Crónicas del zeppelín

Los periodistas Corpus Barga y Núñez de Herrera narraron la llegada a Sevilla del Graf Zeppelin el Miércoles Santo de 1930. El primero, corresponsal de La Nación de Buenos Aires, viajaba en el aparato. El segundo lo contó a pie de calle: “El dirigible apareció en el horizonte como un pez de leyenda…”. 

Ellos, que venían del idioma en llamas sobre todas las cosas, le pusieron a la prosa velocidades que antes no tenía. Hicieron de los periódicos una estafeta de afectos, un cantoral, el corcho de sus pasiones, el diccionario audaz de cada día. Todo lo que escribieron lo hicieron con la forma exacta del entusiasmo. Con el pulso de saber decir lo que habían visto. Nunca entraron en el viejo debate de la cantidad de Literatura que admite una gaceta. Lo suyo iba más por demostrar la cantidad de periodismo que cabe en la Literatura, que es mucho.

Al frente de esa cofradía de autores estaba Corpus Barga —o quien viene a ser lo mismo: Andrés García de Barga y Gómez de la Serna—, uno de los más destacados periodistas españoles de los años de la República. Él nació en Madrid en 1887 y murió en Lima (Perú) en 1975. A lo largo de su vida escribió poesía, novelas, ensayos, pero sobre todo decenas de miles de artículos, donde desplegaba no sólo un lenguaje propio, sino una elegancia en extinción, un olfato desmedido para contar de lo nuevo lo importante, capaz de hacer ver de lo real lo posible.

De aquel planetario de tipos capaces de dotar a las cabeceras en las que escribían de una ráfaga de cosas distintas también formó parte Antonio Núñez de Herrera. Lo hizo apresuradamente, pues apenas le dio tiempo a cumplir con el penúltimo estirón de la edad: vino al mundo en 1900 en Campanario (Badajoz) y murió a los 35 años, inesperadamente, durante un retiro familiar en el Algarve portugués. En sus pocos años en el oficio dejó una obra de percepciones modernísimas. Seria, informada, profunda de visión y de concepto. De cuando ser periodista era algo colosal.

Ambas biografías –aparentemente tan enclavijada cada una a su mundo- anidaron en el vuelo del Graf Zeppelin por Sevilla, donde hizo escala el 16 de abril de 1930 en su travesía desde Friedrichshafen (Alemania) a Pernambuco (Brasil). Cuentan que caía en punta un calor amarillo ese Miércoles Santo. Núñez de Herrera contó a pie de calle la llegada de la aeronave para El Noticiero Sevillano. La pieza la incorporaría después, con modificaciones, al libro Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa (1934) bajo el título Épica del dirigible y la torre. Por su parte, Corpus Barga, corresponsal en Berlín del periódico argentino La Nación, era uno de los pasajeros del dirigible.

El desembolso económico que realizó La Nación en esta aventura fue considerable: 3.000 dólares de la época. El periódico bonaerense tuvo que pagar el elevado precio del billete, la vuelta del periodista a Europa y el seguro en el dirigible. Otro gasto elevado, al parecer, fue el de los radiogramas enviados desde el aire. Las dificultades, sobre todo al comienzo del viaje, para transmitir una información larga cada día fueron notables, aunque Corpus reconocería más tarde las ventajas de estas limitaciones: “La información ganó con semejante sistema de cuentagotas. Resultó original, dividida en observaciones abundantes y concretas. En el periodismo, como en todo, las dificultades mejoran la obra”.

“En el poniente se enciende también el globo rojo del sol, entre cortinas de negras nubes. Las descorremos y entramos en el cielo de Francia”, anota Corpus Barga. “Los pueblos españoles parecen presentarnos armas con las torres de las iglesias”. “La dureza del ambiente se ha concretado en un mar de nubes. Parece así que vamos sobre patines sobre hielo”. “Pasamos por Almería, moruna, chata, blanca, con el anillo de la plaza de toros en un dedo. Vemos correr por las calles y reunirse en los paseos a muchos puntitos negros. Hay moros en la costa”, bromea el periodista madrileño en su descripción de la capital almeriense.

Así, Corpus Barga realiza apuntes breves, sugerentes, llenos de aires de vanguardia. En ellos, reconoció Juan Ramón Jiménez la prosa más cubista escrita jamás en castellano: “Vamos España adelante, hacia Sevilla. La sombra del dirigible nos precede, como un perro de lazarillo. Vamos descendiendo. El ruido de los motores pone en fuga a potros y toros (…)”. Y añade: “Sevilla aparece como una paloma sujeta con la cinta del Guadalquivir. Damos vueltas sobre la ciudad. Vemos una fila ininterrumpida de automóviles que corren hacia el puerto aéreo. Distinguimos a la gente, que nos saluda desde las terrazas. Un niño nos envía los reflejos de un espejo”.

El Graf Zeppelin, pilotado por el doctor Hugo Eckener, era una gigante aeronave que medía más de 230 metros de longitud y que volaba a unos doscientos metros de altura, con lo cual era perfectamente visible desde el suelo. Así la descubre Núñez de Herrera en el cielo de Sevilla: “El dirigible apareció por el horizonte como un pez de leyenda. El cielo claro se mudó, al conjuro y la visión del magnífico cetáceo, en un fondo de mar intercalado de esponjas y pólipos gigantescos que suelen ser nubes ordinariamente (…) Y el dirigible, más bajo, de reluciente, hizo una cruz gigantesca al interferir la Torre”.

“El Zeppelin volando sobre la ciudad: la nueva canción de los motores y la solera de las tonadillas de Semana Santa. Sevilla desde sí misma, en el día en que está más ensimismada, saliendo más fuera de sí, unida en una intersección de dos líneas, la que ahonda en el pasado y la que vuela al porvenir, sumada en una conjunción de lo nuevo y lo añejo; cierta en el aspa de dos líneas, creadoras, por la sola virtud de su cruzamiento, del mejor punto de partida. Sevilla celebrando la Semana Santa bajo el vuelo de un dirigible…”, relata Núñez de Herrera.

Curiosamente, la imagen del dirigible en las inmediaciones de la Giralda dio lugar a propuestas delirantes, como la que realizó Ramón Gómez de la Serna –sobrino, por cierto, de Corpus Barga- en el Diario de Madrid el 19 de enero de 1935: “Se está estudiando el poste de amarre del Zeppelin en Sevilla. Yo hubiera propuesto poéticamente que el poste de amarre hubiera sido la Giralda, para dignificarla con otro avatar que la hiciese ser la más moderna y erguida rosa de las torres. Ya que se subvirtió su destino y quedó convertida en torre de catedral cuando había sido edificada por los moros para perpetuar una batalla en que los cadáveres de los cristianos cubrieron totalmente el campo, ahora podría ser asta para amarrar zepelines”.

Con todo, hay que seguir el relato de Corpus Barga para descubrir qué sucedió en Sevilla con el dirigible, donde se vivieron momentos de tensión, especialmente en la maniobra del amarre: “Los soldados del cuerpo de ingenieros, formados, parecen soldaditos de plomo. El Graf Zeppelin empieza a hincar el pico. Empezamos a oír las voces militares. Cae del dirigible una cuerda y se oye un grito. Cincuenta, cien soldados se cuelgan de ella”. “Cuatro cuerdas y en cada una un racimo de hombres sostienen ya al Graf Zeppelín. Algunos de estos caen arrastrados. Otros quedan colgando. La tierra sube o el dirigible desciende. A la voz de mando llegan otros soldados y sujetan, en fila, las barras inferiores. El aerostato se rinde. Está hecho prisionero por la fuerza pública”, concluye la descripción de la maniobra.

La ciudad recibió entusiasmada el aparato, sigue contando Corpus Barga: “El recibimiento de Sevilla ha sido una bocanada de entusiasmo y de calor. El entusiasmo fue reflexivo. El público no va a ver a los viajeros. Le interesa solamente el Graf Zeppelin. Hemos tardado en venir desde el aeropuerto al hotel tanto como desde Huelva a Sevilla. Todavía continúa la fila de automóviles, camino del aeropuerto”. Y añade: “Sevilla está haciendo esta noche un pintoresco velatorio al dirigible. El aeropuerto convertido en feria, con puestos de bebidas, es visitado por una multitud que rinde culto al Graf Zeppelín, rival hoy de la Macarena. Un servicio especial de autobuses funcionará durante toda la noche”.

Una vez que el dirigible, días más tarde de su llegada, ha repostado gas por medio de una manguera –“el monstruo se desayunaba con un macarrón interminable”, en palabras de Corpus Barga-, sale de España por encima de Chipiona (Cádiz) con rumbo a Canarias y a América. En ese trayecto previo a cruzar el Atlántico, un recuerdo final de la capital hispalense: “Ha subido en Sevilla, como viajera, la Macarena en estampa, regalada por la cofradía sevillana del mismo nombre. Ha sido colgada en el comedor, frente al mapa. Unos se acercan al mapa. Otros, a la Virgen”.

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