El culto de los antihéroes, o el camino fácil

La idolatría, del griego eidolon (imagen o figura) y latris (devoto o adoración), es etimológicamente la adoración o devoción a las imágenes. Este es un concepto que la tradición cristiana más antigua ha usado siempre con connotaciones negativas por asociación al paganismo. No obstante, en nuestra tradición católica, más benévola con el culto a las diferentes  advocaciones y que cuenta con una gran profusión de santos e iconos de devoción, se percibe a las diferentes imágenes pías como motivos de culto, ejemplos de diferentes maneras de identificarse con un plano más alto y divino. Y desde un punto de vista existencial como un ideario aspiracional para acercarse a Lo Divino. Esto es, que cada santo o virgen ejemplifica una manera de acercarse a Dios y, por ende, una manera de ser mejores, más próximos a lo perfecto, entendiéndose en este caso la idolatría no como una forma de alejarse de dios, sino al contrario, como una manera transversal de acercarse a él.

En el plano profano, que es el que a mí me interesa, aunque solo se explica culturalmente a través del divino, la idolatría puede referirse a todos los fenómenos sociales donde son adoradas y creadas diferentes percepciones, sobre todo a través de “ídolos” que gozan de gran popularidad y admiración. Estos ídolos pueden ser conceptos abstractos, o pueden encarnarse en personas concretas que ejemplifican ciertos valores con los que nos queremos identificar.

Sin embargo, la idolatría, desde un punto de vista secular, es también un arma de doble filo, como lo ha sido en el histórico debate cristiano entre católicos y protestantes. La idolatría, como dijimos antes, puede ser una manera transversal de acercarse a lo divino, pero del mismo modo puede ser una manera de alejarse definitivamente de él, pues en este modo de aproximarse a dios existe el peligro de acabar venerando solo la forma o imagen y no el concepto que representa.

Volviendo a la dimensión social, esto es algo que también puede acontecer, de manera que el lado positivo de la idolatría, que es aspiracional, se desvanece y se acaba por imitar más las formas que reflejan estos ídolos que los valores que encarnan. Es algo aún más extraño cuando lo ídolos son encarnados por personas, pues se termina imitando actitudes, formas y apariencias, en lugar de modelos de comportamientos.

Cuando se venera e imita la imagen de algo superior, incluso cuando se hace de una manera superficial, siempre queda la esperanza de contaminarse positivamente de algo de lo que desprende ese objeto de culto e imitación. Pero, ¿qué pasa cuando se imita a un antihéroe o a un antiídolo?

Los altares modernos que consagran los medios de comunicación más populares están erigidos  y dedicados a veces a antihéroes y antiídolos que incluso pueden llegar a encarnar sin pudor valores negativos. Artistas, políticos y personalidades de la sociedad ya no son admirados por sus carreras, sus obras y sus palabras, sino únicamente por su popularidad a veces mal interpretada, convirtiéndose el fin en más importante que el medio. No es difícil encontrar ejemplos de personas cuyo comportamiento queda lejos de ser digno de admiración y que, sin embargo, lejos de sufrir el escarnio de la sociedad, obtienen de ella un interés aún mayor, adquiriendo por defecto una dimensión superior y más requerida en los medios de comunicación.

Este hecho perverso, el de convertir en ídolos a personas que no son dignas de admiración, tiene fácil explicación. La inmediatez en la que está sumida la sociedad actual es el gran nutriente que ceba la futilidad y el simplismo del pensamiento crítico global e individual. Hoy en día los individuos quieren lo fácil y prefieren tener referentes fáciles también. Los héroes tradicionales son inalcanzables, con ellos sólo es posible la identificación personal a través del esfuerzo. Acercarse a ellos es un camino arduo, y no siempre lleno de recompensas, la gratificación única posible es la de ver cada vez un poco menos grande esa distancia inmensurable que nos separa de la perfección, nunca alcanzable. De hecho, una alta educación del pensamiento crítico individual es más probable que conduzca hacia el inconformismo o la frustración, que bien mirados pueden ser un motor vital para muchos, pero que exige enormes esfuerzos.

Sin embargo, los antihéroes son la solución inmediata a esta frustración existencial de la sociedad que, vaga y perezosa, prefiere el camino más fácil. No sabemos cómo, pero en cuestión de un par de decenios nuestros antiguos ídolos han ido desapareciendo poco a poco y siendo sustituidos por otros mucho más inocuos. Enalteciendo a las personas vulgares y carentes de interés que pueblan nuestras televisiones, revistas y otros altares del siglo XXI, hemos conseguido dar la vuelta a la tortilla, de manera que todos aquellos a los que se les supone el éxito, lejos de ser inalcanzables, son todo lo contrario: corrientes, vulgares, a veces zafios. Se comportan de una manera corriente, vulgar y zafia, y se expresan con un lenguaje corriente, vulgar y zafio. A veces, incluso ejemplifican un ideario de lo ilegal, de lo antiético y de lo antiestético, y sin embargo siguen ahí, teniendo una posición referencial en esos malditos altares del nuevo siglo, porque con ellos gran parte de la sociedad se puede identificar simplemente por asimilación, sin necesidad de esfuerzo. Estos antihéroes proliferan sin dificultad porque pueden ser cualquiera. Los antiídolos tienen éxito porque pueden ser incluso peores que cualquiera de nosotros, son personas que no nos inspiran especial respeto ni nos hacen sentirnos inferiores al verlos ocupar un lugar de relevancia social.

Ignoro cuáles serán las consecuencias a largo plazo de esta crisis intelectual generalizada, pero confío en la inercia pendular de los movimientos culturales y espero que, de la misma forma que se ha generado la situación actual, algo desencadene una reacción que invierta este proceso y  nos lleve a un periodo que dé satisfacciones más elevadas. Y que esas satisfacciones se conviertan de nuevo en objeto de culto para que la sociedad aprenda de nuevo que el esfuerzo y el camino más arduo recompensan con premios más sólidos.

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