El Aleph franquiciado

La fachada es el espejo del alma… de las ciudades. Algunas no aceptan el paso de las décadas, se empeñan en abandonarse en las manos del doctor consumismo que les suministra el bótox de las franquicias y las multinacionales hasta hacerlas irreconocibles. Esta alopecia urbana, que intentan tapar groseramente con un bisoñé ajeno, deja esparcidos algunos maravillosos cabellos, canas diseminadas en las que nadie repara. Y precisamente ese es su triunfo: la victoria de lo desapercibido. Sobreviven sin llamar la atención, invisibles a pesar de su rotunda, auténtica y cruel belleza. Son cápsulas de hermosura decadente, cuyos escaparates y fachadas franquean el paso al reino de la unicidad, escotillas que permiten al submarino de la diferencia escapar de la vulgaridad y la uniformidad. Siguen siendo actuales porque son en vez de estar. Como una buena película o una novela genial, tienen la capacidad de generar mundos en ellos mismos, crean una realidad autárquica pero conectada con el ujo ancestral de la ciudad. Estas fachadas olvidadas son también una franquicia, las sucursales del Aleph.

Fotografías: Antonio Bellido

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