Cristina Heeren

Es poco usual que un rico utilice su dinero para algo más que para comprar empresas, hacerse con antojos millonarios o para protegerlo en algún paraíso fiscal. No es su caso. Lleva veinticuatro años garantizando con su patrimonio el futuro de la fundación que lleva su nombre. Nos cita en un antiguo obrador de la calle Pureza en Triana. Ya no huele a harina. En el momento de esta entrevista todo estaba embarrado por yeso, hormigón y el polvo envolvía el ambiente. Parece una quimera que tenga que venir una foránea a montar la mayor academia de flamenco del mundo, reuniéndose de un profesorado de primera: Calixto Sánchez, Niño de Pura o Javier Barón, entre otros. Hablamos con una neoyorkina filántropa entregada al lenguaje de un pueblo (que ya es el suyo). 

¿De dónde viene Cristina Heeren?

Nací en NY y con cuatro años, cuando mi padre volvió de la II Guerra Mundial, nos mudamos al sur de Francia, donde comencé mis estudios hasta los diez años que fui a Inglaterra. A los catorce me llevaron a EE.UU. Posteriormente pasé un año maravilloso en Madrid justo antes de marcharme a comenzar los estudios universitarios de Literatura Comparada en la Universidad de Columbia a Nueva York.

¿Con qué soñaba Cristina en su juventud?

No lo tenía nada claro. Mi sueño era comprar una finca en Andalucía, quizá escribir… No tenía las ideas claras.

¿Es solitaria?

Mucho. Siempre me ha gustado leer, el cine.

¿Cómo es su primer contacto con el flamenco?

Yo estaba en Londres estudiando y mi padre me sacó un día para ir a ver una actuación de Antonio Ruiz, Antonio el bailarín, que me entusiasmó. A mi padre le encantaba el flamenco y tocaba un poco la guitarra. Posteriormente, entre el 61 y 62 estuve estudiando en Madrid y mis padres tenían amigos allí. En aquel momento las fiestas flamencas eran muy corrientes. Iba a los tablaos, me hice amiga de muchos artistas de aquel momento. Iba del tablao flamenco a clase sin dormir.

¿Sigue existiendo ese tipo de fiestas?

Creo que no. Eran algo muy espontáneo. Era muy habitual que los artistas se metieran en los armarios de los anfitriones para disfrazarse. Eran noches llenas de sorpresas. Recuerdo una noche en la que apareció Alejandro Vega, que se vistió de mujer y unió un vestido con otro con pinzas para conseguir una bata de cola que movía con una soltura sin igual.

¿Pudo ser el flamenco el pegamento de todas esas inquietudes de juventud?

Por supuesto. Pero eso fue mucho más adelante. En general creo que he hecho las cosas más tarde que la mayoría de la gente.

¿Por qué?

Era muy insegura, no me atrevía a hacer nada.

Conoció a Hemingway, ¿no? 

Lo conocí en Pamplona.

Y a Welles. 

Coincidí muchas veces con él porque ambos pertenecíamos al círculo de Antonio Ordóñez. Era un ser extraordinario. Recuerdo estar en una verbena de San Antonio con una jaqueca tremenda y él darme un masaje en la cabeza que me dejó nueva.

¿Qué España se encontró cuando llegó?

Una España franquista. Una España muy segura. Además la recuerdo con melancolía porque tenía en la universidad unos profesores maravillosos. España siempre ha sido España y ningún ideal político ni régimen la cambia y por tanto no cambia la percepción de ella que tiene el resto del mundo. Hemingway, Orson Welles, son muchos los que se sentían atraídos por este país y ahora y siempre ocurrirá lo mismo.

¿Llevaba una vida ortodoxa?

Totalmente. Quizá por eso no nos dábamos cuenta de que vivíamos una etapa complicada del franquismo. Lo analizas con posterioridad. En ese momento, si no te perseguían ni te agredían, hacías tu vida y punto.

Comprar la finca en Granada, ¿fue una huida hacia delante?

Puede que sí. Una huida de mi familia.

¿De qué huía?

Del franquismo de mi casa, que fue muy duro también.

¿Qué es un mecenas?

Para un americano, es un tipo que le devuelve a la afición los placeres que produce la afición. En América todos apoyan aquello que les parece importante. Ocurre con todo: museos, por ejemplo, pero también con parques o incluso con hospitales que sobreviven gracias a los donativos. Yo me he criado en esa forma de actuar.

¿Qué es el dinero?

Supongo que para mucha gente será una motivación, una manera de sobornar… El dinero es poder. Tiene su parte buena y su parte mala. La clave es cómo se emplea.

¿El flamenco es un tópico español?

Por un lado sí porque es una afición muy subjetiva. Según tu sensibilidad te afectan diferentes artistas. Es muy interesante. Por ejemplo, me encanta el refinamiento de Calixto Sánchez, pero también la mala leche de Rancapino.

¿Y es cerrado?

Puede ser. Yo misma tuve dificultades para acceder a él. No solo al flamenco sino también a la ciudad en la que vivo (Sevilla). Admite a los extranjeros de una manera superficial y agradable pero cuando empiezas a ir más allá, el sevillano reacciona.

¿El ángel se enseña?

No. Se enseña la técnica pero no la inspiración. Cuando se unen esas dos cuestiones se alcanza lo sublime.

¿A quién le hubiera gustado tener en su fundación?

¿Como alumno?

Sí.

Quizá Estrella Morente, Mayte Martín… Hay gente que se gana la vida bien con el flamenco pero a la que veo que les falta formación teórica y conocimiento.

¿Qué hace falta para triunfar en el flamenco?

Conocimiento, conocer el trabajo de los antiguos. No es solo aprender pasitos como hacen en Madrid, por ejemplo. Es importante aprender la melodía del cante conociendo quién ha sido el referente del palo. Es algo que ocurre en otras disciplinas artísticas. Imagínate que un pintor no visitase un museo. Es impensable.

Cuando está hastiada de flamenco, ¿qué hace Cristina Heeren?

Pues me siento muy atraída por la disciplina psicológica aplicada a los animales. Leo mucho sobre ello. No obstante, me apasiona el arte.

¿Qué es el arte?

Algo que viene de arriba y que no tiene nada que ver con la persona que recibe ese don. El arte es un instrumento y es eso lo que intento enseñar a los alumnos. Deben estar agradecidos y no presumir de ello.

El mejor flamenco, ¿es el de antes?

En todo se piensa que lo anterior, lo antiguo es mejor. Hoy en día hay muchísima calidad. En la fundación intentamos que así sea.

¿Qué es el flamenco?

Es el lenguaje sentimental de un pueblo.

El jazz ha conseguido universalizarse. Dice Fernando Iwasaki que ese es el reto del flamenco. 

Estoy de acuerdo hasta cierto punto. Sin embargo, pienso que si has nacido en un ambiente en el que has visto bailar, has sentido una música, puedes aportar algo más. Tienes una ventaja para aprender también.

Hablemos de política, ¿qué puede decir de la situación actual en España?

Es curiosa. La política anglosajona mantiene de manera muy firme la separación de poderes, mientras que aquí hay una nebulosa inexplicable.

En EE. UU. es curiosa también, ¿no cree?

Teniendo en cuenta que tenemos un presidente con un trastorno de personalidad… Es lamentable que en un país de 290 millones de habitantes no hayamos encontrado a un presidente, al menos, civilizado.

¿Ha cumplido el sueño americano?

No. No era lo que buscaba en la vida. El sueño americano es vivir en una casa grande en las afueras de la ciudad, con un buen coche o dos… Todo eso me horroriza.

Un bailaor.

Dos. Antonio el bailarín y Antonio Gades.

Guitarra.

Diego del Gastor. El Niño Ricardo.

Me empezó contando de dónde venía. Termino preguntándole, ¿a dónde va?

Me gustaría continuar haciendo lo que hago con la fundación, si puede ser con más ayuda por parte de la administración. En Andalucía una de las peculiaridades que la hacen diferente del resto del mundo es el flamenco y como tal hay que cuidarlo y promoverlo.

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