Difuntorios y otras extravagancias

Asoma en la herida de la niebla una Sevilla que ya no existe, la de los protocolos de noviembre, los pregones lúgubres y el dulzor antiguo de los huesos de santos. Sigamos el rastro del toque de ánimas, evitando el ruido de Halloween, esa fiesta prestada con caretas de carnaval y de terrores blandos que ni siquiera dan miedo.

Caminemos por las imprecisas cartografías de la muerte, aunque hay que tener cuidado porque estos mapas no se encuentran sólo en los cementerios. Muchas plazas de Sevilla deben de estar llenas de muertos. Por ejemplo, donde se encuentra ese velador alegre y castizo que sirve pavías y chatos de manzanilla. Hay que recordar que en la trasera de las iglesias y en los huertos conventuales era donde se enterraba a los difuntos antes de que llegaran los aires higienistas a la Sevilla del XIX y se creara el cementerio de San Fernando.

Paseemos por esta ciudad de los difuntos que tiene imprevistas estaciones y paradas. Toda Sevilla es una vanitas barroca que tiene epicentro en el Hospital de la Caridad. Podríamos comenzar contemplando los lienzos de las postrimerías de Valdés Leal con su fiereza de pudridero. Bajo la Caridad está la cripta terrible y el espectro de don Miguel Mañara que, según Manuel Chaves Rey, se topó con una danza de ánimas en el cementerio que había en la trasera de San Juan de la Palma. En la misma Caridad hay otra huella inquietante de la muerte, ya que sus salones se embaldosaron con lápidas que procedían del cementerio -ya extramuros- que precedió al de San Fernando, el que se encontraba en el Prado. Y no deberíamos olvidar el cuadro de Pedro Camprobín La muerte y el joven galán con la siniestra dama tapada a la que sólo se le ve un ojo, pero a la que se le adivina el esqueleto bajo el velo transparente. Hermosa e inquietante escena que ilustra toda una tradición literaria de damas-muerte, de doncellas que atraen a incautos hasta el fondo terrible de los panteones.

Sigamos paseando por esta Sevilla del más allá descubriendo dónde estaban los camposantos. Uno de ellos lo encontramos en la Plaza Chica de San Lorenzo –la actual de Hernán Cortés- y no muy lejos, en la plaza de Teresa Enríquez, estuvo el cementerio parroquial que acogió un jardincillo donde quizás crecieron los más hermosos lirios azules, los nutridos de difuntos. También hubo un curioso cementerio, el de los judíos, en la huerta de Espantaperros, frente a la Plaza de Curtidores, donde en el siglo XVI se descubrieron las tumbas con esqueletos ataviados con ricas ropas y libros que se llevó Arias Montano a su célebre biblioteca.

En estos días habría que repasar el libro Sevilla del buen recuerdo, de Rafael Laffón, con sus escalofríos de noche de ánimas. La de Laffón es una guía emocional de la ciudad desaparecida que sólo se guarda en los cajones de la memoria. Había entonces una luz amarilla y lúgubre, sonaban relojes desaparecidos, los espejos -que debían de ser como una luna de armario del XIX- se velaban en las esquinas y las casas se estremecían al refugio de los braseros alhucemados. Los difuntos de todas las épocas aparecían vestidos con trajes de tinieblas buscando el ajonjolí de los dedos de santo y el dulzor de los anisados con que se entraba en calor para evitar el frío del Día de Difuntos. Estornudaban por culpa de tanto polvo de huesos mientras escapaban por callejones de ánimas. “Medrosos cuentos, aires de escarchados filos, picardigüelas, sustos y castañas asadas”, escribía el poeta.

También podríamos recordar las curiosas invocaciones teosóficas del poeta brujo Fernando Villalón o asomarnos a las narraciones de Romero Murube describiendo al fantasma del Mediodía español que nada tiene que ver con los trasgos, las hadas y los fantasmas fríos y huidizos del Norte. Los aparecidos de Andalucía eran los mal-lázaros, un tipo de espectro que rondaba los campos solitarios y las últimas casas de los pueblos en los descuidos vesperales de las fiestas y las procesiones. Estos terribles mal-lázaros extraían la sangre a los niños con adminículos de latón.

Puede que en materia sobrenatural Sevilla sea como otra ciudad cualquiera. Tiene sus fantasmas de sedes oficiales, sus suicidas pesados, una curiosa fonoteca de vocecitas psicofónicas y un delicioso anecdotario digno de ciudad tenebrosa. Bajo el sol y la cal alegre se esconden dimensiones inquietantes. Bécquer rastreó en el otro lado narrando la leyenda de Maese Pérez el organista que todas las Nochebuenas vuelve a aparecerse en el convento de Santa Inés, haciendo competencia a la momia de doña María Coronel.

Por tener, Sevilla tiene hasta una insigne espiritista: Amalia Domingo Soler, directora del semanario La luz del Porvenir que formó parte de los importantes círculos espiritistas del siglo XIX. La fiebre de la teosofía impulsada por Madame Blavatsky tuvo en Sevilla muchos partidarios y aficionados que se citaban para beber agraz y anisados mientras invocaban a difuntos desconcertados y practicaban viajes magnéticos.

Qué pena que ahora en las escuelas los profesores celebren fiestas de Halloween en vez de representar escenas del Tenorio o de las leyendas de Bécquer. El carnaval ruidoso de estos días se puebla de monstruos de serie B que en nada recuerdan a nuestro viejo imaginario del romanticismo lúgubre. ¿Qué tendrá que ver esto con los fantasmas góticos paseando ruinas de nuestra gran literatura europea? ¿Y el españolísimo Tenorio de noches macabras? ¿Por qué razón extraña siempre triunfan las pamplinas?

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