Cristina Hoyos

Las suelas de sus zapatos han acariciado los mejores escenarios del mundo, las yemas de sus dedos han tallado el aire de los más exigentes teatros. Esta geisha jonda mira desde las tripas, el lugar donde siempre buscó el manantial de su baile. Arco tensado entre la pasión y la técnica, barroco tamizado por la esbeltez de lo contemporáneo. Genialidad que enseñó los dientes a sus complejos e inseguridades, pionera que desbrozó caminos por los que hoy avanza el baile flamenco sin dejarse enganchados jirones de pureza. Agradecida con sus maestros, justa al reconocer el trampolín que lanzó su carrera, Antonio Gades; comprometida con sus principios, jamás temió mostrar su ideología. Humilde a pesar de sus más de cuarenta galardones nacionales e internacionales, algo reservada hasta que su sonrisa nos franquea el paso a las entretelas de su alma. Es Cristina Hoyos, la bailaora de porcelana y sangre.

¿Qué queda de aquella niña de la calle Vírgenes?

Mucho, porque no me olvido de mis raíces ni de dónde vengo. Nací en una casa de vecinos en el centro de Sevilla, el corral Trompero, en una familia muy humilde. Me acuerdo de haber pasado mucha necesidad, pero tuve una infancia muy feliz. Mi padre compró una radio a dita y, cuando llegaba del colegio, la encendía y me ponía a bailar. Tenía como la necesidad de bailar; en vez de jugar, bailaba. En aquella época ni en Sevilla ni en España había muchas manifestaciones de algarabía, y yo no sabía esa necesidad mía de bailar de dónde nacía.

¿Cómo canalizó esa necesidad?

Afortunadamente mis padres se dieron cuenta. Me ponía a bailar y cantar sola. Había que ir a la radio para darse a conocer, pero yo le decía a mi madre que no. Un día me apuntó, pero yo estaba sin muchas ganas. Con mi timidez fui al programa de radio, canté y bailé, y cuando llegué a la casa los vecinos me hicieron fiesta. Había un guitarrista que le dijo a mi madre “Si fuera mi hija, la llevaría a una academia porque se nota que tiene buen oído, ritmo y compás”. Mis padres, con muchas fatigas porque no teníamos dinero, me llevaron a la academia de Adelita Domingo. Ahí empecé a cantar, pero después me fui inclinando hacia el baile. Al poco tiempo Adelita me metió en el grupo para las Galas Juveniles en el Teatro San Fernando. En el programa había una parte de obras de teatro musical y otra de variedades, donde yo bailaba, con pasodobles, zarzuela, canción lírica, baile español y, lo que menos, flamenco. Para mí, fue una escuela maravillosa: empecé a amar el teatro y me permitió conocer la zarzuela, la lírica, la música de Falla y Albéniz, los bailes regionales…

¿Qué valores aprendió en su casa?

Mi padre era un hombre muy amable, que no estaba conforme con el régimen que había. Los valores eran ser buena persona, trabajadora y honesta. Y así he tratado de seguir. Foto: Niccolò Guasti

¿Por qué se decidió por el baile flamenco?

Empecé a bailar con Adelita Domingo y ella me tocaba algunas cosas flamencas. Falla es muy flamenco, Albéniz también. Cuando empecé con menos de dieciséis años como profesional en El Patio Andaluz había que bailar español y flamenco. Como sabía algunas cosillas por Adelita, ya tenía una noción para hacerlo con la guitarra. Ahí empecé a guitarra y ya me dediqué a partir de entonces más al flamenco.

¿Qué aprendió de sus maestros, Adelita Domingo y Enrique el Cojo? 

Ella me enseñó a no tener miedo a salir al escenario, a creer que eres la mejor y la más grande. También me enseñó que había que tener disciplina teatral, salir con ganas y fuerza creyéndome que era estupenda porque veía los complejos que tenía de flacucha, de delgaducha y pecosa. Amaba mucho el teatro. De Enrique, su amor al baile: ver a una persona coja, gorda, calva y sorda, que cuando bailaba se transformaba… Ese amor lo transmitía y me enseñaba cosas muy flamencas, de la Macarrona y de la Malena. Él era muy flamenco y, a pesar de sus dificultades, se transformaba con el baile.

“ESTOY DESENCANTADA DE LA CLASE POLÍTICA Y AVERGONZADA DE MI PAÍS”

¿Cómo conoció a Antonio Gades? 

Lo conocí cuando llegué a Madrid con veinte años. Yo ya había estado en Estados Unidos con Manuela Vargas y Sevilla se me hacía pequeña. Escuchaba hablar a otros bailaores del ballet de Pilar López, de Rosario, y de los grandes maestros. Mi padre murió y cogí la maleta. Yo me decía “No tengo más remedio que irme a Madrid, tengo que aprender más, conocer a los maestros”. Estuve bailando en un par de tablaos madrileños y un día un bailaor que había bailado con Antonio Gades me lo presentó. Me dijo:  “Voy a formar compañía, me gusta mucho tu baile, aunque creo que necesitas un poco de técnica y prepararte un poco más. Estoy haciendo cine y más adelante montaré la compañía. Acércate, ensayamos un poco y vemos”. Al cabo del año, montó compañía.

¿Qué supuso para usted conocerlo? captura-de-pantalla-2016-11-11-a-las-12-31-59

Para mí fue importantísimo y maravilloso, como si me tocara la lotería. Después de un mes ensayando, me dijo “Ensaya conmigo porque tienes que bailar conmigo”. Le dije que era un gran honor bailar con él, pero pensaba “Qué bien que me haya elegido a mí como pareja, con las bailaoras tan buenas que hay en Madrid”. Me ponía muy nerviosa cuando iba a bailar con él. Yo era más barroca, él más estilizado, entonces pensé “Tengo que estilizarme, saber dar bien las vueltas”, y el poco dinero que ganaba en los tablaos me lo gastaba en maestros que me enseñaran técnica. Yo no quería fallar, y afortunadamente estuve más de veinte años con él y creo que no le he fallado nunca. Todo el mundo le decía que había encontrado a su pareja de baile.

Y de su mano al cine. 

Estábamos en el Ballet Nacional y montó Bodas de sangre. Él fue quien inauguró el Ballet Nacional por encargo del Ministerio, pero estuvo poco tiempo. Entró un ministro al que parece ser que no le gustaba Gades y lo echó. Ese mismo año bailamos en La Zarzuela y Emma Penella le dijo a su marido Emiliano Piedra, productor de cine, que tenía que llevar ese ballet al cine. Cuando hablaron con Saura ya habían echado a Antonio, pero le hicimos el ensayo. Saura quedó fascinado y dijo “No voy a cambiar nada”. Le añadió algunas cosas para alargarlo en la película hasta cerca de una hora. Nos salimos del Ballet Nacional y nos fuimos con Gades, creamos una cooperativa y ahí se hizo la película. Tuvo tanto éxito que luego vino Carmen y El amor brujo. Tuve la suerte de estar en ese momento con Gades.

¿El artista debe mostrar su ideología?

Creo que sí. Todo el mundo sabía la manera de pensar de Gades y la mayoría de los que estábamos con él pensábamos igual. Los artistas tienen derecho a manifestar su ideología; habrá algunos que no quieran que se sepa, pero otros sí.

Usted siempre se ha declarado socialista, ¿le ha perjudicado?

Bueno, me ha perjudicado porque la derecha, o el PP, ponlo como quieras, se ha metido mucho conmigo. Soy independiente, nunca he tenido el carné del PSOE, pero he estado siempre ahí, contenta de ser una persona de izquierdas. En muchos teatros de España, donde los directores eran del PP, no me hoy se hace de todo. Ha mejorado técnicamente, y eso lo ha enriquecido. La técnica hay que ponerla a disposición de tus sentimientos, de tu arte; la técnica te da libertad, seguridad y, si tienes mucho arte, pues todo es mucho mejor.

¿Se hacen aberraciones en nombre de la fusión?

Cuando pones la palabra flamenco, creo que tienes que bailar flamenco, aunque hagas cosas nuevas. Que no venga un extranjero y haga lo mismo que tú; esas pinceladas y matices del flamenco, que los extranjeros no pueden coger, deben estar ahí. Hay muchas fusiones que no están bien hechas: lo que está bien hecho quedará en la historia y lo que no, pasará de moda.

¿Le hace daño el turismo al flamenco?

En los tablaos hay gente muy buena bailando porque ahora, con la crisis, no hay grandes ballets ni compañías. Tienen que echar mano del tablao y de los cursillos, y los turistas se van encantados porque ven buen baile y a buenos artistas. El turismo es el que se está dejando el dinero para que la gente pueda vivir.

¿Por qué dejaría de bailar?

En mi cáncer, dije “Esto no me va a quitar de bailar”. Le preguntaba a los médicos cuándo podría bailar. Y dándome la quimioterapia, que me dejaba echa polvo, a los tres meses estaba en un escenario en Barcelona con un grandísimo esfuerzo. Por la edad, por un problema familiar o que me necesitara alguien, pero no veo otros motivos para dejar el bailar.

En Francia es profundamente admirada.

Desde que fui la primera vez con Gades en 1969 ya me destacaban muchísimo. Cada vez que he ido a bailar he tenido críticas maravillosas, llenos… será por mi forma de bailar y expresarme, los espectáculos muy cuidados… Francia es un país muy cultural. El apoyo a la cultura, de ahí tenemos que aprender mucho. A la gente que tiene talento, la apoyan.

¿Y esa fascinación de Japón por el flamenco?

Eso es como el propio flamenco, un enigma. Quizá porque la japonesa siente esa manera de expresarse hacia afuera, porque ellos son muy de dentro, y el flamenco es una expresión que la sientes y luego la tienes que transmitir. Esa fascinación es porque transmiten algo a través del flamenco.

¿Se siente suficientemente reconocida en su tierra?

Sí, porque cuando voy por la calle, se acerca una señora y me dice “Dame un abrazo, miarma, que eres un orgullo para Sevilla”, con eso me basta. Tengo muchas gratificaciones, medallas, premios de baile, cultura, en España, Francia y Japón. Sí,  estoy bastante reconocida.

¿Cualquier música es bailable?

Toda la música es bailable. Cuando escucho cualquier música enseguida me vienen las ganas de mover el cuerpo y los brazos. He bailado una canción de Lluis Llach en Barcelona. Me queda bailar con un cantante de ópera, por qué no.

¿Qué más le queda por hacer?

Muchas cosas. No sé si las lograré, creo que no por mi edad. Una se levanta siempre soñando. Creo que el musical flamenco está por hacer; no quiero decir que yo fuera la protagonista, pero sí intervenir en la coreografía o un papel de acuerdo con mis canas. Y hay mucho por hacer en el cine, porque los productores saben que una película de flamenco no es productiva, tiene que venir alguien como Emiliano Piedra que se arriesgue.

¿Se imagina haciendo otra cosa que no fuera bailar?

He tenido la suerte de nacer en Sevilla, que es un manantial de arte flamenco, pero si llego a nacer en otro país, seguro que bailo. En Rusia, hubiera bailado clásico o folclore ruso. El baile ha sido el motor de mi vida.  He sido tan feliz en tantos momentos, he podido mejorar mi calidad de vida. Mis hermanas eran bordadoras, trabajaban desde que había luz por la mañana hasta que se iba por la tarde y ganaban unas cuantas pesetas. Yo pensaba “Si bailo cada vez mejor, voy a ganar dinero para mi familia”, y eso me daba mucha fuerza.

¿En qué cree a estas alturas?

En la gente buena, que la hay, también la hay mala. La esperanza es creer que todo va a ir mejor. Hay que luchar, trabajar y tener ganas de hacer cosas. Levantarte con una ilusión, que hay mucha gente que la tiene perdida.

¿Cree en dios? Foto: Niccolò Guasti

No soy muy creyente. Creo en la gente buena, la que lucha, trabaja por los demás, que se va a los países a ayudar a los pobres, en esas cosas sí creo.

¿Y a qué le tiene miedo? 

A la mala gente (risas). Miedo ya… he pasado una enfermedad grande, mi marido un achuchón grave; miedo a la muerte no tengo, al deterioro físico sí. Mi padre murió con cincuenta y dos y una hermana con cincuenta y cuatro, así que digo “Ea, ya he llegado a los setenta”. Cada día me levanto y digo “Un día más”.

¿Por qué cambiaría todos sus premios?

Si pudiera hacer algo con todos mis premios para mejorar la humanidad, los entregaría, eso y mucho más.

¿El Museo del Baile Flamenco es su legado?

Pensaba que tenía que estar vinculada al baile hasta que me muriera. En los escenarios no podía, una escuela no. Y dije: el museo del baile flamenco, que es elevar el baile flamenco a la categoría de museo, que nunca se había hecho. Y es una manera de estar vinculada al baile y devolver al baile todo lo que me ha dado. He puesto todo mi patrimonio, he vendido algunas casas y otra hipotecada para hacer el museo.

¿La ciudad lo conoce?

Mucha gente de aquí no lo ha visto. Afortunadamente viene el turismo, te lo digo para pagar las letras (risas).

¿Cómo es el baile flamenco tras Cristina Hoyos?

Fui una de las primeras bailaoras que empezó a hacer movimientos por los que me preguntaban si había dado clases de contemporáneo con Martha Graham; no eran normales en una bailaora. Caballero Bonald dijo que era el puente entre lo anterior y los tiempos que venían. No sé si lo he sido. Pero algunos decían que había dejado de ser flamenca, pero hacía lo mismo de otra manera. Creo que esa línea algunos la van a seguir.

Remate usted esta entrevista.

Que me quiten lo bailao (risas).

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