Como tú no hay ninguno

Las caderas se desencajaron. Los pies se aceleraron. Los brazos se contorsionaban, subían bajaban y giraban sobre sus ejes. Parecía casi una clase intensa de spinning pero no. No estábamos en un gimnasio ni el monitor estaba enmallado hasta el cuello. El instructor que hizo contonearse a casi 3.500 personas a ritmo latino llevaba gorra, chaleco negro y camisa blanca. Algo desgarbado como una palmera y aun así rozando los dos metros de altura se encontraba el Caribe mismo. Juan Luis Guerra.

Los bares de los alrededores del auditorio del Palacio de Congresos de Sevilla estaban hasta las trancas. Las azafatas tuvieron que colocar mesas en las entradas de las puertas para que el público soltase los cientos de botellines. “No se puede entrar con comida ni bebida dentro”, decían las chicas y chicos de organización. Trago y para adentro. Los iPhones tenían la batería al 100% para inmortalizar el evento. El ambiente era de pura fiesta en Sevilla Este.

A las 22:30 horas de la noche saltaba al escenario el dominicano y empezaba fuerte. Subía la birirrubina de toda la repleta grada y comprendía el público en ese momento que las butacas de Fibes no iban a trabajar en toda la noche. Era una delicia ver a jóvenes y a cincuentones agarraditos bailando en la grada. Hoy todo son agujetas.

“Creía que no había lugar más caliente que República Dominicana pero sí que lo hay”. Los termómetros marcaban 46 grados en Alcalde Luis Uruñuela y aunque el auditorio estaba refrigerado, Guerra desde el minuto uno reventó el mercurio. Menos mal que el espectáculo cambió de situación del Auditorio Rocío Jurado a Fibes (no sabemos si por motivos climatológicos como defendían o por miedo a no llenar el aforo de 10.000 personas del antiguo Palenque).

El público era de lo más heterogéneo. Las placas tectónicas del ritmo caribeño hicieron que Sevilla fuese una ciudad más de Latinoamérica. Quizás cerca de Santo Domingo, Bogotá en Colombia, San José en Costa Rica o La Habana. Casi toda la comunidad hispanohablante estaba representada.

Guerra conectó con el público desde el primer momento y hasta el minuto 180 que duró el concierto, haciendo un repaso por los grandes clásicos como el mítico Ojalá que llueva café en el campo, La llave de mi corazón, Quisiera ser un pez, La travesía, o Woman del Callao y otras tantas de su álbum Todo tiene su hora (2014). Todo ello interpretado con un ritmazo que transmitió con su forma lacia característica que tiene de bailar.

Letras elegantes, sensuales, frescas, y amorosas han servido para refrescar la memoria y reconocer que no existe comparación posible con los compases apaleados y repetitivos que reinan actualmente las pistas y las listas de Spotify. Todo era simpatía hasta el caso de “regalar” alguna canción más ante los gritos de “otra, otra” y las palmas a compás.

Pero todo este espectáculo no solo se lo debemos al artista si no que un alto porcentaje de admiración se lo llevó la banda 4.40. con la que lleva más de treinta años y que la completan otra decena de músicos de primerísimo nivel como la percusión, el cuerpo de baile, saxo y trompetas, teclado, güiro… Y cómo no, el montaje y espectáculo de luces y pantallas que acompañaron al directo.

Un espectáculo latino sin precedentes en Sevilla con el que Guerra subió al Olimpo de los dioses que en los últimos años han visitado la ciudad.

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