Eclipse

Cualquier creación es un amanecer. El orto inaugura esperanzas, reconstruye fes obligando a creer en lo improbable. Es la hora del café y de la autoestima, las dudas se volatilizan con el primer sol. La redondez del astro remite a una perfección ansiada, su reincidencia cada mañana da la razón a los tifosis del eterno retorno. Sólo hay algo capaz de cuestionar a esta circunferencia luminosa: otra circunferencia oscura. El círculo negro es amenaza, la nada capaz de engullir al todo iridiscente; ni la luz escapa de los agujeros negros. Dos circunferencias, una de luz, otra de tiniebla, luchan entre sí. En este eclipse se dilucida si aquello fue un auténtico amanecer para la ciudad o un agujero negro para las esperanzas del pueblo. En este combate esférico llevamos embarbascados un cuarto de siglo. Posiblemente no merezcamos los amaneceres porque no sabemos apreciarlos mientras discutimos. Y es que entre la luz y la sombra está el gris, y quizás nos ganemos a pulso seguir siendo grises.

Fotografía: Antonio Bellido

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