De Lolita a Manuela

Para recordarme este encargo, la mañana de este sábado 17 de diciembre de 2016 me cruzo por la Alameda con Paco Millán, productor, director y guionista cinematográfico, que acude a la entrega de los premios Asecan, la Asociación de Escritores Cinematográficos. Lo saludo y por pura semiótica me traslada a este compromiso de recuerdo, a este recuerdo de un compromiso. Su padre, Paco Millán, al que yo conocí como crítico de televisión en El Correo de Andalucía, fue el primer director de una aventura llamada Festival Internacional de Cine de Sevilla. Hecho un chaval, por allí andaba Antonio Pérez, ese coloso iliturgitano a cuya intuición debemos maravillas como Solas, de Benito Zambrano. Muchos años después, parafraseando la bellísima novela de José Antonio Gabriel y Galán, el nombre de Antonio Pérez salió de labios de Enrique Cerezo, presidente del Atlético de Madrid y productor de cine, para anunciar la concesión del premio Forqué. Lo de Cerezo es curioso. No me refiero a que presida el único equipo que ha disputado y perdido tres finales de la Copa de Europa, sino a que en la noche de uno de los éxitos de la etapa de Simeone, explicó al periodista que le entrevistaba que iba a coger un vuelo rumbo a Dublín, donde debía dar una conferencia sobre Berlanga.

El Alameda Multicines era en 1980 el no va más. Tres años antes, en 1977, el año que yo llegué a Sevilla para hacer prácticas en El Correo de Andalucía, se inauguró con la película de Garci Asignatura pendiente. Otro futbolero colchonero. El Pupas es muy cinematográfico. Más que el Madrid, mi equipo, que no pasó de Sonia Bruno y María Ostiz. El Alameda era un drugstore, un hervidero de puestos en el que había un quiosco de prensa, la peluquería de Melado, una exótica tienda de zumos tropicales y los simpar mantecaditos al whisky. Allí llegó triunfante en la primera edición del Festival Silvya Kristel. La expectación que despertó la actriz de Enmanuelle, refrendada en una rueda de prensa en la que los periodistas no dejábamos de preguntar para que no se fuera de nuestra vista, era inversamente proporcional al interés que despertó su película, una cinta creo que noruega o danesa.

Pilar Miró era directora de Televisión Española y Carlos Gortari director general de Cinematografía. Sevilla aspiraba a ocupar el lugar de un entonces alicaído festival de San Sebastián que después renacería de sus cenizas. Mi incomparable festival de cine lo descubrí en julio del 77: los cines de verano. Una selecta nevería convertida en género cinematográfico. Yo hice dos suplementos especiales en El Correo de Andalucía: uno sobre seguros y reaseguros que no se lo recomiendo ni a mi mayor enemigo, y otro sobre el festival de Cine.

Vino Otto Preminger, impresionante, con una película, El factor humano, adaptación de una novela de Graham Greene que yo había leído en la mili. Hay fotografías de una fiesta privada en la que el director norteamericano aparece acompañado de su intérprete, que era una hija de Leopoldo Sáinz de la Maza, que un año antes se había convertido en alcalde de Morón de la Frontera, cargo que años después ocuparía su esposa, Victoria Ybarra.

El crepúsculo del Festival de cine de Sevilla en su primer formato va paralelo al crepúsculo de la UCD, que por estos pagos recibe el primer varapalo, que a la postre sería definitivo, con el referéndum del 28-F y la preguntita cuya autoría sigue siendo uno de los misterios mejor guardados de la Transición democrática. El equipo organizador del Festival procedía del Cine-Club Vida, unos locales de la calle Trajano donde también habían celebrado reuniones furtivas sindicatos y partidos políticos todavía en la clandestinidad. Gobernaba la diócesis de Sevilla José María Bueno Monreal, el cura aragonés que sustituyó al cardenal Segura, el prelado que prohibió los bailes agarrados y se negó a que Franco entrara bajo palio en la Catedral. 1980 es el año de los Juegos Olímpicos de Moscú, donde un antiguo prohombre del Régimen, Juan Antonio Samaranch, es elegido presidente del Comité Olímpico Internacional con el beneplácito de los barandas soviéticos. 

La segunda edición la va a dirigir Alfonso Eduardo Pérez Orozco, el hermano de José María. Una pareja tan asimétrica físicamente como la que formaban los hermanos Benítez Rey, el Beni de Cádiz y Amós, su profeta. Alfonso Eduardo es el único caso conocido de gestor cultural que ha dirigido un festival de cine y una Bienal de Flamenco, tarea ésta que compartió con su hermano José María, el catedrático de Literatura y coleccionista de retruécanos, una de las mentes más lúcidas que he tenido la fortuna de conocer. Que  un día me regaló la posibilidad de conocer a Julian Pitt-Rivers, el antropólogo británico que había sido preceptor del príncipe de Iraq y realizó en Grazalema el primer estudio antropológico que se publicó sobre un pueblo andaluz.

La primera edición contó con la presencia de Pedro Almodóvar, que traía la película Pepi, Lucy, Bom y otras chicas del montón. Ese incipiente certamen que reaparecería como las aguas del Guadiana tuvo secuelas como las ediciones de Música de Cine o los formatos de Cine y Deporte y el ya más asentado, con trece ediciones, de festival de cine Europeo. Pero fue quizá la base, el cimiento de la particular quinta del Buitre del cine andaluz, sellada con los plenos de Goyas obtenidos por películas como Solas, de Zambrano, o La Isla Mínima, de Alberto Rodríguez. Éste ha contado que la idea de esta película se le encendió viendo una exposición fotográfica de Atín Aya sobre las Marismas. Conocí a Atín en el verano de 1982, cuando nació la fascinante aventura de Diario 16 Andalucía, cuya reunión fundacional tuvo lugar en el barco-discoteca Margarita que entonces regentaba Emilio Parejo, después crítico taurino del periódico y en breves, y para él tormentosos paréntesis, editor de páginas de fútbol modesto. Ese 82 del Mundial de Fútbol, los sucesivos triunfos de los socialistas en las autonómicas que ganó Rafael Escuredo y las generales que el 28 de octubre, una semana antes de la visita del Papa a Sevilla, ganó con 202 diputados Felipe González.

Cuenta en sus Memorias Alfonso Guerra que la primera moción de censura contra el Gobierno de Adolfo Suárez la desencadena la polémica que acompañó al estreno de la película de Pilar Miró El crimen de Cuenca. La entrevisté en el Avenida Multicines, otro mini-Hollywood de Sevilla con la fórmula del Alameda, cuando vino a presentar la película Gary Cooper que estás en los cielos.

El año que empatamos con Honduras y perdimos con Irlanda del Norte, Jesús Quintero organizó el Mundial Cultural con la plaza de España como eje de las actuaciones: Ana Belén, María Dolores Pradera, las brasileñas de Macunaima y el plantón de Camarón. Dentro de una gigantesca carpa, Paco Aguilera tocaba el piano para amenizar la estancia de las visitas. Fue el preludio de la tercera edición del festival, que volvió a dirigir Alfonso Eduardo Pérez Orozco. Creo que con la cuarta se acabó la primera parte del invento, cuando contrataron para dirigirla a José Gutiérrez Maesso, que había dirigido a Juanita Reina en una cinta de título premonitorio: Sucedió en Sevilla.

Los bandos municipales de Madrid tenían el sello de Enrique Tierno Galván, que contaba como teniente de alcalde con Ramón Tamames, un economista que en su época de comunista había escrito en la cárcel de Carabanchel una novela con la que ganó el premio Planeta. El Betis había ganado la primera Copa del Rey el 25 de junio de 1977, once días después de las primeras elecciones democráticas, las que convocó el antiguo gobernador civil de Segovia y ex secretario general del Movimiento que el Sábado Santo de ese año legalizó al Partido Comunista. “Ni Suárez ni Tierno, el Betis al Gobierno”, decían algunos aficionados verdiblancos. Una semana después de aquella épica final en la que Esnaola le marcó a Iríbar el penalti decisivo, llegaba yo a Sevilla, a una pensión de la Gran Plaza. Ese día, 2 de julio de 1977, moría Nabokov, pero ésa es otra historia, tan cinematográfico gracias a la Lolita de Kubrick. Recuerdo perfectamente la primera película que vi ese verano: Manuela, de Gonzalo García Pelayo, una producción de Pancho Bautista y Pío Halcón, un personaje viscontiniano cuya hija Pía ha sido concejal en el Ayuntamiento que presidió Juan Ignacio Zoido.

Hubo estrenos fulgurantes, como el de Kagemusha, de Akira Kurosawa, o el de Evasión o Victoria, la mejor película de fútbol, la peor película de John Huston. Existían la peseta, el servicio militar y la máquina de escribir. Sevilla es una ciudad muy difícil de novelar, muy escurridiza, y también de filmar, porque el sevillano es cinematográfico de suyo: en las grandes ocasiones toma impulso para pasar a la posteridad y en su sentido de la fiesta, tanto la civil como la religiosa, se comporta como un coro disciplinado de figurantes que pasan a protagonistas sin solución de continuidad, una acracia entre sumisa y rebelde de un coreógrafo invisible que monta casetas y airbus, que lleva Cristos y palios como una disciplinada corte del Faraón que para sí la quisiera Eisenstein, ese cineasta ruso cuyas películas provocaban en los cine-clubs sevillanos agrias polémicas en las que participaban Paco Cortijo o Alfonso Grosso.

Paco Correal
Paco Correal

Periodista y escritor.

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