Como una ola. Movidas artísticas en la Sevilla de la Transición

Tras la deseada muerte del general Franco en 1975, con el paso de la Dictadura a la Democracia, se inicia en España la época más brillante de su historia contemporánea. Aquel proceso político, conocido como “La Transición”, estaba basado en el diálogo, la tolerancia y la reconciliación, y permitió que germinara una nueva generación de creadores artísticos que, contagiados por el clima de cambio y libertad de su tiempo, forjaron una nueva visión del lenguaje plástico andaluz. Una visión que inundó nuestras vidas, calles e instituciones de color y de modernidad, equiparándonos a nuestros vecinos europeos.

Desde mediados de los años sesenta, con la llegada de los tecnócratas a la administración franquista, comenzó una tímida pero imparable apertura del país hacia estándares internacionales. Un proceso que incluyó entre sus logros una notable recuperación económica e industrial (el llamado “milagro español”), la aparición de nuevas clases medias y obreras, una gran mejora en la calidad de la enseñanza, sobre todo en la universitaria, y un gran aumento demográfico.

En Sevilla, estos cambios provocaron el nacimiento de una nueva sociedad, crítica y urbana, que se fue incorporando, de manera lenta pero progresiva, a las pautas de ocio y consumo implantadas en el resto de Europa Occidental desde los años cincuenta. Con la llegada de estos nuevos tiempos, la vida política y cultural de la ciudad entró en ebullición, gracias sobre todo a la aparición del Estado de las Autonomías y la creación de nuevas instituciones andaluzas. Instituciones, como el Parlamento o las diferentes Consejerías, que demandaban todo tipo de contenidos relacionados con el mundo del diseño y el arte, necesarios para dotarlas de la nueva apariencia formal y simbólica. Este escenario de modernidad sevillana, carente de precedentes históricos, alimentó a una generación de artistas que en muchos casos fueron pioneros, y que procedían fundamentalmente del mundo de la arquitectura y las bellas artes.

Dentro del entorno del diseño industrial y la arquitectura, este movimiento estaba encabezado por José Ramón Sierra, responsable de la rehabilitación del Monasterio de la Cartuja de Sevilla, en 1987. Junto a él, los gaditanos Juan Suárez Ávila y Guillermo Pérez Villalta, el malagueño José Pérez Seguí y el sevillano Guillermo Vázquez Consuegra, entre muchos otros, ayudaron a moldear una tipología de diseño que, si bien bebía de influencias externas tan diferentes como el postmodernismo o el minimalismo, enlazaba también con el lenguaje de la tradición local. De ahí que en sus trabajos abundará el uso de materiales nobles como la madera, el mármol, el acero y el vidrio. Eso sí, se trataba de un diseño de carácter artesanal, que salvo casos excepcionales estaba integrado dentro de sus proyectos de arquitectura.

En el campo de la pintura, auténtico fenómeno de su tiempo, coincidieron cuatro circunstancias felices que no se volverían a repetir de manera simultánea en la historia reciente de Sevilla. La primera, la aparición de una hornada de artistas contemporáneos andaluces con proyección internacional. En segundo lugar, la existencia de marchantes de renombre ubicados en la ciudad, como Juana de Aizpuru (fundadora en 1970 de la mítica galería que lleva su nombre y en los ochenta de la Feria Internacional de Arte ARCO) y Pepe Cobos (La Máquina Española, en 1984), que gestionaron la difusión y distribución de la obra de los jóvenes artistas. Un tercer factor era la existencia de un mercado internacional, nacional y local, ávido de nuevos nombres, dispuesto a comprar obra y con los bolsillos repletos de dinero. Y por último, una corriente cultural y política que favorecía las vanguardias y los nuevos movimientos culturales.

Fue así, casi por arte de magia, como Sevilla se convirtió a mediados de los ochenta en una referencia dentro del mercado internacional del arte contemporáneo. La ciudad estaba llena de personajes postmodernos (que localmente se conocían como “modernos” a secas) que convirtieron la noche, los bares y la calle en su hábitat natural, una sofisticada Movida sevillana que no tenía nada que envidiar a su hermana madrileña. El arte comenzó a marcar la agenda de la ciudad como si fuera un trampantojo, ocultando sus limitaciones y maquillando su realidad. La curiosidad por lo nuevo espoleaba el constante ir y venir de un público entregado a las suntuosas exposiciones que servían de escaparate al fenómeno, una realidad que fue recogida de manera minuciosa por cronistas destacados de la época como Kevin Power, Mar Villaespesa o José Luis Brea, tanto en su revista Arena como en multitud de artículos de prensa nacional e internacional.

En la escudería de Juana de Aizpuru figuraban artistas andaluces ya consagrados en los setenta, como Gordillo, Gerardo Delgado, Carmen Laffón, Rolando, Chema Cobo o Joaquín Sáez, que se complementaban con nuevos pintores como Pedro Simón, Lacomba, Ignacio Tovar o Gonzalo Puch. A mediados de los ochenta, una nueva generación sucede a la anterior, con jóvenes precoces como Salomé del Campo, Moisés Moreno, José María Larrondo o Rogelio López Cuenca. Al mismo tiempo, en la Máquina Española, brillan con luz propia Federico Guzmán, Rafael Agredano, Patricio Cabrera, Curro González o Guillermo Paneque. Todos ellos constituyen el denominado Grupo de Sevilla, bautizado con este nombre por la periodista de El País Fietta Jarque. Al calor de este impulso nacieron otras galerías de renombre, como Fausto Velázquez (1984) y Rafael Ortiz (1988), mientras se suma a la fiesta otro nutrido grupo de artistas emergentes: Ricardo Castillo, Fau Nadal, Curro Casillas, Pilar Albarracín, Pepa Rubio, Antonio Sosa o Abraham Lacalle. Iniciativas privadas a las que también se apuntaron organismos oficiales como el Colegio De Arquitectos, que organizó en 1984 la revolucionaria muestra Ocho Pintores Juntos.

Estos nuevos pintores estaban influidos por movimientos artísticos internacionales como la transvanguardia, la nueva figuración, el neoexpresionismo alemán, el arte conceptual y las tendencias abstractas. Su actitud estética y su postura frente a la realidad diferían, pero todos compartían un momento histórico y una experiencia orientada hacia el mercado de consumo. Por eso, no sorprende que en su obra gobierne una marcada preferencia por la imagen. Una imagen imponente, seductora y rabiosamente moderna.

Como cualquier movimiento, la posmodernidad sevillana también tuvo su propia referencia editorial, la revista Figura, cuyo primer número se publicó en la primavera de 1983. Editada y financiada por alumnos de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, dirigida por Concha Ollero y con redactores como Guillermo Paneque y Agredano, Figura no era un fanzine más, sino una revista de arte de vanguardia en toda regla. Como tal, cumplió una función social y ayudó a transformar el mundo artístico sevillano e ilustró y difundió la información de algunos movimientos internacionales que no se hubieran conocido de otra forma. Todo ello gracias a una plantilla de colaboradores que incluía a los artistas, críticos de arte y periodistas culturales más prestigiosos del momento.

El diseño de moda y complementos estuvo representado por otro grupo, el colectivo Fridor (contracción cañí de Free Door), fundado en 1982 por Carmen de Giles y los hermanos Andrés y Manolo Martín. Por su taller del Patio de San Laureano pasó buena parte de la modernidad sevillana, un espacio que funcionaba de un modo warholiano, y que ejercía una gran influencia estética sobre el resto de los colectivos. Sus trabajos como figurinistas para la compañía de Salvador Távora, Alfonso Zurro en La Jácara o artistas musicales como Martirio, fueron muy reconocidos.

El diseño gráfico y de interiores sevillano sintió una gran fascinación por la geometría, las texturas y las tipografías excéntricas de los años veinte y treinta. Pero sin duda, su gran fuente de inspiración fue el posmodernismo representado por el italiano Ettore Sotssas y su grupo Memphis. La funcionalidad, tanto a nivel visual como formal, pasó a un segundo plano y el puro placer estético se convirtió en la finalidad artística. Se utilizaban extravagantes diseños geométricos, colores llamativos, formas muy decorativas y constantes alusiones al art decó y el arte pop. En general, casi todos los artistas plásticos del momento hicieron sus pinitos en forma de carteles, posters o logotipos, utilizando técnicas mixtas. Todavía no existía un terreno delimitado entre pintores y diseñadores, así que artistas como Javier Alonso, Ernesto de Ceano o el propio Colectivo Fridor se convirtieron en genuinos representantes del oficio. En el campo de la ilustración no se puede olvidar a Manolo Cuervo y sus famosos carteles para el festival de Jazz de Sevilla, o el irreverente Nazario, con sus inolvidables portadas de discos o sus colaboraciones para la revista El Víbora.

Y al igual que la Transición se hizo en los bares, en los bares se hizo la Movida. Se convirtieron en el refugio perfecto de los artistas para celebrar los constantes happenings de las galerías y compartir sus ideas. Una segunda casa donde devorar las lisérgicas noches, repletas de desenfreno y vitalidad. Casi todos los garitos estaban en el centro de Sevilla, una zona que todavía estaba abandonada y por gentrificar. Nombres como Nodo, Sangre Española, Discoteca Centro’s, Centro Negro, S.A.L de Sevilla (Sevilla Air Lines) o Área 2 figuran en la memoria colectiva; espacios transformados cada año por los propios artistas-clientes, y que servía al resto de los ciudadanos para estar a la última.

A pesar de las drogas, el paro y la crisis económica, el periodo que va desde finales de los setenta a finales de los ochenta fue una Edad de Oro para la ciudad de Sevilla. Una etapa fundacional donde, a la vez que se crearon todas las instituciones actuales, se dio forma a nuestra sociedad. Por primera vez en la historia contemporánea de la ciudad, la curiosidad y el ansia de conocimiento pudieron más que el miedo y la ignorancia. Artistas procedentes de todos los estratos sociales se mezclaron entre ellos, dando forma a una Movida sin comparación, que todavía hoy no se valora en su auténtica dimensión. Por la calidad y cantidad de personajes será una época difícil de repetir. Será recordada como una ola; una ola de esperanza y libertad.

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