Cuatro pantallas menos, un The End más

Esta semana me encontré con la triste noticia que anunciaba que una de las tres últimas salas de cine del centro de Sevilla cerraba sus puertas para convertirse en un hotel. Uno más (y una menos).

Alameda Multicines desaparece y no puedo evitar tirar de recuerdos, ya que esta fue una de las salas en las que tuve mis primeras experiencias cinematográficas allá por los ochenta. Antes, para ver las últimas novedades había que ir al cine, no cabía en nuestras cabezas lo que décadas después significaría internet para todo el consumo cultural. 

Muchas salas de cine han cerrado antes, salas grandes, cómodas, teatrales, en las que llegué a ver películas junto a mi padre o mi madre, hitos de mi vida infantil como The Gremlins (fui a verla hasta en cuatro ocasiones, agotando la paciencia de mi madre), E. T. (también la vi otras tantas); filmes como Terminator o Robocop, esa que Paul Veerhoven dice que hizo sobre Jesucristo. También otras, más a gusto de mis progenitores, quedaron en mi memoria cinéfila como El color púrpura, Kramer contra Kramer -con Dustin Hoffman y una Meryl Street que siempre me recuerda a mi madre-, Hannah y sus hermanas o Platoon. Era otra época, en la que no existía la calificación por edades o sencillamente no se le daba tanta importancia. Todas las recuerdo, algunas de ellas en los cines Alameda, el barrio en el que vivo desde hace ya más de veinte años. 

Todo esto puede parecer un proceso lógico en una cuidad como Sevilla, que se dirige de una forma “natural” hacia la turisticación como primer motor económico, o eso dicen  nuestros dirigentes. Pero claramente todo tiene un precio: se están perdiendo espacios únicos, lugares que habitan nuestra memoria como ciudadano, con una imagen de otra época difíciles de copiar o reproducir con la autenticidad que solo otorgan los años.

Por otro lado, contamos desde hace años con uno de los festivales de cine más respetados y consolidados de Europa. Aparte de ser un fantástico punto de encuentro para la industria del cine, tiene una salud envidiable. La semana de proyecciones llena todos sus espacios, gracias a un público, el de esta ciudad, ávido de un cine diferente, de autor, más independiente si cabe. Me surge la duda de si sería posible proteger más estos espacios antes de su inminente desaparición, ya sea por su escasa rentabilidad debido al consumo de cine en las nuevas plataformas de distribución y visualización, o por la oferta comercial de estas salas, obviando a este público emergente con ánimo de poder consumir algo diferente en pantalla grande durante todo el año. 

Quizás el Avenida sea nuestro último reducto… e ir al cine un acto de resistencia.

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