David Cordero

Entre los años 2000 y 2010 David Cordero estuvo al frente de Úrsula, una banda de formación y sonido cambiante, fundamental para entender el panorama de la música independiente en este país. Desde entonces, se ha embarcado en varias aventuras y proyectos compartidos, que finalmente han desembocado en “El rumor del oleaje” (Home Normal, 16), su primer disco en solitario.

Gaditano de nacimiento, residente en Sevilla desde hace más de una década, David Cordero cuenta que el final de su antigua banda “se debió, sobre todo, al camino que había tomado el sonido de las canciones en los últimos tiempos. Úrsula fue siempre una banda atípica, en el sentido de que cambiaba de músicos de un disco al siguiente y su estilo también fue evolucionando en paralelo”. Y si al principio ese estilo estaba cerca de un rock infusionado con ciertos dejes de jazz, cuando llegó “Hasta que la soledad nos separe”, su entrega de 2010, ya había abrazado estrategias propias de la música ambient. “El click que me hizo replantear toda la aventura se produjo durante un concierto en un festival de Mallorca, precisamente para promocionar ese disco. Otro de los músicos invitados al festival, el alemán Alva Noto, estuvo escuchándonos y se acercó después a comentar que le habían gustado muchos las texturas y el concepto, y que quería escuchar más cosas en esa línea. Me di cuenta entonces de que no podía recomendarle ninguno de los discos anteriores porque no tenían nada que ver con el nuevo. Y para rematar el asunto, la banda se estaba desintegrando y volvía a quedarme sólo, así que decidí cortar por lo sano y enterrar ese concepto”. David Cordero

Se pueden entender entonces estos últimos cinco años como un proceso de descompresión: un periodo en el que Cordero no ha dejado de trabajar, pero siempre dentro de proyectos compartidos. “Decidí disfrutar del hecho de colaborar con músicos a los que aprecio”, explica. “Experimentar con gente que no hablaba mi mismo idioma musical, aprender conceptos nuevos y sobre todo pasarlo bien”. Y así, con Marco Serrato, bajista de Orthodox, creó Jacob, un proyecto a medio camino entre la música contemporánea y el ambient más oscuro. Con Ricardo Lezón, líder de McEnroe, dio forma a Viento Smith, en una dirección más cercana al pop de hechuras clásicas. Y con el barcelonés Carlés Guajardo (más conocido como bRUNA) compuso una banda sonora de aire neoclásico para la película “Seis puntos sobre Emma”, dirigida por Roberto Pérez Toledo. Un reguero de ideas y proyectos que sólo ha aparcado para dar forma a “El rumor del oleaje”, un disco “que surge como una necesidad personal. 2014 fue un año muy duro a nivel anímico, en el que se produjeron muchos cambios en mi vida, y este disco es una reacción a todo eso”.

A pesar de que no tenías un proyecto estable, en estos años has tocado mucho más en directo de lo que solías.

Tocar en directo es algo que siempre me ha costado mucho trabajo. De hecho, no creo que con Úrsula llegáramos a veinte conciertos en toda la historia de la banda. Con Viento Smith he aprendido a disfrutar de los conciertos, quizá porque yo no era el elemento central del espectáculo y podía relajarme más. Con Úrsula siempre tenía que dirigir a la banda y ocuparme de toda la logística, como si fuera el jefe. En cualquier caso, me siento más a gusto trabajando en el estudio.

También has tenido varias experiencias en el cine. Cosas tan distintas como la banda sonora de “Seis puntos sobre Emma” o del documental “Orensanz”, dirigido por Rocío Mesa. 

Han sido dos experiencias muy diferentes. Con la película de Roberto Pérez Toledo teníamos que seguir un guión, había imágenes concretas a las que ceñirnos y eso nos obligó a realizar un trabajo más clásico de banda sonora. Con “Orensanz”, en cambio, hicimos algo mucho más libre: realizamos varias pruebas, probamos distintos temas y frecuencias, un material que luego Rocio y Darío García se dedicaron a cuadrar y a montar. De todos modos, y a pesar de las diferencias entre los dos proyectos, quiero pensar que cuando me piden una banda sonora es porque les gusta la música que hago.

Sí, pero en el primer caso tenías que constreñirte a duraciones y formatos determinados, lo que seguro que añadía limitaciones a tu estilo.

Es cierto, pero creo que tener que trabajar de esa manera me ha hecho crecer como músico. Por ejemplo, ¿por qué voy a empezar con una introducción ambiental de cinco minutos si con uno ya consigo contar lo que quiero? Es algo que se refleja de algún modo en “El rumor del oleaje”, que es un disco muy corto y en el que voy al grano desde el principio. Las subidas y bajadas de intensidad están medidas de manera muy precisa, y ese gusto por economizar el tiempo es algo que sin duda viene de las bandas sonoras. Es cierto que en las películas la imagen también influye, porque tienes que procurar que la música acompañe a lo que sucede en la pantalla. Pero tampoco veo eso como un corsé, sino como una fuente más de inspiración. D. Cordero

Es cierto lo que dices: el disco es corto, al menos para lo que se suele estilar en la música ambient. Y también tiene un espíritu muy pop.

No ha sido algo premeditado, porque el disco no nació con un concepto claro. En verano de 2014 comencé a ir mucho a la playa, me di cuenta de que el lugar en el que me sentía más cómodo era cerca de la orilla, y se me ocurrió hacer un disco con el sonido del agua como protagonista. Luego la idea fue creciendo, pensé en grabar el sonido de distintas playas y escribir un disco a partir de esos sonidos, y al final me vi en el estudio con el sonido de catorce o quince playas distintas, que tenía que coser con un mismo concepto musical. El proceso ha sido largo, ha tardado más de un año porque quería dejarlo madurar, y el resultado es que las canciones han mutado mucho. Algunas incluso se han quedado fuera, a pesar de que estaban terminadas, y otras han ido reduciéndose y acortándose cada vez más. Pero está bien así, prefiero que la gente se quede con ganas de escuchar otra vez el disco a que se canse o desconecte.

¿Las canciones intentan entonces reflejar una imagen de las distintas playas, o existe una narrativa global?

Hay una mezcla entre el estilo de componer que estoy desarrollando y la idea que te contaba antes de intentar transmitir las sensaciones que me producía el agua. Cuando estaba escuchando las grabaciones en bruto del agua era capaz de diferenciar todas las playas sólo por el ritmo: por el sonido, por la velocidad que tenía el agua al sonar en determinados lugares, y la quietud y relajación que existía en otros sitios. Sobre todo, notaba esas diferencias entre el sur y el norte. Las playas del norte son más salvajes y fuertes, mientras que las del sur, con la excepción del Faro de Trafalgar, tienen un espíritu más rítmico y pausado.

¿Por qué las playas que has escogido son todas de Cádiz y del País Vasco?

Las de Cadiz porque soy de allí, y todas me traen recuerdos personales o han sido emblemáticos de algún modo a lo largo de mi vida. En cuanto a las otras, quería salir de mi entorno habitual y desconectar, marcharme a un lugar en el que de verdad pudiera dedicar al proyecto todas mis energías. Y como tengo mucha amistad con la gente de McEnore y el norte siempre me ha gustado, surgió la oportunidad de ir para allá durante una semana. Además, otra idea del disco es que funcionara como un viaje.

Dices que las canciones crecieron a partir de las grabaciones del mar pero, ¿cómo se articula una idea de ese tipo?

La verdad es que fue un poco como ir a la deriva, o más bien como tirarte de cabeza a la ola. Tenía en la cabeza la sensación de estar en Campo Soto, en San Fernando, sentado después de comer y escuchando cómo se movía el agua; podía llevarme horas así. La idea era reproducir esa sensación, pero yo no soy un tipo como Chris Watson, no sé organizar el sonido de esa manera tan natural, sino que necesito meter en la mezcla otro tipo de instrumentos. Así que fui probando cosas hasta cogerle el ritmo a las olas, me dediqué a procesar los sonidos originales de las olas mediante efectos y samples. Ha sido un trabajo de deformación ambiental, en el que los distintos instrumentos añadidos han ido encajando poco a poco. No existían notas, sino aguas que tenía que transformar para poder ajustar mi propio sonido.

También hay olas desnudas, sin tratar.

Es que eso también forma parte de la idea. El mar ya tiene de por si un cierto balanceo, una especie de claqueta que te marca el ritmo con el que tienes que trabajar. Por otro lado, es todo un reto que durante 35 minutos suene agua de manera continua y no resulte monótono. Al final, la clave consistió en ponerme unas reglas de juego y seguirlas hasta el final. No se trataba tanto de plegarme a un estilo como de seguir esas normas. Y una vez que había esqueletos definidos, ya podía entrar en un territorio de composición más conocido y seguir con las colaboraciones: el contrabajo de Marco Serrato, los vientos de Gustavo y Moisés o las voces del Niño de Elche, que casi parecen una ola más.

Los instrumentos, entonces, son arreglos.

Es lo que son, están ahí para arreglar el experimento. Lo que sí tenía claro es que quería hacer un disco de luz, porque llevo toda la vida soportando el sambenito de que hago música triste y estaba un poco harto de eso.

Pero el disco es una reacción a un año duro. O sea, el fruto de una catarsis.

Sí, pero no se trataba de borrar lo que había pasado, sino de avanzar. Por eso insisto tanto en que quería que fuera de luz. De hecho, estaba tan obsesionado que el diseño de la portada no tiene tintas negras, y en cuanto a los sonidos utilizados, sin ser del todo alegres (que es algo que a mí no me sale) tienen un espíritu más brillante y luminoso, no son tan ensimismados.

¿Cómo escogiste a los colaboradores?

Durante los años que llevo en Sevilla he conocido a muchos músicos y he colaborado con mucha gente, y con algunos de esos músicos me siento muy cómodo. Influyen la situación y el momento, por supuesto: los vientos que graban Gustavo Domínguez y Moisés Alcantara, por ejemplo, suponen una combinación atípica pero que funciona sorprendentemente bien. Con Marco (Serrato) me une una amistad muy grande, y aparte me gusta como toca, es un tipo que sabe como leerme a pesar de que nuestros estilos son muy diferentes. Con Nacho (García) también tengo esa complicidad. Al final ha consistido un poco en rodearme de mis amigos y dejar que se unieran al viaje.

¿Y cuál ha sido el papel de estos músicos dentro del disco? ¿Han gozado de libertad, o los tenías atados en corto?

Existían algunas guías, pero también había espacio para que ellos se expresaran. Yo señalaba las partes en las que quería que aparecieran arreglos determinados, y a partir de ahí discutíamos distintas posibilidades. No me interesan las colaboraciones cerradas, del tipo “quiero que hagas esto”, porque no sacan la personalidad de los músicos y para eso es mejor no llamar a nadie. Además, al trabajar con la gente de manera tan cercana surgen ideas que terminan formando parte de la canción, y que de algún modo te recuerdan a la presencia de esa persona.

Raúl Pérez, de La Mina, se ha encargado de mezclar el disco, que es un trabajo que solías hacer tú mismo.

Raúl mezcla el disco, pero no porque necesitara otro par de orejas, sino porque necesitaba las orejas de Raúl, que llegan a sitios a los que yo no llego. De hecho, si me lo pudiera permitir, me gustaría grabar todo en su estudio, trabajando mano a mano con él, pero es algo que de momento resulta inviable. Para estas mezclas me fui tres días al estudio y nos dimos cuenta de que era muy interesante escuchar las canciones tumbados en el suelo. Hicimos las mezclas así, prestando más atención a lo que sugerían las canciones que a los estudios de frecuencias.

¿Tocarás este disco en directo?

No es algo que me obsesione, pero hay ofertas sobre la mesa, y mientras esas ofertas me convenzan iré a tocar. Pero no quiero hacer una gira ni dedicarme a tocar muchos conciertos, prefiero ir sólo a sitios en los que de verdad tengan interés por verme. Propuestas que me permitan plantear cada concierto de una manera diferente, llevando a más o menos músicos en función de las posibilidades económicas. La primera idea era tocar en las propias playas, comenzando por la de Mundaka, pero es una locura tanto a nivel de organización como económico.

El disco lo publicas con Home Normal, un sello con base en Londres.

El contacto llegó a través de un amigo que también es músico, el argentino Federico Durand. A mí me apetecía sacar el disco fuera de España, y en Home Normal han grabado muchos músicos que me gustan mucho, así que en cierto modo era como un sueño hecho realidad. Además, el dueño del sello, Ian Hagwood, le pone un cariño increíble a todo lo que hace, y eso no es algo que se vea a menudo en la industria discográfica.

Sé que tienes más proyectos en marcha.

En 2016 se publicará un single que hice a medias con Niño de Elche, con nanas ambientales. Y queda pendiente también el segundo disco de Viento Smith, aunque ese es un proyecto en el que no podemos forzar la máquina; tiene que encontrar su momento.

Y también diriges desde hace un par de años un sello muy particular, Knockturne Records.

Es una criatura de la que me siento muy orgulloso. Necesita mucho tiempo y dedicación, sobre todo por la filosofía que comparto con mis socios (Francisco Valpuesta y Pedro Román), y que consiste en hacer las cosas de manera diferente al resto de los sellos. Y me gusta que sea así, porque al final los grupos que conforman el sello son un poco como una familia, se respetan y se quieren entre ellos. Y eso que sólo tienen en común que se trata de grupos con personalidad y que son difíciles de clasificar, gente con una creatividad particular, con una actitud especial.

Grupos que en su inmensa mayoría provienen de Andalucía Occidental.

Pero eso no ha sido algo premeditado, porque no queríamos hacer un sello local. Lo que sucede es que son los grupos que teníamos cerca. Y aunque recibimos muchas ofertas de artistas tanto de España como de fuera de España, bandas incluso reconocidas, para mi es importante mantener un trato personal con la gente implicada. Que vengan a casa, que entren y salgan, que podamos quedar a cenar. Hoy día la música ya no funciona por escenas; la gente está apartada, se comunica por internet. Todo es mucho más impersonal, y en Knockturne queríamos evitar esa sensación. No sé si llamar escena a lo que hemos montado, porque no existe un sonido en común, pero sí que hay algo parecido a un sello de marca.

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