El cosmos

Todo va demasiado deprisa. La lista de cosas por hacer es más amplia que la lista de las cosas hechas. Siempre. A veces nos da por enumerar en un papel los hobbies que dejamos aparcados, arrastrando también todos nuestros arrepentimientos, como si el presente nos permitiera algún paso atrás. Ahí está el dinero que invertimos en el curso que nunca llegamos a terminar. La cámara de fotos abandonada desde los veinte por entregarnos a los filtros del teléfono inteligente. ¿Quién no te dice a ti que hubieras tenido una brillante trayectoria como fotógrafa? Pienso a veces. Están, también, los mapas a los que miramos de reojo, mientras esperamos atravesar alguna de sus fronteras. O a conquistarlas todas. A ratos también creo que huir es el mejor atajo. Y que aún no soy lo que terminaré siendo.

Me he dado cuenta de la velocidad del tiempo en las últimas semanas, tras comprobar que mis sobrinos ya tienen pensados sus regalos para el próximo 6 de enero. Y me he puesto en alerta. Como recapitulando, recordando que Esperanza Gracia nos prometió a los Géminis un año fascinante, aprovechando que Saturno abandonaría nuestra casa. Íbamos a ser los reyes del cosmos, que yo casi lo interpreté como “ser la reina del mambo”. Inolvidable aquella tarde del 31 de diciembre viendo Telecinco mientras escribía a “mis queridísimos” Géminis lo bien que nos iba a ir en este año.

Es cierto que han mejorado algunas cosas pero lo esencial ahí sigue. Sigo sin saber muy bien qué es el cosmos. Y me encantaría poder identificarlo, por si me lo encuentro. Algún amigo pensaría lo contrario, pero no me ha llovido demasiado. Bueno, sí. He travesado alguna que otra tormenta, pero me gustó el a contracorriente, y continúo negándome a pasar de estación. También necesito que me digan, cada cierto tiempo, que no me voy a morir todavía. ¿Miedo? Mucho y muchos, que casi se han instalado en mi universo de Júpiteres y Plutones, orbitando en mis contradicciones y ocupando un hueco hasta parecer que viven en casa.

Miedo a los silencios. A las luces que no encienden. A los días sin porqués. Miedo a los quirófanos y a los otoños cada vez más estivales. A tenerlo todo respondido. A las preguntas que no vamos a responder. A las que me harán cuando ya no esté. Ésas también. Miedo a los paréntesis y a los puntos y finales. A la ortografía y a los adverbios. A tener que adjetivarte. Miedo a sólo y a solo. A las extravagancias de la RAE. Miedo a los que callan. Y a los que no dejan hablar. Miedo a las banderas y a las patrias de mentira. A los discípulos de verdades absolutas. Miedo a los que pintan miradas con un único pincel. A ellos, más rímel, a ser posible waterproof. Miedo a tener que ser siempre de un lado o del otro. Azules, rojos o amarillos. ¿Verdes? A la imposibilidad de acurrucarse en una escala de grises. Miedo a los impostores con corbata. Y a los impostores en vaqueros. Sin más. A los del “no estáis solos”. Miedo a los cobardes, porque van ganando. A los del A por ellos, oé”. Miedo a ti, a mí. Y a nosotros.

Están también los miedos bonitos. Los siete meses de Berta, sonriendo. Y protestando, apuntando maneras de guapísima. Un tren llegando cuando estabas convencida de que nunca lo cogerías. El amor en la mesa de al lado del restaurante cuando pensaste que todas las oportunidades se habían esfumado. El desamor del postre, con su puntito ácido. El guiño de ojos en el ascensor, mientras el resto no da los buenos días. El miedo a acabar en los condicionales, escondidos entre los “Y si” y los “Y si no”. Un mano a mano entre vivir la vida a sorbitos o a tragos largos. Eso sí que debe de ser cósmico. Miedo, sobre todo, a que la vida me lleve por delante sin yo llevármela antes conmigo.

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>