Condenados a prohibir

Impedir es una profesión dura. Ser un obstáculo resulta incómodo. Aguantar insultos, patadas, arañazos de paragolpes, meadas de perros y gargajos sin rechistar es una pedagogía del estoicismo que salpica calles, plazas y barreduelas de la ciudad. Dejarse tatuar la piel de metal o piedra con pegatinas de retirada de grúa, con chicles y pintadas obscenas es un acto de resistencia silente frente a una sociedad que se queja ruidosamente por cosas insignificantes. A la ciudad se le ha pasado la suavidad del depilado y muestra estos pullones duros e indomables. Más que agujas de acupuntura, actúan como lanzas de vudú para martirizar a transeúntes y vehículos. Y ellos -clásicos, modernos, bellos, feos- asumen este papel con paciencia vertical, o con resignación oblicua. Los marmolillos son un trigal zen nacido del asfalto y del adoquín. El bolardo es una exclamación de dignidad en medio de la urbe.

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