Curro

Le precede un frufrú inquietante. La puerta se abre y, de pronto, asoma una mota rosa a casi dos metros del suelo. Luego, se le suman anillos de color cada vez más grandes. Amarillo, rojo, verde y azul. Por fin aparece la cara familiar, redonda y blanca, con sus inamovibles coloretes rosáceos. Sin embargo, algo ha cambiado, ya no sonríe como hace un cuarto de siglo. La maldita madurez lo ha vuelto menos cándido, pero ha ganado en lucidez y crítica reflexiva. Cada palabra de su boca se ha revalorizado, por eso cuando habla de futuro sabe lo que se dice. Como un Tyson con pies de elefante, Ícaro al que el ocaso de una exposición universal derritió las alas para hundirlo en el olvido y ahora renace cual Fénix al calor de un aniversario, este personaje es una contradicción hecha mascota. Se deja caer en la silla con todo el peso de las leyendas que han sabido desengancharse de la fama. Los focos, de nuevo, se han vuelto hacia él, y quiere aprovecharlo para contar su verdad e inyectar un chute de confianza en la ciudad que aprendió a amarlo después de rechazarlo. Su vida es metáfora y epifanía, y Sevilla debería darse cuenta de una vez. Es Curro, la mascota de la Expo 92.


Disculpe mi descortesía, pero ¿qué es exactamente usted?

Ojú, eso mismo llevo preguntándome yo hace veintiocho años. Según dicen, soy un pájaro con patas de elefante y una cresta multicolor a juego con un enorme pico cónico… pero vamos, que nunca he visto en los reportajes de La 2 un ave que se me parezca. Lo único que tengo claro es una cosa: soy único, y con eso me basta.

 Es un pájaro asexuado con nombre masculino, ¿ha tenido problemas de identidad sexual?

Al principio sí porque nadie te enseña a vivir como una mascota. Te crean y ahí te lanzan, ante las miradas -y las críticas- del mundo entero. Luego te vas acostumbrando hasta que asumes tu papel; cuanto antes te des cuenta de lo que eres, menos te comes la cabeza. Ahora sé que soy Curro y no me planteo más interrogantes sobre mi identidad.

Si fuera diseñado hoy, sería un icono gay, ¿lo sabe?

Lo dices por la cresta y el pico multicolor, ¿no? Nunca me han propuesto salir en la cabalgata del orgullo gay, la verdad. Más allá de eso, es innegable que en estos veinticinco años se han reconocido los derechos de las personas gays, lesbianas, bisexuales, transgéneros y transexuales, y se ha avanzado en la lucha contra la discriminación y la homofobia. Un ejemplo: en octubre del 92 la tele pública estatal emitió el sketch Maricón de España de Martes y Trece; hoy es impensable. No obstante, últimamente veo comportamientos que me preocupan porque suponen una regresión en esos avances.

Retrocedamos 28 años. ¿Dónde nace?

Aquí al lado… en Stuttgart, nada más y nada menos. Mi padre, Heinz Edelmann, tenía su estudio en esta ciudad, y allí me concibió. Según me contó, un conocido editor de cómics, Pedro Tabernero, convocó en 1989 el concurso internacional para elegir la mascota de la Exposición Universal de Sevilla de 1992. Mi padre se presentó conmigo frente a otros veintitrés diseños de autores de quince países diferentes. Y debí gustar bastante porque quedé el primero, por delante de un “hijo” de Antonio Mingote y de otro de Miguel Calatayud.

 O sea, que usted es fruto de la fecundación in certamine

¡Digo! Eso me llena de odgullo y satidfadción, como diría el rey emérito, con quien me divertí bastante en la Expo… pero eso queda para nosotros y el CNI (nos guiña un ojo). En serio, le trajo muchos problemas a mi padre, lo pasó bastante mal por la polémica en torno al concurso.

 ¿Y eso?

Un periodista de Diario 16 Andalucía publicó antes de fallarse el concurso que la mascota elegida sería un pájaro con el pico de colores y un penacho de plumas. La filtración molestó tanto a Mingote que tres días después desveló en la portada de ABC de Sevilla su diseño de mascota, un angelote con gorrilla que se llamaba Curro, acompañado del titular “Mingote renuncia al premio por su mascota de la Expo 92”. Ea, enmarronados sin comerlo ni beberlo. Luego, Mingote reconsideró su decisión y permitió que su diseño figurara en la terna de finalistas.

 Lo normal es que usted se hubiera llamado Heinz, Jurgen o Wolfang, ¿por qué Curro?

Hombre, llamarse en Sevilla Heinz, Jurgen o Wolfang es abonarse a que se cachondeen de uno. Y si no que le pregunten a Marinakis del Sevilla o a Kukleta del Betis. Curro es un nombre familiar y cariñoso. Además me colocaba a la altura de uno de los mitos de la Sevilla de finales del XX: tú decías en los 80 y 90 Curro y todo el mundo pensaba en el Faraón de Camas. De alguna manera yo le “robé” la exclusividad de ese nombre al de Camas y, a partir del 92, hubo dos Curros en Sevilla: Curro Romero y yo. A mí me encanta mi nombre, aunque durante un tiempo estuve algo acomplejado por el conflicto con Mingote.

 ¿Qué recuerdos conserva de su padre, el alemán Heinz Edelmann?

(La cresta de Curro se encoge y su eterna sonrisa desaparece) Disculpa, pero me sigo emocionando al recordarlo… y es un faena que me hiciera sin lágrimas porque no puedo llorar. Era genial, nació en la ciudad checoslovaca de Aussig en el 34 y en julio hará ocho años que murió. De puertas hacia afuera era un gigante de la ilustración y el diseño contemporáneos -hasta soy “hermano” de los Beatles, bueno de sus dibujos en la película Yellow Submarine-; en casa era muy divertido, me trataba con mucho cariño. Poseía un mundo interior muy rico, era una persona intimista, que estaba desarrollando ideas constantemente. Amable, generoso y con un espíritu joven. Le apenaba que se le tratara como un guiri, como alguien ajeno a esta tierra a pesar de estar ligado a la ciudad desde mucho antes de concebirme; pocos saben que ya a finales de los 70 expuso en el Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla. Además su mayor producción creativa está dedicada a Andalucía: unas 300 obras de temática turística y didáctica para esta región. Su último trabajo fue concebido para Sevilla, un cántico espiritual a la música para la revista Osinvito.

¿Qué le debe a él?

Lo primero, crearme. Y lo segundo, creerme y hacerme creer en mí mismo. Cuando tuve aquella crisis de identidad del principio, me dijo: “Te hice pájaro porque los pájaros vuelan y son libres. Y te puse esa nariz porque me dio la gana, que es la forma suprema de ejercer la libertad”. Libertad y quererme tal como soy, eso me legó.

Fue presentado en Madrid un 14 de marzo de 1989. No llega a Sevilla hasta un mes después. ¿Cómo recuerda su bautizo, que no fue precisamente como cantaba El Pali con barbos en adobo, mucho vino y alegría?

Pues fue como todo lo que rodeó mis primeros años, polémico. El alcalde de Sevilla, Manuel del Valle, lamentó que fuera presentado primero en Madrid y hasta la Asociación de la Prensa de Sevilla se quejó por ese “desprecio” a la ciudad. Frente a esto el presidente de la Junta, Pepote Rodríguez de la Borbolla, el comisario de la Expo, Manuel Olivencia, y el consejero delegado, Jacinto Pellón, calificaron de “localistas” esas críticas. Y en medio, como siempre, yo. El 22 de abril me presentaron en la Plaza de España ante más de 40.000 personas, y aquello resultó… muy frío debido al supuesto agravio a Sevilla con mi presentación madrileña. En cuanto al espectáculo, fue impresionante: lo organizó Els Comediants y contó con luces, rayos láser, imágenes tridimensionales, música en directo, fuentes, saltimbanquis, acróbatas y cientos de extras. Así que ni adobo, ni vino y poca alegría.

¿Recuerda su primera impresión de los sevillanos?

Cuando terminó aquel “bautizo” en la Plaza de España, me sentía entusiasmado por la magnitud de mi presentación pero afligido por la frialdad con que los sevillanos me recibieron. Pasaron los días y los meses, y fui comprendiendo el carácter de los sevillanos a medida que dejaba a un lado los tópicos y prejuicios que sobre ellos había escuchado. Es gente que hay que ganarse poco a poco, tomarla muy en serio y no pretender que sean graciosos ni que estén todo el día cantando y bailando. Los sevillanos son vascos pero al revés: te reciben fogosamente y luego debes ganarte su respeto y amistad a fuego lento.

¿Sevilla sin sevillanos, como dijo Machado?

Es un pueblo profundo y sabio que se esconde, u obligan a esconderse, bajo la costra de los estereotipos falsos; es más que una amable comparsa para adornar acontecimientos, como algunos quieren reducirlo. Lo único que nos falta a los sevillanos para ser lo que deben ser es lo mismo que a mí cuando recibí aquel consejo de mi padre: libertad y querernos más.

 ¿Conoce la guasa?

Hombre, más que conocerla, la he sufrido. ¿O no te acuerdas de la botadura de la nao Victoria, que casi tiene que venir a rescatarme a Huelva David Hasselhoff? Lo que tuve que oír, que si era un pato del Coto o que si iba a acabar en el estanque del parque de María Luisa. Un montón de ocurrencias que, una vez pasa el tiempo, te hacen reír y pensar que este es un pueblo con mucho ingenio… y bastante mala leche.

¿El Curro de Mingote se interesó por su estado tras el naufragio?

Guasi gordi también tú, ¿no? Ni me llamó, le daría coraje que al final sobreviviese, él se veía ya como esos Tenientes de Hermano Mayor a punto de trincar la vara dorada.

 Las redes se han inundado con fotos de usted visitando los colegios de Sevilla en los meses previos a la Expo, ¿le adoraban los niños?

No te creas. Todo en mi vida ha sido de entradas frías. Al principio, a los niños les entraba jindama al verme de cerca: era enorme, inclasificable y al moverme hacía mucho ruido. Imagínate que a un niño que le explican en el cole cómo es un pájaro me ve a mí y encima tiene que tragarse que yo soy lo mismo que un gorrión o un jilguero… normal que el chiquillo se asustara. Eso sin hablar de la guasita junior cuando iba de visita a los colegios: unos me querían pinchar con el compás y deshincharme; otros me decían a la cara que su madre había dicho que yo era muy feo o que su padre les había contado que yo había costado un riñón; y algunos, directamente, “yo te hubiera pintado mejor”. Pero pasó como con los adultos, a medida que nos fuimos conociendo, nos fuimos amando.

Y una duda, ¿por qué en la atracción para niños nunca acababa su frase de “Hola, soy Curro, quieres jugar conmí”?

Me podría tirar un pegote y decirte que era un guiño al sevillitaliano de las canciones del gran Silvio… pero no. El motivo es más prosaico: en la cinta de la grabación no cabían más letras y se jamaba la sílaba -go.   

Se codeó con los líderes mundiales más destacados, ¿cómo fue aquello?

Pues menos divertido de lo que parece. Es más, era un coñazo. De nuevo tuve que pasar por un periodo de adaptación e ir dándome cuenta de que hacía caso a mi padre o aquello resultaba insoportable. Libertad y creer en mí, eso hice. Empecé a tratar a los mandatarios como a amigotes y a gastarles bromas, y parece que la cosa funcionó. En la Expo conocí a Mitterrand, Fidel Castro, Mario Soares, Carolina de Mónaco, los Príncipes de Gales y a Gorbachov, a quien los sevillanos recibieron gritándole “torero, torero”. Traté a los jefes de Estado y altas personalidades como a los sevillanos, o al revés si lo prefieres, procuré el más alto trato a los sevillanos, el que se merecen reyes, primeros ministros y presidentes. Abracé a todo el mundo, sin hacer distinciones de ninguna clase.

También recibió a personajes de la cultura, ¿quién le impresionó más?

Fueron varios. Destacaría a dos: Vittorio Gassman y García Márquez. El italiano estrenó en el auditorio de la Expo su Ulises y la ballena blanca, genial versión de Moby Dick; aquel hombre alto y enjuto, con su voz única y su talento puesto al servicio del riesgo, me pareció un demiurgo teatral. También Gabo, que presentó en el pabellón de Colombia su obra Doce cuentos peregrinos con tanta afluencia de público que tuvo que intervenir la policía. Recuerdo que vino vestido tal y como recogió diez años antes el Nobel de Literatura, con un liqui liqui blanco. Así lo abracé.

¿Qué sintió al portar la antorcha olímpica de Barcelona 92?

Fue alucinante. Con mi físico jamás habría ganado ni a las canicas, así que cuando me llamó mi compadre Cobi y me lo propuso, le dije que contara conmigo. Me la entregó un regatista en el embarcadero y luego la paseé en moto acuática por el lago de la Expo entre las aclamaciones de mis vecinos. Fue un sueño y, de nuevo, un logro para mí al superar mis complejos.

Por cierto, ¿cómo se lleva con Cobi?

Me llevo muy bien. Nos llamamos “compadre”. Nos sentimos almas cercanas, hermanados por el dolor. Como yo, desde su nacimiento se encontró con la crueldad y el cachondeo de sus paisanos. Tuvo un enorme trauma, le aseguraban que era un perro y él veía perros por las calles de Barcelona y no se reconocía. Lo pasó mal. Incluso peor que yo. Decían que era un perro aplastado… Nos apoyamos mucho. Aún nos seguimos escribiendo y, de vez en cuando, hablamos por Skype. Está ilusionado con un reconocimiento como el mío cuando se celebre el veinticinco aniversario de las Olimpiadas en Barcelona… el pobre.

¿Cómo llevaba el tema de los idiomas?

Muy bien, dominaba el idioma más hablado y entendido en el mundo, el del humor. Gastaba bromas, saltaba, abrazaba, acariciaba, me dejaba tocar y achuchar, y jamás estaba de mal humor, así que me comunicaba maravillosamente bien. Cuando alguien es agradable con otro, sobran las palabras.

¿Y del habla sevillana?

Ojú, eso es harina de otro costal. Me costó, no por lo que suelen decir algunos malintencionados, que hablamos mal o que nos comemos sílabas… bueno, en mi caso, en las atracciones de niños, sí (risas). Decía que me costó por la riqueza de vocabulario y por la velocidad ingeniosa a la hora de sacar punta a cualquier situación. La capacidad de comunicación y riqueza del habla sevillana es solo equiparable al español de los países latinoamericanos.

¿Por qué era usted tan travieso?

Porque la travesura es propia de los niños, y los niños son las personas más cercanas a la felicidad que conozco. Era una forma de ser feliz y, sobre todo, de hacer feliz a la gente. Por eso me atreví a quitarle la pamela a una reina, bailar en medio de un acto de protocolo o llevarme en brazos el niño de una señora. Yo era la imagen de la Expo -no olvidemos que el cartel oficial jamás se popularizó- y como tal tenía que transmitir los valores de la muestra: frescura, dinamismo, espontaneidad, diversión, modernidad y confianza en nuestro futuro. Y no sólo en Sevilla, también lo hacía en la gira de promoción mundial; hasta me puse a imitar a un soldado en la Plaza Roja de Moscú.

Llevamos semanas de celebraciones en las que todo el mundo recuerda la Expo 92 como un acontecimiento feliz, ¿fue así?

Hay un mecanismo inconsciente de defensa que consiste en borrar los malos recuerdos y quedarse sólo con los buenos. Es algo higiénico. Es cierto que hubo polémicas y críticas, realizadas desde ámbitos diferentes; hasta hubo manifestaciones en La Cartuja. En mis veintiocho años de vida en España me he dado cuenta de que cualquier acontecimiento que en principio es importante para todos se utiliza como arma arrojadiza y oportunidad para sacar beneficios de todo tipo. Negar esto sería negar la historia y, sobre todo, condenarnos a repetirla en el futuro. ¿Se podrían haber hecho las cosas mejor? Todo es mejorable, hasta yo hubiera querido que mi padre me pusiera menos cresta para poder vestirme de nazareno, pero no pudo ser. Lo que es incuestionable es que la Expo 92 cambió para siempre a Sevilla, y creo que a mejor, y le dio herramientas para progresar y situarse en el mapa como una ciudad moderna y atractiva. El resultado final fue inmejorable, algunos procedimientos absolutamente mejorables.

¿Qué le confirmó la Expo?

En lo negativo, cierta incapacidad de los españoles para la solidaridad ya que se anteponen los agravios comparativos entre territorios a las causas comunes. Ah, y la novelería, porque cuando venía a Sevilla gente de todo el planeta, fue cuando los españoles y los sevillanos quisieron venir también. En lo positivo, que esos mismos españoles y sevillanos tienen capacidad para dejar a un lado las diferencias y convertir en realidad proyectos tan apabullantes como la Expo.

¿Cómo vivió la clausura?

Fue el día más triste de mi vida junto con el día que murió mi padre. Cuando se apagaron las luces, comprendí de sopetón que mi vida cambiaría para siempre, que pasaría a ese limbo de los ilustres olvidados. Me dio un bajón enorme. Y no sólo por mí, también por la ciudad y por su gente; aquello había sido un sueño y el 13 de octubre comenzaba de nuevo la realidad. A pesar de la tristeza sentía una tibia esperanza, la de que supiéramos aprovechar el legado de la Expo para situarnos definitivamente en la modernidad y el progreso…

¿Qué es la fama?

Es como cuando te echan una caña de cerveza fría con sus dos deditos de espuma y te la bebes, y la vida te parece tan bella y tú te sientes tan indestructible… pero dejas la caña sobre el mostrador y al rato se ha calentado, la espuma ha bajado y perdido gas. Y al segundo trago la sensación ya no es la misma. Pues la fama es igual, son esos dos deditos de espuma de la caña de cerveza.

Ha sido parado de larga duración, ¿cómo se ha sentido?

Te sientes inservible. Es muy duro, te va carcomiendo la autoestima y llega un momento en que te afecta no sólo laboralmente sino familiar, social y personalmente. Lo más terrible es que al final llegas a creer que te lo mereces.

¿Visita habitualmente La Cartuja?

Suelo pasear a menudo. Lo hago a horas intempestivas, cuando la isla está solitaria y en silencio. En ocasiones creo escuchar aún las risas y las palabras cariñosas de la gente. Pero no creas que me siento melancólico. Más que tristeza, siento coraje porque esos terrenos tienen un potencial que aún no se ha aprovechado del todo. Últimamente paseo y me siento esperanzado cuando veo que el Parque Tecnológico de La Cartuja va creciendo, que cada vez son más las empresas de referencia que se instalan allí y que el I+D está conquistando la isla. Me alegra que haya tanto talento allí trabajando. Así que soy optimista… con mi puntito de saudade.

¿Conserva algún objeto de merchandising con su imagen?

A mí mismo, te parece poco (ríe a carcajadas y el movimiento hace que me golpee con la cresta). Uy, perdona. En serio, sólo guardo una cucharilla de café y un transistor con forma de Curro. No soy demasiado ególatra (vuelve a reír).

¿Por qué sigue en Sevilla?

Básicamente, porque no puedo volar. Mi padre me hizo con alas, con la potencialidad del vuelo, pero no me resulta posible. He llegado a la conclusión, quizá algo pretenciosa, de que soy una metáfora de Sevilla y del Sur: tienen la potencialidad del vuelo pero nunca la desarrollan porque se conforman con lo que hay.

¿Está dolido con Sevilla?

¡Para nada! Al final, una ciudad ¿qué es?: su gente. Y hay sevillanos, que ahora son padres, que han legado a sus hijos el mismo peluche o muñeco de Curro con que jugaban en la Expo 92. Eso te hace sentir importante, alguien querido. Es emocionante que la gente te siga asociando con momentos felices de su vida, eso es impagable.

¿Su comida preferida?

Desde que llegué a Sevilla, los caracoles con una cerveza fresquita. Pero ahí no anduvo fino mi padre y no cayó en la cuenta de que con este pico me iba a costar la misma vida sorber el bicho de los caracoles y beberme las cañas. Tres cuartos de lo mismo que me pasa con los chicharrones, que me pirran, pero al no ponerme dientes, pues no puedo masticarlos. Así que me harto de gazpacho con una cañita y de papas aliñás que están blanditas.

¿Y las fiestas de Sevilla, le gustan?

Me encantan, pero a mi físico no. En la Feria, si me arranco a bailar sevillanas, desmonto media caseta con la cresta o le meto el pico en el ojo a quien baile sevillanas conmigo. Ni te cuento en Semana Santa, como me meta en una bulla a ver un paso, dejo sin ver a media calle. Además, como no tengo manos, no puedo llevar cirio ni tocar los palillos. Así que veo la Semana Santa en la tele y en Feria me voy a Chipiona, a las Tres Piedras, que está más tranquila.

Esa es otra, el color de su piel para el lorenzo de Sevilla…

Digo, tampoco estuvo acertado el alemán. Me podía haber puesto en el pantone un poco más de melanina…

Mickey y Minnie, Donald y Daisy, David El Gnomo y Lisa. ¿Nunca ha echado en falta una pareja?

Una Curra, ¿no? (ríe a carcajadas) No mucho, la verdad. Quizá tenga que ver la indefinición sexual con que mi padre me concibió o mi lucha con ciertos complejos… No sé. Puede ser que a medida que me haga viejo eche de menos tener alguien a mi vera. Hablaremos con Julio Cuesta para que en el cincuenta aniversario de la Expo presenten a Curra (sonríe con cierta tristeza).

¿Existe algún club selecto de mascotas, tipo Club Bilderberg?

Que yo sepa no. Hay dos opciones: que no exista o que yo sea tan chungo como para que no me inviten. Puestos a imaginar, me lo imagino presidido por Zakumi, la mascota del Mundial de Fútbol de Sudáfrica, que tiene cara de malo de manual… y me imagino en una esquina a los nuestros: Cobi, Naranjito, Palmerín, Giraldilla, Fluvi, a mí… a los pringaillos de España, con menos poder que un concejal de Cuenca, como decía Chiquito.  

Por cierto, ¿cómo anda Naranjito?

No anda, rueda. Se ha puesto como un sollo. Habría que irle llamando Naranjón. Es como Maradona pero en mandarina. Además ha reventado la equipación ceñidita que le pusieron. Está incapaz, y eso le ha agriado el zumo… el carácter, quiero decir.

 ¿Nos veremos dentro de otros veinticinco años?

Espero que sí, pero de otra manera. Me gustaría que la Expo quedara como un maravilloso recuerdo para los sevillanos y como el año cero a partir del cual Sevilla comenzó realmente a construir su futuro sin miedos ni complejos. La mejor celebración de esos cincuenta años sería no necesitar una nueva Expo; significaría que esta ciudad, por fin, estaría entre las grandes urbes del mundo.

 

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