El descanso de Jeanne y Modi

Amedeo lleva más de una semana sin dar muestras de vida ni salir de su casa. Un vecino, alarmado por su desaparición, entra en el estudio del artista. Éste está acostado, moribundo. Sólo le acompaña su amante, embarazada de ocho meses. Durante una semana de agonía no han acudido buscando ayuda, como si el resto del mundo fuera ajeno a ellos. Viven en un estado de completa miseria.  Modi será internado a las pocas horas. Días más tarde, el pintor fallece en el Hospital de la Caridad de París. Ha muerto Amedeo, pero ha nacido el mito Modigliani.

“El futuro del arte está en el rostro de una mujer”

Una sola frase para resumir una vida. El arte y las mujeres. Eso fue Modigliani. Brutal e intenso. En todo. En su creación y en su vida. Y sobre todo, en sus relaciones con las mujeres. Amedeo Modigliani (Livorno, 1884) apenas medía 1,65; pero era bello, con ese magnetismo que provocan los seres excesivos. Pese a vivir casi toda su vida en la pobreza, cuentan que gustaba de vestir con un traje terciopelo color ocre, camisa a juego amarilla y bufanda roja. Pablo Picasso dijo de él que era la persona que mejor vestía en París. Fue muy pobre, aunque provenía de una familia culta y lucía una educación exquisita.

Modigliani supo desde niño lo que era sentirse querido por las mujeres. Su madre, amante del arte y librepensadora, le adoraba y probablemente fue la persona que forjó en él ese carácter irreverente e inconformista. A su vez, su tía le inculcó su conciencia judía, haciéndole ver sus raíces semitas y mostrándole los principales rasgos de su ancestral herencia, infundiéndole el interés por conocer otras culturas. Su amor a las mujeres, siempre correspondido, nunca le abandonó. Amaba a las mujeres como género, como conjunto; dicen que trataba con el mismo respeto (o falta de él) a sus amigas prostitutas de Montmartre que a las féminas burguesas a las que intentaba, con nulo éxito, vender sus creaciones. Las deseaba de un modo natural, sin aditivos, de una manera sexual. Pero también intelectualmente, con ensoñaciones artísticas. Las seducía, las pintaba, vivía para ellas. Y sus modelos, como no podía ser de otra manera, eran invariablemente sus amantes, ya fueran artistas, dependientas o estudiantes de bellas artes. Su mundo era fundamentalmente femenino. Sus mejores cuadros fueron los desnudos, con unos trazos pictóricos que desvelan su afán de descubrir el alma de las mujeres.

“Pintar a una mujer es poseer su alma”

Y Modigliani poseyó a muchas. Amó a pintoras y poetisas, a judías burguesas y a actrices de color. Las hubo casadas, estudiantes menores de edad, francesas, italianas, y árabes. Fue acusado de maltrato, tanto intelectual como físico, y a todas ellas las marcó de una manera indeleble de por vida. Diego Rivera comentó que cuando murió Modigliani, dejó más de diez viudas en París. Cuando Modigliani tenía 21 años pintó a Eleonora Duse, la amante del escritor Gabriele D’Annunzio, una de las musas del París más artístico. Cuatro años después, sedujo a la mejor poetisa rusa de todo el siglo XX, Anna Ajmátova, a quien conoció en París cuando ella estaba de luna de miel con su marido, el poeta Nicolai Gumilev. Modi tenía 26 años; ella, 21 (“Modi no se parecía, en absoluto, a nadie en este mundo. Su voz se ha quedado, de alguna manera, grabada en mi memoria para siempre”). Con la escritora sudafricana Beatrice Hastings convivió dos años. “Era un cerdo y una perla, hachís y brandy, ferocidad y glotonería”, así lo recordaría Beatrice. Aunque lo que no gustaba comentar es que fue ella quien inició al artista en el consumo de drogas. Pobre y abandonada, Beatrice Hastings se suicidaría años más tarde. Pero también tuvo su cara oscura, como pudo constatar la canadiense Simone Thiroux, a la que tras una noche de excesos y drogas el artista endemoniado la rajó el rostro con un cristal. Estaba embarazada y Modigliani la acusó de dormir con otros, rechazó su paternidad y la puso en la calle. Pese a eso, Simone siempre quiso regresar al lado del pintor. “No puedo estar sin ti, necesito que no me odies. Un poco de cariño me haría mucho bien”. Modigliani nunca escuchó sus lamentos. Un año más tarde de la muerte de Modi, Simone Thiroux moriría de pena y tuberculosis con poco más de 20 años. Hubo muchas más mujeres en la vida del pintor: Nina Hamnet, Lunia Czechowska, María Vassilieff… Pero esas conquistas sólo serían el preludio de su gran obra, de su verdadero amor.

En esos años París era un hervidero de arte y de vida. Era el centro del mundo y la referencia artística. Cientos de jóvenes artistas soñaban con emular a Cézanne o a Picasso. Entre esos pintores en ciernes, estaba André Hébuterne, hermano mayor de Jeanne, una joven con ciertas inquietudes artísticas, que accede a la Académie Colarossi con el propósito de iniciar una carrera artística. Perteneciente a una familia burguesa, ésta le permitió tal entretenimiento sin mayores reparos, mandándole una más que digna asignación mensual.

 

“Una joven tenaz, con personalidad y sustancia. Su alma era hermosa. Era guapa a su manera delicada, en modo alguno tímida, pero sí algo secreta, orgullosa, recta. Era buena, etérea, delicada, pero no enfermiza.” Así la describió el pintor ruso León Indenbaum. Fue ella el que eligió al artista, pese a la fama que ya acompañaba al italiano, al que conoció en 1917. Se embrujaron mutuamente empezando a cimentar una relación enfermiza. A partir de ese día, la vida de ambos se entrelazaría hasta la muerte de Modi. Pese a la férrea oposición de la familia de ella, se fueron a vivir juntos a un pequeño estudio. En ese momento Amadeo empezó a tener terror a la muerte, a perder lo que había logrado tener y, sobre todo, a perder lo que no habría tenido, el reconocimiento del público. Modigliani se sentía morir, y estaba dedicando todos sus esfuerzos a dar a conocer su obra. Curiosamente hay más de dos docenas de cuadros pintados por Modigliani donde la protagonista es Jeanne Hébuterne, pero en contra de su estilo habitual, en ninguno de ellos se muestra desnuda. Jeanne era su coto privado y se negaba a mostrarla. Con la ayuda de Jeanne surge el mejor Modigliani artista. Sin detenerse en sus adicciones pinta todo el tiempo, es capaz de terminar un cuadro en dos horas. Modigliani vive en un torbellino y Jeanne es arrastrada junto con él. Ella lo sigue de forma incondicional. Por fin Modi consigue exponer pero la policía clausuró la muestra por ultraje a las buenas costumbres. Ahí empezó a morir Modigliani.

Al poco tiempo Jeanne se queda embarazada. Cuando la familia de la chica y su fiel agente y amigo Zboroswski saben de la noticia, les convencen para abandonar París, debido a la posibilidad de una invasión por parte de las tropas alemanas y, fundamentalmente, para tratar de rescatar al artista de su propia vida de Montparnasse, llevando a la pareja a la más tranquila Niza. Allí Jeanne traerá al mundo una niña, que fue entregada al nacer a una institución, para asegurarle unos cuidados que sus padres no podían darle, pero nunca llegó a ser dada en adopción. Amedeo no aguantó por mucho tiempo aquella calma. Volvió a París, dejando a su amante en la Costa Azul con la promesa de volver a buscarla para desposarse con ella cuando solucionase unos pequeños problemas burocráticos de papeles. La salud de Modigliani se deterioraba cada vez más, y a finales de 1919 los ataques de tos, que terminaban en hemorragias, indicaban que padecía una grave tuberculosis. Jeanne acude a París a buscar a su adorado Modi, embarazada de nuevo. De nuevo, en el París más canalla, el talento de Dedo y su autodestrucción comenzaron a retroalimentarse mutuamente.

 

Un día el pintor chileno Manuel Ortiz de Zárate, vecino y amigo de Modigliani, se acercó a ver a la pareja a su estudio; se encontró a Modigliani tirado en un sofá, rodeado de desperdicios mientras Jeanne, embarazada de ocho meses, le estaba pintando. A la mañana siguiente, Modi amanece peor, pero el italiano impide que Jeanne salga de nuevo en busca de ayuda. Se podría decir que sólo les quedaba decidir el momento de la muerte de Dedo.

“Sígueme en la muerte y en el cielo seré tu modelo favorito”, suplicó Modigliani.

Al fin, Manuel llamará a una ambulancia. Cuando le sacaban, Modi pronunció al oído de Ortiz de Zárate las que serían sus últimas palabras: “He dado el beso de despedida a mi mujer. Tenemos asegurada la felicidad eterna.”

Dos días más tarde, un 25 de enero de 1920, Modigliani falleció de meningitis tuberculosa. Jeanne no quiso besar el cadáver; lo miró largamente y  abandonó el lugar sin derramar una lágrima ni decir una palabra. Dejaría el estudio-santuario que había compartido con el pintor, refugiándose en un hotel, de donde sus padres la rescataron obligándola a ir a la residencia familiar junto con su hija. Al día siguiente Jeanne se tiró por la ventana de un quinto piso, estando nuevamente embarazada. Sus padres rechazaron hacerse cargo del cadáver, siendo depositado en una comisaría de policía y enterrada en la clandestinidad. En contraposición, el entierro de Modigliani fue un acontecimiento en el París bohemio.

No fue hasta 10 años más tarde, cuando Emannuele Modigliani, el hermano mayor del pintor, pudo convencer a la familia Hébuterne para trasladar los restos de Jeanne a una tumba junto a la de Amedeo. Desde 1930 reposan juntos, bajo el epitafio “Compañera devota hasta el sacrificio extremo”. El descanso de Jeanne y Modi.

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