Estrambote

A veces, la anécdota, el gag o el pequeño chascarrillo toman formas alegóricas, ejemplifican sobre unas historias concretas, incluso sobre la gran Historia, así, con mayúsculas. El chiste tiene esa función demoledora, intenta, muchas veces, arrasar con pequeños giros y palabrejas la solemnidad de los grandes momentos, el peso aplastante de los sucesos públicos y las grandes ceremonias.

Recientemente me he visto envuelto en un episodio anecdótico, pienso que de este tipo. Por diversas razones he estado discutiendo con protocolo de la Casa Real, sí, la de los Reyes de España. Comisariaba una exposición -mejor “curaba”, siguiendo el modismo latinoamericano del término-, en el País Vasco y se les había ocurrido que sus Majestades acudiesen a la inauguración. Yo, como Comisario –en este caso, sí, “comisario” como en el dicho “comisario de policía”- tendría que enseñarles y explicarles la muestra el día de dicha inauguración. Yo no tenía ningún problema, en principio, para enseñarles la exposición a estas personas reales. Las averiguaciones críticas que sobre la idea del “tratado de paz” se extendían en la exposición eran muy convenientes para esta visita Real y, también, para las manifestaciones en contra subsiguientes: asociaciones republicanas de Donosti, independentistas y nacionalistas de convicciones firmes, viejos kale borrocas desentrenados. Afortunadamente hoy podemos quitarle dramatismo al tema y tan folklórica como la visita monárquica parecían las manifestaciones en contra, cosas del color local. borbones en pelotas - estrambote

Intentando ser coherente con este paisaje, propuse que en la visita me acompañara mi hija, menor de edad, lo que parece que a la postre era un dato significativo, y que, digámoslo así, ha pasado siempre sus cumpleaños al calor de la cabalgata de los Reyes Magos de Sevilla, cosas de la ilusión. Desde el primer momento a Protocolo de la Casa Real le pareció un asunto “estrambótico”, así lo calificaba. Y, en cierta medida lo era. El estrambote, los versos que rematan un poema, muchas veces satírico, suelen ser significativos en nuestra literatura, al menos desde Cervantes. En el flamenco, por ejemplo, muchas letras proceden de estos estrambotes, tan abundantes en romances y coplas castellanas desde donde se ha tomado el ejemplo. En este sentido, la palabra estrambótico, literalmente, alcanza una dimensión excéntrica, anacrónica, a veces, y ditirámbica. La propia Monarquía Española viviría en un continuo estrambote, según vemos en nuestro tiempo, cada día.

En la discusión que siguió, después de que se negara la posibilidad de rebajar protocolo e institucionalidad al acto con la presencia de una niña, se me hacían recomendaciones varias. Por ejemplo, se aducía que si yo fuera un republicano irredento lo entenderían, sí, pero que ir acompañado de mi hija parecía caprichoso e intempestivo. No consideraban que fuera una actitud “política” la mía, sino un delirio pasajero, un modismo provocativo o frívolo o banal. Es decir, si fuera un regicida convencido sí, se entendería mi pretendida ausencia en el acto protocolario –en fin, claro, cualquier regicida aprovecharía una ocasión así para llevar a cabo sus convicciones, pero vaya, ese es otro tema-. El asunto es que no se consideraba “política” la necesidad, mía, desde luego, de quitar al acto su carácter representativo, su ejemplaridad simbólica, tema, que, entre otros cosas era unos de los leitmotiv permanentes en la exposición 1516-2016 Tratados de Paz que tenía que enseñarse. Es decir, que consideraban política solo la militancia política antagonista o amiga, Republicanismo o Monarquía, pero no el intento de quitar representatividad, introducir la vida cotidiana, la alegría del común, la espontaneidad de las gentes en un acto protocolario, institucional, publicitario. Eso no lo consideran política sino estrambote, el añadido extravagante a un poema, lo estrambótico.

La Marianne, la figura de una mujer con gorro frigio que toma como símbolo la república francesa, debe su nombre a un escritor español, el jesuita Juan de Mariana, editor de las Etimologías de Isidoro de Sevilla, que había legitimado el tiranicidio con sus escritos. Otro estrambote.

Captura de pantalla 2016-07-26 a las 23.46.10Silverio Lanza, en su libro El año triste, dedica un cuento al día de los Reyes Magos. Un joven recuerda, mientras apunta apostado con un fusil al Rey de España, que de niño escribió para el colegio su redacción, una carta a los Magos de Oriente, en un pasquín olvidado que había en su casa, pasquín en cuyo reverso figuraban impresas las consignas anarquistas de su padre, quién, denunciado por el maestro de su escuela, acabó sus días preso. Aquel joven iba a apretar el gatillo por aquella disrupción, entre mitológica y casual, entre el estrambote de la monarquía y lo estrambótico de una misiva petitoria a los Reyes Magos realizada en papel inconveniente.

Por eso considero tan importante mantener la sospecha de que Gustavo Adolfo Bécquer figure entre los integrantes de SEM o SEMEN, la firma de la deliciosa serie satírica Los Borbones en pelota. Se aducen en su contra razones de todo tipo. Siendo una serie de dibujos y poemas realizada desde el secretismo y el anonimato es lógico que no se encuentren datos concluyentes de la participación de nadie. Los expertos, sin embargo, vinculan a este seudónimo a unos y a otros, escritores y pintores menores, siempre menos comprometidos con la historia que el nombre de Bécquer, pero los vinculan por las mismas razones, datos y argumentos con las que eximen al poeta sevillano. Se aduce también que Bécquer simpatizaba con el partido conservador y no parece que las caricaturas de la reina Isabel II vinieran de otra parte que desde filas conservadoras a las que el tratamiento pornográfico dado era muy próximo, como muestra tanta literatura carlista y ultramontana sobre el tema. Hay mucha sabiduría en estos dibujos, incluso mucha poesía, como para que no fuera posible la participación genial de alguien como Bécquer. Eso, por ejemplo, podría mostrar su excepcionalidad, pues los trabajos que conocemos de lo otros posibles autores, en dibujo o en verso, no están a la altura de la serie borbónica, de su magnífico esperpento. Sus cuentos de terror, su afición por las leyendas orientales y el exotismo, su populismo –recordemos las palabras que brinda a su amigo Augusto Ferrán, el poeta de La soledad o La pereza– son, a menudo, excluidas de la sensibilidad blanda, tardorromántica y alicatada con que se quiere presentar siempre a nuestro primer poeta moderno. Se le quiere dar la ínfula clasicista de sus actuales seguidores, tan relamidos y burgueses ellos, eso sí, y limpiar al poeta de cualquier estrambote.

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