Cuidado con el palo… que me han dicho que es de goma

Bueno, bueno, bueno, lo que traigo para este número de LaMUY. Como diría aquel, “hay gente pa tó”. De toda la vida en el deporte ha habido tramposos, son casi que necesarios, un toque de picardía y poca vergüenza da su punto a las competiciones. Pues leyendo noticias y anécdotas sobre deportistas he recordado una de las trampas que más me han llamado la atención durante mi carrera periodística. Ya lo predijo Emilio Aragón, cuidado con Palo… que me han dicho que es de goma. Todo muy educativo. 

Resulta que en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 trincaron a dos húngaros, ganadores de sendas medallas, haciendo trampas. Fueron cazados el lanzador de disco Robert Fazekas y el de martillo Adrian Annus.

Fazekas lanzó el disco al cielo de Atenas y voló hasta los 70,93 metros de distancia, estableció un nuevo récord; el gigante del Este estaba feliz en el podio escuchando el himno de su país y pensando en la comilona que le esperaba cuando llegara al hotel de concentración. Tras unos minutos de felicidad, fue llamado al orden por los responsables antidopaje para realizar un control de orina: she, she, she, documentación. Entró aquella criatura en el despachito del doctor, se sacó el miembro por una de las perneras del pantalón, pero el doctor allí presente y pendiente de la operación atisbó que entre las piernas del atleta seguía habiendo un pajarito. El húngaro fue obligado a desnudarse y apareció el artilugio. Este señor estaba compitiendo con… ¡dos penes! Pero es que su compatriota, el lanzador de martillo, hizo tres cuartos de lo mismo. Ambos atletas llevaban escondidos un pene de goma con el quel pretendían hacer los posibles controles antidopping.

He querido seguir indagando, he preguntado a algún que otro compañero que cubrió aquellas Olimpiadas y, por lo visto, todo es real. Dicen que los doctores eran reacios a tocar los miembros de los atletas, pero que después de aquello no hubo más remedio que ponerse guantes de látex y coger más de un falo.

Ahí no quedó la cosa, alguna que otra oveja descarriada ha seguido utilizando este “truco” para intentar hacer trampas: hace unos años fue pillado un italiano con similar técnica.

El invento podía ser adquirido en internet por un precio de 130 euros y consistía en un pene de goma, un esparadrapo para agarrarlo bajos los branlis y un pequeño tubito conectado a una vejiga artificial que se ocultaba en el ano del deportista. Esta vejiga era rellenada con orina limpia y, con el común gesto masculino a la hora de evacuar, se aprieta un minúsculo gatillo que hace verter el líquido sano. Por lo visto, los penes estaban muy conseguidos, la textura y la forma eran siempre similares así como los grosores y longitudes. Lo único que cambia son las tonalidades: hay cinco colores de penes, entiendo que según la raza del deportista se elegirían unos u otros. Me imagino a esos dos húngaros en casa, de noche, metidos en Amazon para elegir el tono, como el que se hace una camisa a medida. Lo único que no estaba conseguido de aquellas churras era el clásico escurrido o sacudido final: se cumplía a rajatabla la ley del martillo, la última gotita al calzoncillo.

Así ocurrieron las cosas. Aquella mañana se levantaron los dos compadres, su desayuno completito, su paseíto, su buena cagada y empezaba el ritual. Ya lo habían usado antes, pero cada ocasión era especial. Ponían música de relajación, sacaban sus penes de goma, recargaban sus depósitos y uno ayudaba a otro a colocárselo. Era algo extraño para ellos aunque sabían que aquellos penes les darían la gloria. Me imagino que se montarían en la camioneta que los llevaba al estadio de la competición, sentados e incómodos, imagínense. Andando por los vestuarios y zonas mixtas más estiraos que el cuello de Camilo Sesto, disimulando y controlando bien las texturas, no me quiero ni imaginar que a uno le entraran ganas de miccionar y se equivocara de miembro… los slips como bolsitas de tila repletos de orín. Cuando llegó la hora de la verdad, allí que salieron los dos al estadio, se colocaron sus dobles miembros y cogieron el disco y el martillo. A partir de ahí todo pasaba por la confianza en las sustancias que habían tomado y en el pegamento del esparadrapo para que no nos encontráramos con el extraño caso del pene volador.

Después de indagar un poco más sobre esta historia me he venido a Hungría a buscar al hombre con dos penes. Lo vi el otro día en el supermercado de un barrio, fui a preguntarle pero no le caí del todo bien, creo yo… Imaginaos cómo son las manos de Fazekas, los dedos son botellines de Cruzcampo. Me dijo dos o tres cosas en su idioma -yo creo que se cagó en mis muertos-, la cosa se puso violenta y me tuve que marchar.

Y después de esto, dices tú… al corredor de bici español que cogieron por dopaje lo tendrían que haber indultado al minuto. Lo mismo es venirse arriba y doparse con un chuletón y una botella de vino que con un pene de goma.

Además otra cosa, como se te enganche el esparadrapo en el vello púbico los húngaros iban a llorar pero no precisamente porque le quitaran la medalla. En fin, hay gente pa tó.

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