Educar para el mundo que viene

La revolución tecnológica y su impacto en los sistemas productivos hacen necesario repensar completamente la educación. Pero, ¿cómo podemos adaptar los modos y los procesos de aprendizaje a un mundo en constante cambio? Se trata de uno de los mayores desafíos de las sociedades para el siglo XXI, en una carrera de fondo por no perder el tren del progreso. Un breve repaso a los pilares de la formación del futuro, que ya es presente. 

Saltos tecnológicos ha habido muchos a lo largo de la historia del ser humano, pero si hay un rasgo que caracteriza el que estamos viviendo en la actualidad es la velocidad, una velocidad de vértigo. Nunca antes las nuevas tecnologías se habían extendido tan rápidamente entre tanta gente, modificando desde los propios modelos económicos y de producción hasta la forma en la que nos relacionamos. La irrupción de las tecnologías de la información –con internet a la cabeza- y la explosión de las tecnologías móviles han transformado radicalmente nuestras vidas. Y eso no será nada, parece, en relación a lo que el desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial nos depara. Según un informe de McKinsey Global Institute, la transformación de la sociedad impulsada por la inteligencia artificial ocurrirá “10 veces más rápido y a 300 veces la escala, o con un impacto 3.000 veces mayor, que el que tuvo la revolución industrial”.

Numerosas voces han alertado ya sobre los efectos que dichos desarrollos pueden tener sobre el mundo del trabajo, en una época, además, donde el empleo se ha convertido en muchas sociedades en un bien escaso. De entre toda la marea de cifras, solo un ejemplo: según dos profesores de la Universidad de Oxford, un 47% de los puestos de trabajo en Estados Unidos estaría en riesgo en las próximas dos décadas por el aumento de la computerización, sobre todo en sectores como el transporte, la logística y los servicios administrativos. Los vehículos sin conductor, los drones que entregan paquetes o los call centers automatizados son un anticipo de lo que está por venir.

Por otra parte, la propia tecnología se ha convertido en una fuente inagotable de nuevas actividades y tipos de negocio. Algunas de las empresas más potentes del mundo en la actualidad, y que más han contribuido a transformar nuestra forma de vivir, de comprar, de compartir y de mostrarnos al exterior, no habían nacido hace 20 años: Google, Facebook, Amazon, Uber… Y se calcula que un 60% de los trabajos que tendrá la gente que hoy está en la universidad no existe todavía.

¿Cómo afrontar un desafío de tal calibre? Es obvio que la respuesta está en la educación, pero, al mismo tiempo, ¿cómo es posible educar cuando no conocemos para qué, cuando la materia avanza más deprisa que la capacidad de enseñarla?

Aprender a buscar soluciones, no información

La reciente publicación del último informe PISA –que mide y compara el nivel educativo por países en tres competencias básicas: comprensión lectora, matemáticas y ciencias- ha devuelto a primera línea el debate sobre la calidad de nuestro sistema. La posición de España ha mejorado relativamente, no tanto por méritos propios, sino porque ha disminuido la media general de la OCDE. Sí es cierto que algunas comunidades autónomas han mostrado cierto avance, pero también lo es que seguimos muy lejos del grupo de cabeza, en el que se encuentran países como Singapur y Finlandia.

En los últimos meses se ha reavivado la reclamación de un Pacto Nacional por la Educación, con una auténtica vocación de calidad y de permanencia. Teniendo en cuenta el contexto actual, dicho pacto debería considerar los que, para expertos de todo el mundo, son los aspectos claves de una educación para el futuro.

Para empezar, es evidente que la educación tendrá que enfocarse en adoptar la tecnología, aunque esta esté en constante cambio. Es, desde luego, todo un desafío para los sistemas educativos, tanto desde el punto de vista económico -la necesidad de dotarse de unos recursos que ahora no existen- como desde el propio punto de vista docente. Los profesores tendrán que ser los impulsores de dicha transformación.

Hay organizaciones como code.org que promueven ya la introducción de la programación en las escuelas, no solo porque saber programar será esencial para encontrar trabajo en el futuro, sino porque será la manera de seguir conectados al mundo. Y no es algo que pueda posponerse a la etapa universitaria o profesional: cuanto antes se comience a adiestrar la mente en esta disciplina, mejor. Como también es esencial el aprendizaje de idiomas, cuyas ventajas van mucho más allá de poder comunicarse o acceder a determinados conocimientos, pues implica otras maneras de estructurar el lenguaje y el pensamiento.

Otro de los grandes cambios que está sufriendo la educación es que comienza a concebirse no como una fuente de conocimientos, sino de capacidades y competencias. En tiempos de Google, donde internet ofrece las respuestas a cualquier pregunta, no tiene sentido la división en ciencias o letras. Tendremos que centrarnos en ser capaces de buscar soluciones a los cambiantes problemas que el futuro nos depare. Las aulas tendrán que proporcionar capacidad de adaptación, de trabajo en equipo, creatividad, inteligencia emocional; muchas de las ideas que se aglutinan en el concepto de moda: la resiliencia.

Y junto a ello, frente a la pereza provocada por la tecla fácil, será fundamental que el sistema educativo fomente la permanente curiosidad de los jóvenes. Esta de la permanencia será también una idea clave, porque para hacer frente al cambio constante, la formación no podrá estar limitada a una etapa de la vida, sino que será un proceso continuo. Y además de la curiosidad, la educación está fomentando cada vez más la iniciativa y la capacidad de emprendimiento. En unos sistemas productivos en los que el empleo es un bien cada vez más escaso, el que cada uno pueda tomar las riendas de su futuro laboral cobra un nuevo sentido. Diversos estudios predicen, por ejemplo, que para 2020 entre el 30% y el 40% de los trabajadores estadounidenses serán contratistas independientes.

En ese recorrido, la formación deberá alinearse con las necesidades del mercado laboral. En numerosos países una gran fuente de frustración para los jóvenes universitarios es que al terminar sus estudios no encuentran trabajo en sus respectivas disciplinas, mientras que las empresas se lamentan de no poder encontrar suficientes profesionales que cumplan los requisitos que necesitan. Es un fenómeno muy extendido en América Latina y África pero, como la crisis económica ha puesto de manifiesto, España, entre otros, también se ha visto afectada por esta tendencia. Un solo dato: se calcula que para 2020 la Unión Europea tendrá un déficit de 825.000 profesionales en el sector de las nuevas tecnologías.

Asimismo, en un entorno que se perfila cada vez más tecnificado, robotizado e, incluso, deshumanizado, la educación deberá inculcar y promover el pensamiento crítico, siempre dentro de unos parámetros éticos basados en un conjunto de valores.

Por último, pero no menos importante, es obvio que para poder alcanzar la excelencia educativa el primer eslabón son los propios maestros y profesores. Si no están capacitados para liderar la transformación del sistema, difícilmente podrá producirse la necesaria revolución en las aulas. Son ellos los primeros que deberán someterse –de hecho, ya lo están- a una formación permanente que les permita actualizarse y responder al cambio constante. Pero también deben recuperar el estatus y el papel que merecen en la sociedad. Una de las grandes enseñanzas del informe PISA es que los países que mejor desempeño muestran son aquellos que más invierten en sus docentes y en los que de mayor consideración gozan.

Como afirma el empresario, profesor y tecnólogo español Juan Martínez Barea en su libro El mundo que viene, “en este nuevo mundo, más que nunca antes en la historia de la humanidad, la educación y la capacidad de aprender será una de las verdaderas ventajas competitivas de los pueblos. Por ello, la calidad y eficacia de sus sistemas educativos marcará el futuro de los diferentes países del mundo”. Tal como han demostrado numerosos Estados asiáticos –China, Japón, Corea del Sur, Singapur- es posible alcanzar dicha ventaja competitiva con voluntad política y una visión a largo plazo.

Cristina Manzano
Cristina Manzano

Periodista y directora de Esglobal.

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