabeza a Sartre y le deja un ojo morado a Camus. Vive un apasionado romance con Simone de Beauvoir.

A él le da tiempo, incluso, a convertirse en un periodista de éxito, gracias en buena parte a una entrevista robada a Albert Einstein, al que convence de que la charla telefónica es estrictamente personal cuando un estenógrafo lo registra todo al otro lado de la línea. Es en los primeros años treinta cuando se afilia al Partido Comunista, una trinchera a la que llega para combatir el avance de Hitler. Trata de alcanzar el Polo Norte a bordo de un dirigible y recorre en un tren con las ventanas cegadas la Unión Soviética, donde pasa por alto la terrible hambruna de Ucrania (millones de campesinos muertos) y denuncia a su amante, la bella Nadezhda, en un ataque de paranoia.

Tiene su biografía una cierta predilección por estar presente en los grandes derrumbes, como en la caída de París en 1940. Aquel mismo año, en la marea humana de los desesperados que buscan un barco en el puerto de Marsella, se encuentra a Walter Benjamin, quien comparte con él algunas de las pastillas que tenía preparadas para suicidarse si lo atrapan. A él, sin embargo, no le hacen efecto. Antes se había alistado en la Legión Extranjera como vía para intentar llegar a Gran Bretaña. Allí trabajaría, años después, como guionista para el gobierno de Churchill. Un oficial británico lo describe en un informe como “un tercio genio, un tercio canalla y un tercio lunático”.

Hastiado del totalitarismo, escribe la novela El cero y el infinito que, ambientada en las purgas estalinistas de los años treinta, se convierte en un éxito de ventas en los años de la Guerra Fría. Por esta misma ruta, en 1950, ofrece un discurso anticomunista en Berlín bajo el amparo del Congreso para la Libertad Cultural, organización financiada por la CIA. En los sesenta le da por investigar los fenómenos paranormales, la levitación, la telepatía, la percepción extrasensorial. En sus últimos años, es un activista contra la pena de muerte y el maltrato animal y defiende la eutanasia. Llega a  patrocinar un libro que enumera fórmulas para quitarse voluntariamente la vida.

“Hay hombres y mujeres que, además de tener dones especiales, parecen encarnar los tiempos en que viven. De alguna manera, sus biografías toman o hacen más visible para el resto de nosotros la forma y el significado de la época. Incluso si Arthur Koestler no hubiera sido un importante escritor y publicista, los futuros historiadores se sentirían fascinados por su carrera. Se implica con una extraña y asombrosa precisión en las esperanzas y en las pesadillas, en los lugares y los sucesos que han dado al siglo XX su sabor”, dijo de él el pensador George Steiner. Casi toda la centuria está, en fin, garabateada en su vida. Y de qué manera.

Porque, al poco de abandonar Sevilla al galope, lo vemos de nuevo en Madrid al servicio de la República. Recorre la ciudad bullanguera y sanguinaria en un automóvil enorme, conducido por un chófer con uniforme y gorra de plato, un Isotta Fraschini que había pertenecido a Lerroux. Cuando el gobierno huye a Valencia el 6 de noviembre porque la caída de Madrid parece inevitable, él se une a la comitiva. Pero, inesperadamente, la capital se salva de las garras de Franco. “Aunque fuera por inflarse a copas en el hotel Florida, Hemingway, Malraux y Regler quedarían convertidos en héroes, mientras que él, en su ataque de pánico, se había perdido la acción”, relata Jorge Freire en el libro Arthur Koestler. Nuestro hombre en España.

Después de esta peripecia, Koestler aparece en enero de 1937 en Málaga, donde es testigo de la rendición de la ciudad y de la terrible represión en la Desbandá, el bombardeo de miles de civiles que huían por la carretera de Almería. Pero allí es detenido por Luis Bolín, el mismo que dio la orden de apresarlo en Sevilla. Así lo relata éste en Los años vitales: “Le di el alto. Cuando se volvió hacia mí reconocí a Arthur Koestler (…). De los dos, el más sorprendido puede que fuese yo, el más asustado él, y no sin razón, porque le estaba apuntando con una pistola del nueve largo”. Trasladado a Sevilla, pasa noventa y cuatro días en una celda de los condenados a muerte en la cárcel de Ranilla, oyendo cada noche las ráfagas de los fusilamientos.

Cuentan que allí, a la espera de ser ejecutado, vive una experiencia mística que lo atraviesa, trastocándolo de raíz. Cuando ya le es indiferente perder o no la vida, entra en un intercambio de prisioneros gracias a la mediación del Foreign Office y las gestiones de su segunda esposa, Dorothee Ascher, de quien, por cierto, se separaría poco después. De este modo, Koestler es canjeado por la mujer del aviador del ejército sublevado Carlos Haya, Josefina Gálvez. Es el propio laureado militar franquista quien lo traslada en avión hasta La Línea, a pocos pasos de Gibraltar. Desde allí enviaría dos telegramas: uno, a sus padres, y el otro, a la sede del Partido Comunista en París.

Definitivamente, la noria vital de Arthur Koestler se detiene en marzo de 1983. Él decide quitarse la vida en su domicilio londinense de Montpelier Square antes de que el Parkinson y la leucemia se la hagan invivible. Lo encontraron en el salón de su casa, sentado en un sillón y con una copa en la mano. Su tercera esposa, Cynthia Jefferies, que era más de veinte años más joven y tenía una salud perfecta, eligió suicidarse junto a él. Aquel día ambos tomaron excesivas dosis de barbitúricos. Las crónicas fijan el detalle de que murió con los zapatos puestos. Eligió este verso de Dylan Thomas para encabezar el tercer y último tomo de su biografía: “¡Qué hermoso es el fuego que se levanta al quemar uno las propias naves!”.

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