El árbol de la música

La danza, el cine o la música independiente son los territorios que ha explorado el compositor sevillano Miguel Marín. De talento reconocido en todo el mundo, será difícilmente reconocido (ni reconocible) por las calles de la ciudad en la que vive. No le veremos haciéndose selfies con fans que le aborden por la calle Sierpes, aunque sus composiciones hayan puesto banda sonora a piezas de danza y a producciones audiovisuales en todo el planeta.

Hay ocasiones, tan escasas como recomendables, en las que la música tiene la capacidad de construir atmósferas tan densas que no dejan escapar ni uno solo de los pensamientos de quienes la escuchan. A cada intento de huida, una nota (o incluso un silencio a contratiempo) bloquea la salida de la imaginación, para que se quede encerrada entre las melodías y los ritmos. Se llama música. O mejor, Música, con mayúsculas, en la medida en la que tiene detrás un conocimiento, una honestidad y un trabajo que la elevan a esa condición de nombre propio.

La Música de Miguel Marín, tres emes mayúsculas en el mismo sujeto, es así: atrapa, concentra a la mente en una única actividad, que es la de escucharla si se dedica a ello todo el flujo mental. Porque no siempre es eso lo que pretende el compositor. Hay muchas músicas en las composiciones de Marín.

El salto definitivo de la carrera de Marín llegó con su pertenencia a la banda de ambient pop británica Piano Magic, durante su estancia en el Reino Unido. Con esta formación icónica del indie llegó a grabar tres discos, así como la banda sonora de la película de Bigas Luna Son de mar. 

Constructor de paisajes

La capacidad de construcción de atmósferas musicales sonoras, como si se tratara del arquitecto que dibuja las líneas que después levanta y materializa con las percusiones y bases electrónicas, es el perfil más reconocible del artista andaluz. Y también su voz, personal y que siempre lleva en la primera escucha a pensar que no es, realmente, la primera. La causa de esa confusión mental es el parecido del timbre y el tono con el de David Bowie, una circunstancia que divierte al compositor, en la medida en la que la anécdota se reproduce con frecuencia.

La aventura de Marín en la cuna del pop llegó hasta 2015, cuando Piano Magic estaba viviendo los estertores del éxito de la formación, y decidió regresar a su tierra natal para dedicarse a otros proyectos, como la formación de la banda Montgomery con la que publicó el disco It’s happening. En el tema que abre el trabajo, You know that kind of girl, la personalidad vocal de Marín (y por cierto, el sorprendente parecido con Bowie antes referido) se ponen de manifiesto. El álbum, con continuas referencias femeninas y con la presencia de dos mujeres en las filas de la banda, cuenta con “influencias provenientes de la electrónica más experimental y de baile, el pop-rock o la música negra orleanniana”, según la propia definición de sus integrantes.

Son las fuentes de las que bebe Miguel Marín, que ha alcanzado la madurez profesional (hace mucho que alcanzó la artística) como para decidir los proyectos en los que quiere trabajar.

Con su místico alias en la guerra de la música, que no es otro que el de Árbol, persigue proyectos que integren performance con piezas de danza para ponerles el contexto sonoro, y también busca escenarios, el contacto con el público. El olor de la sangre, diría Springsteen. Y experimentación, como las piezas en las que ha incorporado ritmos y sonidos producidos por objetos domésticos convertidos en instrumentos de urgencia creativa.

Melodías de oriente

Marín es un músico de espacios. De crear espacios con su música, pero también de acompañarlos, de redefinirlos con la incorporación de sus composiciones, como hizo con el Pabellón de España en la Expo de Shangái, en 2010. Fue el sevillano el encargado de crear la ambientación sonora de un proyecto en el que también participaba Bigas Luna como conceptualizador de uno de los espacios del simbólico edificio.

Asia se ha empeñado en forjar vínculos con el músico sevillano a lo largo de su trayectoria. Poco menos que una casualidad fue lo que le hizo empezar a trabajar con compañías de danza de la India, que constantemente le requieren para viajar por los cinco continentes. Y esos viajes, esos trabajos, han influido también en las creaciones de Marín, que dice de sí mismo que es un músico español que no suena a España, porque suena a muchos lugares diferentes del planeta. Esas referencias están en los trabajos de Árbol para piezas de danza contemporánea pero también, por ejemplo, para las ambientaciones de creaciones audiovisuales comerciales de marcas de moda o perfumería, para las que también ha trabajado.

No en vano, la creatividad de Miguel Marín guarda similitud con el arte de vender: identificar una necesidad o crearla, y luego atenderla, llenarla, en este caso con música. Y la forma en la que está más presente es en los montajes de danza contemporánea en los que trabaja de la mano de distintas compañías nacionales e internacionales. Llenando espacios de emociones complementarias. Bloqueando cada lugar por el que la mente trata de evadirse con un arreglo, con una nota que dibuja fronteras en el ambiente. (Ocurre en ocasiones, que la música tiene la capacidad de construir atmósferas tan densas que no dejan escapar ni uno solo de los pensamientos de quienes la escuchan).

Óscar Gómez
Óscar Gómez

Periodista y socio fundador de Qwerty Radio.

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