Cronistas del centro del mundo

Autor: Fátima Ramírez
Sevilla tiene puerto de mar y, a veces, se nos olvida. El Guadalquivir hasta Sevilla no es un río, es una bocamanga del Atlántico, al menos en términos de navegabilidad. Pero en Sevilla no le hacemos mucho caso. De las aguas del río, que hoy es un canal, Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano partieron en la búsqueda de un sueño redondo. En su devenir consiguieron un hito histórico que en Sevilla también se pasa por alto, con esta expedición señalaron la milla cero del mundo en la mismísima Plaza de Cuba, junto al Museo de Carruajes. Pero claro, no viajaron solos, en su tripulación hubo alguien que, más por empeño que por experiencia marinera, fue el encargado de hablar de la historia del viaje aunque poco hable de él la Historia. 

Antonio Pigafetta fue un noble italiano mitad aventurero, mitad periodista. Un lenguaraz de la época que vino desde Venecia a Sevilla, pasando por Málaga, con sus cartas de presentación bajo el brazo para apuntarse a uno de los viajes más fascinantes de todos los tiempos. Pigafetta embarcó como supernumerario, un cargo reservado para los nobles jóvenes, y con el seudónimo Antonio Lombardo. El italiano fue uno de los 18 hombres de la expedición que regresó al viejo mundo y tuvo la misión de dejarlo reflejado en su Relación del primer viaje alrededor del mundo. Uno por uno describió los hitos de la hazaña que comenzó Magallanes y remató Elcano convirtiéndose a la par en navegante. En su cuaderno narra la gloria de encontrar y cruzar el Estrecho de Todos los Santos, fue pionero en escribir sobre la Patagonia y firma el primer registro sobre la lengua cebuana de Filipinas. Pero Pigafetta no se centró sólo en los hitos históricos, tuvo a bien detenerse en la faceta más humana de la aventura y describir cómo el serrín agusanado era su único sustento y ellos, a su vez, un manjar para el escorbuto. Además, el noble “reportero” tuvo tinta para enumerar las miles de especies, animales y vegetales que fueron encontrando en su camino.

No pudieron con él las heridas que sufrió en la batalla de Mactán, donde Magallanes perdió la vida, y tras desembarcar junto a Elcano en Sevilla el 8 de septiembre de 1522 puso fin a su diario y decidió emprender un segundo trayecto. Pigafetta entregó en persona su manuscrito al rey Carlos V, pero también a los monarcas portugueses y franceses y al Papa Clemente VI. Pero todo esto, como el sabor del río, ha quedado en el olvido.

Ahora, cuando falta un año para que se conmemore el quinto centenario de aquella primera vuelta a la Tierra, Pigafetta vuelve a surcar el río Guadalquivir de la mano de otro cronista de su tiempo. Y no lo hace para emprender la búsqueda de un nuevo destino, sino para quedarse en las aguas de Sevilla y pasear por ellas a todo el mundo. Es otro lenguaraz, pero de esta época, el que se ha empeñado en corregir a los desmemoriados que se olvidaron de que el Guadalquivir, en Sevilla, es nuestra mejor calle.

Pepe Da Rosa es un hombre de mar nacido en una familia de secano. Un día en la playa quiso hacer esquí acuático y terminó convirtiendo la vela en su mayor pasión, con permiso de la radio. “Todo puede ser –confiesa- porque piscis es mi signo del zodiaco”. Arropado por “su socia en casa y fuera de casa”, ha tenido la osadía de emprender una aventura en barco para cumplir un sueño sin salir de Sevilla. Ha aunado el mar, la navegación, el turismo y la excelencia en 15 metros de eslora y 4 de manga, los que mide su Puerto de Indias de su alma, que así rebautizó el barco gracias a un acuerdo comercial con la marca de ginebra made in Carmona.

Da Rosa se da a su tierra, aunque eso no lo diga, y se ha empeñado en otorgarle prestancia a los paseos por el río. “El nuestro no es un barco para dar paseos a un montón de turistas que van en sillas de plástico, queremos ofrecer un servicio de calidad”. Para marcar la diferencia en el sector turístico fluvial dio “siete vueltas a España literalmente” hasta dar con la embarcación adecuada, “un barco clásico, un yate americano Troullier muy peculiar, con mucha estabilidad”. A bordo pueden viajar hasta diez pasajeros más la tripulación para celebrar eventos, reuniones privadas, presentaciones de productos, charlas, cenar o pasear; “gente -dice Pepe- que quiera saborear la vida manera especial”.

Una de las propuestas a medida es la de que un grupo de amigos pueda disfrutar de los partidos del mundial de fútbol mientras surca la dársena del Guadalquivir, con cerveza, gin-tonic y aperitivos, y sin necesidad de enchufar el aire acondicionado, porque la terraza del Puerto de Indias lo lleva incorporado a modo de brisa marinera.

Los de fuera, y los de aquí, disfrutan del barco, se asombran con el navío… hasta que arranca el motor. Quedan boquiabiertos cuando ven Sevilla desde un ángulo distinto, porque “Sevilla desde el río es una desconocida, una ciudad que maravilla cuando ofrece la perspectiva de sus dos orillas”. Y ahí, mirando desde la orilla, llevan anclados los sevillanos desde hace tiempo.

¿Los motivos? Disueltos en el agua. Por un lado está una administración que no se moja, que es lenta y pesada, y para la que cualquier novedad que se le presente se convierte en una traba imposible de sacar a flote, “todo lo que no está en el formulario B14 que está en la estantería 3A no existe”. Dormitan en los cajones los proyectos que tratan de sacar partido al territorio por el que transcurre el Guadalquivir, ninguno ha visto la luz de momento, así que más que un punto de unión, tenemos una muralla de agua que parte Sevilla. “Es falso que el río nos pueda unir, el río nos separa y no hacemos nada. La dársena podía ser una marina impresionante pero no la aprovechamos. En otras ciudades los ríos son canales donde la gente vive, puedes ir al Sena o al Támesis y encontrarás mil barcos”. Pero aquí no, aquí se nos ha olvidado.

No somos conscientes de que el Guadalquivir en Sevilla es una calle más. Una avenida cuajada de árboles, con sus vehículos a motor y con sus vehículos a pedales, o a remo, para quienes practican deporte, con sus veladores en la orillas, con sus balcones para mirar al que pasa mientras te dejas ver y con sus atascos, eso sí, sobre los puentes. Así al menos lo ve, o mejor dicho vuelve a verlo, Pigafetta.

Si usted tiene memoria vaya al Guadalquivir, no tiene pérdida, y dígale a Pepe, el marinero en tierra que es alter ego del cronista de la primera circunnavegación del globo, que le dé una vuelta. Lo encontrarán en la orilla de Triana mirando a Sevilla, por si necesita más señas.

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