Destrozos colaterales

Los veranos son para hacer destrozos. Elegir nuevos puertos. Tomarle el pulso al verbo apostar. Dejarse llevar por las mareas. Aguantar la respiración –ese último segundo-, volver a la superficie y abrir los ojos al otoño, el más perjudicado.

No estaban esos destrozos en las diferentes previsiones de mi horóscopo para este 2016, ni supe justificarlos en los cambios de estación a los que, a veces, culpamos de nuestro irascible humor.  También eran destrozos colaterales. Igual ahí estaba la clave.

Mi tía, que vive justo debajo del piso que ocupan mis padres, ha aprovechado los meses estivales para poner la casa patas arriba, tender las sábanas y las mantas que la abrigan en todos los noviembres. Pintar de blanco la fachada de su casa. Cambiar la instalación eléctrica, el suelo y hacer una despensa en la cocina. Nada de reformas. Para mí, destrozos.

Y todos asistimos involuntariamente al ruido ensordecedor que provoca un martillo eléctrico a las ocho de la mañana. A las ocho y a las tres de la tarde. Sin siesta, sí. Y le hemos ayudado a desalojar la casa, vaciar armarios, recuperar las cartas que enviaba durante su infancia, las postales que intercambiaba con sus amigas durante sus viajes. Hemos descubierto conversaciones secretas, anécdotas que jamás nos había contado, fotografías que nunca vimos y cuadros que ya no van con el decorado. También que la humedad provenía de una tubería rota desde hacía bastantes años. Debajo del suelo estaba el principal motivo de la obra.

Ilustración La Muy

Y en medio de todo este huracán, de todo este ponerse enfrente del pasado, yo me animé a ordenar la estantería de los libros, antes de que el mueble se viniera abajo. Y allí estaba Rayuela, de Cortázar, con el marcapáginas que compré en Ámsterdam, abriéndose por el capítulo siete. Tres electroencefalogramas escondidos entre las páginas de Los enamoramientos, de Javier Marías. Recordando aquellos meses de incertidumbre, miedos y taquicardias. Un libro sobre la Transición, con Felipe González en portada, muy lejos de los titulares protagonizados por su formación política en las últimas semanas. La foto de mis tres sobrinos cuando aún no habían aprendido a hablar. La caja en la que guardé las libras que me sobraron de mi primer viaje a Inglaterra. Todas las postales que los amigos más viajeros me mandaron durante sus escapadas a Nueva York, Londres y Milán. La dedicatoria del primer libro del mejor compañero de la Universidad: “Escribe y vive, y quédate cerca”. Un autógrafo de Miguel Poveda testigo de la vida de Juan Belmonte, contada por Chaves Nogales. Imprescindibles. Los dos. Modelos de mujer, regalo de un Sant Jordi en el que no estuve. Y me quedé sin rosa, claro. Malena es un nombre de tango y Las edades de Lulú firmadas por Almudena, la Grandes. La autora con la que me hice mayor. Tres fotos de la luna de miel de mis padres en el primer acto de La Casa de Bernarda Alba, y una frase subrayada: “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle”. Federico. El disco de Lágrimas Negras entre Bukowski y Vázquez Montalbán. La entrada de Coldplay en la página treinta y dos de Escapada, de Alice Munro. Volver, de Almodóvar y Una madre, de Alejandro Palomas, pidiendo un hueco entre los Cuentos Completos de Carmen Martín Gaite. El DVD del 2-6 del Madrid-Barça al lado de Su majestad el fútbol: “A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”. Siempre Eduardo Galeano.

El verano estaba para hacer destrozos. Remover el suelo. Desempolvar los libros y dejar que el otoño entrara para abrigarnos. Elegir un patio con jazmín o limonero. Decidir entre rosas o margaritas para el jarrón de la entrada. Esas tesituras en las que nos ponen los interioristas modernos. También para darnos cuenta de que no terminamos de encontrarnos hasta que no levantamos todas nuestras alfombras. Que las estanterías y los cajones son nuestros mejores espejos y que, a veces, descubrirnos es la única forma de no pasar frío.

Ni en primavera, ni en verano, ni en otoño, ni, mucho menos, en invierno.

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