El fin del toreo

Hay muchos motivos por los que uno puede estar contra las corridas de toros. Rafael Sánchez Ferlosio, por ejemplo, describe en El Abyecto cómo desarrolló su propia fobia: un aficionado había utilizado a su hijo como paquete para introducir en la plaza decenas de rollos de papel higiénico y esperaba ansioso a que fallara el siempre polémico Curro Romero y lanzarle la vil tirolina. Se imaginaba Ferlosio al aficionado dedicando todo su día a preparar tan pequeña delincuencia y le pareció insoportable y ruin. La fiesta, así, ya no merecería la pena.

Pero antes, el propio Ferlosio, nos había dejado algunas de las más lúcidas páginas sobre la fiesta. En Las semanas del jardín alcanza a definir algunas de las cualidades de la fiesta, del espectáculo, del torero y el toro, lejos de quienes insisten en describir la corrida de toros como rito antiguo. Ferlosio apunta su genealogía moderna, distinta sí, pero a la par que el circo, el teatro, el cine o las celebraciones deportivas. Las condiciones límite entre acontecimiento, exhibición, ficción y no ficción que caracterizan el juego de toros –y digamos que, también, al flamenco y a las fiestas de Semana Santa que le acompañan- lo muestra en una suerte de vanguardia, por más que hoy parezca retaguardia, de ese hacer performativo que, por ejemplo, buscan las artes visuales, poéticas y dramáticas de nuestro presente.

Atendamos un momento a la famosa serie de grabados La tauromaquia de Goya y a sus más polémicas lecturas. Es decir, si hay una intención de censura antitaurina o se trata de su encendido elogio y reivindicación. Es lógica esta diversidad de opiniones puesto que Goya dibuja a la sombra de los tratados reformistas de Moratín o Jovellanos y de las tauromaquias nuevas de Pepe-Hillo o Pedro Romero. Es el paso de los viejos ritos taurómacos al nuevo arte de los toros. Entonces, Goya, a la vez, censura la bestialidad de la vieja fiesta y saluda el arte nuevo. Y es curioso cómo ese descubrimiento formal va a contrapelo de la propia obra de Goya, antes luminosa y retórica; después crítica y terrorífica. Goya, es sabido, aprende entre las tintas de estos grabados la forma en que presentar la violencia de los hombres con los hombres; cómo se separa, en el absoluto de la mancha negra, la bestialidad y la belleza, la garganta abierta que todavía puede hablar y el grito de quién está siendo degollado. Sabe que retorica y terror no andan por separado, civilización y barbarie. Es esa línea fina de conocimiento la que liga La tauromaquia con Los desastres de la guerra, por ejemplo.

Así, el problema del discurso animalista, el que suelen esgrimir en el frente antitaurino, parte de una mala asimilación del evolucionismo genético de Peter Singer o Steven Pinker. El género humano, paradójicamente, aparece aquí como la culminación de la creación, sí, en plan bíblico, y decide dar a simios, mamíferos superiores, animales en general, criaturas del paraíso, esta misma categoría angélica. Hacer de los animales subalternos nuestros iguales, superhombres. El problema es que somos sólo animales y es por eso mismo que nos comemos a otros animales, no por nuestra supuesta superioridad, categoría siempre dudosa; es nuestra igualdad con estos, con ellos, lo que nos hace carnívoros. Como piensa Giorgio Agamben, no hay un estadio superior, nuestra animalidad y nuestra asunción del lenguaje están entrelazadas irremediablemente en un proceso biológico que alcanza a toda nuestra vida. Somos animales con una habilidad, una herramienta, la de hablar, que no nos categoriza en un aparte. Ni somos superiores ni tenemos la venia para dar esa condición a esos otros compañeros, los animales. Es importante hacerse cargo de esta condición animal nuestra, no siempre feliz ni paradisiaca. Es importante su buen uso, sin caer en absolutos ni fetichismos. En cierto sentido, la verdadera igualdad necesita que nos relacionemos con los animales como los seres de lenguaje que somos pero también como animales, mismamente. Gracias a eso, mediante la domesticación y la ganadería hemos creado nuevas familias de seres vivos, inventado una cultura con su trato, hemos aprendido –como dice Deleuze respecto de los perros- la identificación que puede haber entre naturaleza y civilización.

En Las tauromaquias europeas, un libro imprescindible, Frédéric Saumade describe las distintas culturas o tratos dados en fiestas a los toros. La tauromaquia vasco-castellana, la galaico-portuguesa, la catalana, la andaluza, en fin, las diversas formas de la fiesta. Describe también cómo se produce un cierto “imperialismo andaluz”, así lo llama, cuando se impone la muerte del toro como el centro del juego entre hombre y animal del que se da cuenta en la fiesta. La tauromaquia andaluza era la menos violenta, la que reducía al mínimo los juegos de castigo –embolaos, ensogaos, toros de fuego, corre-corres, suelta de perros, lanceados, asaetados, etc.- que caracterizan el resto de las tauromaquias pero exigía, eso sí, la muerte del animal, en una suerte de tú a tú entre el torero y el toro. Es importante entender todo ese proceso de civilización, la reducción al mínimo de la violencia en las distintas suertes y a la vez la muerte pública y adornada de retórica del toro, a la vista de todos, y no su sacrificio burocrático en el matadero, después de la diversión, después de la juerga.

Es especialmente importante la descripción de la historicidad de todo este proceso, es decir, la condición histórica y acorde a los tiempos de cada paso y evolución en la fiesta –no dejen de leer, en ese sentido, las dos narraciones bergaminianas de Manuel Arroyo en Pisando ceniza-. Esa condición histórica ha dado a la fiesta una evolución permanente, de suertes y estilos, de normas y reglas. Hasta nuestra guerra civil, como en tantas otras cosas, la fiesta siguió evolucionando. El nacional-catolicismo de la dictadura de Franco significó un freno cultural y una rigidez reglamentaria que, eso sí, permitió una gran variedad estilística. Poco antes, por ejemplo, en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, se imponen los petos al caballo del picador, precisamente por eso, por seguir reduciendo la violencia, verdadero fin del arte del toreo. Y, ¿por qué no atender a aquella propuesta de Curro Romero de dejar con vida al toro? No es que yo defienda esa propuesta, no, pero sí defiendo la naturalidad que tendría su proposición si la fiesta hubiese seguido, como todo arte, respondiendo a las exigencias de los distintos tiempos en que se desarrolla.

El problema de los toros es que siguen siendo anacrónicos en el sentido pobre de la palabra. Mientras el flamenco y la Semana Santa, más arriba aludidos, han sabido sumar esa cualidad moderna del anacronismo que, según Carl Einstein, es capaz de convocar dos tiempos a la vez, un inmediato presente y un pasado siempre mítico, los taurinos y los antitaurinos están instalados en la vulgaridad del término. Que Morante prologue El arte de Birlibirloque de José Bergamín –qué soñador don José, pensar que podría haber un toreo crítico, hasta un toreo dialéctico- es tan admirable como ridícula su apuesta de posar con bigotes dalinianos en una campaña de mal gusto posmoderno. Uno piensa que muchas veces, más que la cruel muerte del toro, es el mal gusto y la pobreza intelectual y vital de nuestros toreros, sus miserias de clase alta y sus modos de nuevos ricos, los que ponen en crisis a la fiesta.

Tampoco el frente antitaurino está a la altura. Es verdad que lo mejor de Manuel Vicent, el único momento en que el almíbar no empacha su prosa, está en su columna anual contra las fiestas de toros. Pero nos falta un Eugenio Noel, quien, en sus campañas antiflamencas (lo taurino y lo flamenco son, en origen, una misma cosa), atacaba los toros con una cantidad pareja de sabiduría y virulencia. Como decía Max Aub, Noel no encontró mejor manera de estar pegado a la fiesta de toros que la contra.

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