Curro González no quiere explicaciones

Por Marta Carrasco.

Rescatar la práctica pictórica con nuevos discursos parece haber sido el trabajo que se impuso el pintor Curro González (Sevilla,1960), desde los años 80, cuando se forjó uno de los grupos artísticos más interesantes del último tercio del siglo XX en nuestra ciudad. El encuentro de aquella “Generación de los 80”, fue casual, como muchos de sus protagonistas confesarían años más tarde. “Nos juntamos porque nos hicimos amigos, coincidíamos sobre algunas cosas del panorama artístico y simplemente nos íbamos de copas”, confiesa Curro González, aunque dice que hubo muchas menos copas de las que se cuentan, “éramos serios. Queríamos pintar, y eso hicimos”.

El artista presentó en la galería Rafael Ortiz una exposición con un título muy evocador, El regreso del hijo pródigo, con dieciséis obras realizadas en los últimos tres años de mediano y gran formato. Sigue el artista autorretratándose, en esta ocasión en una especie de vagabundo-topo que está en medio de otros elementos y símbolos que suele usar en sus creaciones. En sus obras combina de una forma muy fresca la pintura con el dibujo consiguiendo una enorme cercanía, siempre en un espacio abstracto.

La saturación

Curro González confiesa haber llegado a un punto de saturación al tener que explicar su obra, “estaba harto de eso y de leer las explicaciones de otros colegas sobre lo que hacen. Finalmente parece que los artistas reflexionan demasiado sobre lo que ocurre, todo muy elaborado, y todo eso me parece muy artificial, porque la pintura tiene una componente sensual que yo intento recuperar en cierto modo. Por eso, la idea de regresar a un sitio del que en realidad nunca he salido”. Ha dicho muchas veces que eligió la pintura, “es lo que he hecho toda mi vida aunque he creado escultura y animaciones, pero el sustento de mi trabajo es el dibujo y la pintura”,  y sigue fiel al lienzo, y eso le ha hecho ser incluso un artista “incómodo” porque su obra es fácil de ver, aunque la génesis y su contemplación más detenida, esté llena de complejidades.

En estos últimos años parece necesario que los artistas expliquen su obra. En los museos aparecen enormes cartelas que son casi tesis sobre cada pieza, algo sobre lo que ha reflexionado mucho el pintor. “Creo que en una inmensa mayoría de cosas que veo hay todo ese aparato de explicación que ha llevado a una buena parte del arte contemporáneo a lo que antes era la academia”. Sus obras cuentan vivencias personales a las que no es necesario acceder como si fueran un jeroglífico. “Yo no quiero explicar mis cuadros. Creo que el espectador encontrará sus propias vías de acceso”. El pintor huye de dar “pistas” al espectador para que éste encuentre las suyas propias, “porque el exceso de explicación y de análisis, y tanto estudio sobre qué estrategias tomar sobre el arte o sobre qué tiene que hacer el arte, al final, deja muerto al animal”.

Mucho se especula en los últimos años sobre el “fraude” que a veces rodea al arte, e incluso críticos muy beligerantes como la mexicana Avelina Lesper lo denuncian sin tapujos con contundentes argumentos. González afirma que “fraude ha habido siempre. Yo distinguiría entre el fraude puntual, que sí lo hay, a lo que podría denominarse una construcción artificial sobre ese mundo, y ahí yo creo que hay una superestructura que termina por destrozarlo todo y por no dejar el espacio de libertad que el artista necesita, y que el espectador tendría que tener para poder comunicarse con la obra, algo que se ha quedado fuera. Últimamente, visitamos museos y centros de arte y nos encontramos una publicación desplegada por las paredes de la exposición. Es una locura de formato. No se puede hacer una exposición como harías un libro. A veces se produce un exceso de información. Y luego cada vez veo más gris, un aburrimiento en muchas exposiciones que se transforman en documentación. Puntualmente puede ser necesario, pero no podemos crear el arte con esa fórmula de arte conceptual, de documentación y archivo, porque volvemos a la academia en el peor sentido”.

Arte y mercado

El mercado manda en el arte, sin duda, y aunque muchos artistas lo demonizan, al final terminan en él. “Es que el artista que no tiene visibilidad y no llega al mercado, al final no puede vivir de lo que hace. Con el tiempo el propio mercado a veces lo recupera… pero pasado el tiempo. Es un sin sentido, pero es así”. Esta forma de entender el arte deja atrás a muchos creadores, “siempre he dicho que aquí en España ha habido en las estrategias de muchas galerías algo así como un patio del colegio y los niños jugando al balón: todos corren detrás del balón, y así no se puede jugar al fútbol. Es decir, todos siguiendo una misma línea, y eso es muy notable en cuanto a la situación de los centros de arte donde falta variedad, criterio y una línea diferente y opiniones distintas, y que puedan hacer visible cosas que a lo mejor no son las que se están viendo en otros sitios, pero que dentro de unos años tendrían un valor. Tenemos en pedestales artistas que en los años 70 no tenían tanta consideración, y ahora postergamos a otros muy interesantes. Es un péndulo peligroso”.

Una de las cosas más difíciles para el pintor es la proyección internacional. “He intentado salir fuera y te das cuenta que sin el apoyo de tu país es muy difícil entrar en el mercado internacional. La realidad es que la proyección del arte español en el exterior, es irrelevante. Así como en las vanguardias había artistas españoles, o mejor dicho, artistas españoles que estaban en París y tenían una situación en el mundo internacional, ahora eso no existe. El surrealismo se produjo al mismo tiempo en España que en Europa, pero el país fracasa con la Guerra Civil y se frena todo. Desde entonces no hemos vuelto a llegar a tiempo a ningún contexto artístico porque el mundo del arte está dominado por los anglosajones, o en el caso de Alemania por el enorme poder económico”.

Le preguntamos por el papel del sur en el arte. González es rotundo al afirmar que “cuanto más bajas hacia el Sur, incluso en España, se ven disminuir las ayudas y el interés de la gente por el arte. Si no hay un cariño y una atención por cosas valiosas como las que hay aquí, como el Museo de Bellas Artes, ¿por qué deben interesarle los que trabajamos en el arte? Y no cambia la política. Hace diez años, la que fue ministra de Cultura, Carmen Calvo, me insistía en que los artistas teníamos que hacer algo… y ¿los políticos?”.

Mientras tanto, Curro González sigue pintando sin pedir explicaciones.

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