Columna salomónica

Es una conversación recurrente con el crítico literario Ignacio Echevarría. Él mismo lo ha referido en algunos de sus artículos. Hubo una generación, una época, en la que leíamos a William Faulkner con una pasión inusitada, con vocación absorbente, sin pensar, desde luego, en entender lo que leíamos, eso se suponía que debía de llegar luego. Era la misma atención que recibían el free jazz -Albert Ayler-, el rock underground -de la Velvet Undreground con Nico hasta los Sonic Youth de Kim Gordon-,  la música de Conlon Nancarrow, el cine de autor –Pier Paolo Passolini, Roberto Rosellini, Michel Angelo Antonioni-, la filosofía francesa –Foucault, Deleize, Derrida-, Walter Benjamin, la memoria del anarquismo ibérico, revistas radicales como Star, Agustín García Calvo, Thomas Bernhard, no sé, son algunas notas personales que recuerdo, las más espesas, sin ningún afán ejemplar.

No se trata de nostalgia ni de melancolía. Ni tan siquiera, generacionalmente, ese era mi tiempo. Yo siempre me he juntado con gente de mayor edad, no buscando madurez o responsabilidad alguna, sino que, según creo ahora, tenían experiencia en esos saberes que, no se porqué, tanto me interesaban. Pero, ya digo, no se trata de añoranza ninguna. Como reitera Ignacio Echevarría, fueron un tiempo y unas circunstancias políticas determinadas. No era, curiosamente, un momento cíclico, y no parece que vaya a volver esa tendencia, no era exactamente una moda. Sólo en esos años, en esos alrededores del 68, por ser tópicos, se produjo ese fenómeno. La historia de la lectura, de la democratización de la lectura, con los folletines, las novelas populares, los géneros de divulgación y entretenimiento, los best-seller, todo eso sigue su curso con más pena que gloria, pero hubo un momento en que no era así, un momento en que se esperaban las traducciones y novedades de James Joyce, de Luis Fernindand Céline, de Paul Celan, de Juan Rulfo, de Julio Cortázar, de Ernesto Cardenal, del primer Vargas Llosa, y los leíamos con verdadera afición.

Ya digo, no es mi generación propiamente. Los años 80 fueron más bien los de la banalización de la cultura, la frivolidad y las risas con el mercado. Todo de una manera verdaderamente tontona. La educación universitaria no era muy buena, los complejos culturales eran notables. Leíamos a Don Delillo, a Thomas Pynchon o John Ashbery cuando nuestros grandes posmodernos como Alfonso Grosso, Fernando Quiñones o José Manuel Caballero Bonald estaban produciendo ya una versión inteligente y compleja de nuestro tiempo. Los leo ahora y me produce cierto pudor. Ni tan siquiera la curiosidad nos pudo. Es culpa, seguramente, me digo para consolarme, de que no hubo una crítica ni una crónica periodística capaz de hacer ese ejercicio, ese señalamiento. También, puede ser, ese empeño nacionalista e identitario, esas preguntas académicas del tipo de si son o no una generación con identidad propia, etc. Yo leo con interés a escritores como José Luis Ortiz de Lanzagorta y lo que me interesa es el espesor de su escritura, no su situación en el canon. Pero, ¿cómo pudimos dejar escapar esa complejidad que nos era tan propia e inmediata?

Se nos escapó, esa es la verdad. Ya digo, no me interesa poner el foco concretamente en ninguno de los autores que cito. Isidoro Valcárcel Medina nos recuerda, a veces, que la experiencia sensible tiene una especial relación con el trabajo, la complejidad y la dificultad, más que con la cultura. La apreciación sensual del mundo sólo es apreciable después de haberte perdido en sus selvas. Si no es así, sencillamente, no hay experiencia aunque vivamos inmersos, obviamente, en un mundo sensible.

Mucha de la gente que está hoy en día en los modos de hacer más interesantes, movidos por las mejores intenciones, seguramente, a partir de los trabajos de recuperación del feminismo, de los movimientos sociales, del ecologismo, de los saberes alternativos… y, en fin, en un intento loable de contrarrestar la máquina de dominio del liberalismo económico, la cultura del entretenimiento que es hegemónica en la televisión y las redes sociales, los modos de control de las empresas y los desarrollos gnoseológicos de la sociología positivista cibernética; ya digo, nadie duda de sus buenas intenciones, pero esos intentos de convertir los debates intelectuales en concursos, las decisiones colectivas en un ligero pasapalabra, los juegos de rol en un sistema de autoconocimiento, en fin, es lógico que a la postre se imponga la cultura de Donald Trump; ellos sí que saben de reduccionismo, de televisión y de twitter. La simplificación del mundo, sean los “buenos” y “malos” que sean, la reducción de todo a un binarismo computacional, el entretenimiento como un trabajo de consumo como otro cualquiera, ya digo, ahí ganan las grandes máquinas de dominio capitalista, ese reduccionismo es su lógica, obvio.

Ahora, por ejemplo, al que muestra algún espesor, un interés inusitado por un saber cualquiera, sean videojuegos o series de televisión, enseguida se les llama freakis, o sea, monstruos. Incluso he escuchado expresiones aparentemente tan impropias como “ese es un freaki del flamenco”. En fin, que una cierta especialización y pasión en saberes complejos -no dudo, en absoluto, que The Wire de David Simon es tan genial como La comedia humana de Balzac- es calificada, aunque sea cariñosamente, como monstruosa.

Y esa monstruosidad es, me temo, demasiado familiar para el flamenco. Hay un cierto consenso al día de hoy, especialmente en Andalucía, para aceptar el género, aunque se tergiverse con andalucismos diversos. Pero el flamenco no nació del pueblo sino del populacho, de esas zonas lumpen de gitanos, delincuentes y prostitutas. Me hizo gracia que alguien calificara a la afición flamenca como una hija del “populismo”. En fin, no hay nada más que ver cómo se tergiversa la palabra “populismo” al día de hoy y se quiere, desde las instancias del poder institucional, recuperar la noción de populacho: “populismo” sería su símil moderno, para esa parte del pueblo que no piensa como ellos. Y es curioso, en propiedad, pues el estatuto del flamenco en nuestros días es tanto el de “pueblo” como el de “populacho”. Así que llevarán razón, mera excrecencia “populista”.

Sin duda que mi interés por el flamenco, pienso ahora, tiene que ver con esa mezcla de complejidad y entretenimiento, esa ligereza en el disfrute y esa necesidad de saber qué lo alimenta. En muchos sentidos es un modelo. Es imposible que pensemos en las seguiriyas o las soleares como un modo de hacer popular, en el sentido de mayoritario, comercial o fácilmente consumible. Pero es verdad que el mito de lo popular, de una identificación espacio temporal del espectador con ese modo de hacer, facilita las más de las veces, aún sin conocimientos eruditos, atisbar una cierta complejidad en esa expresión artística. Cualquier aficionado, lo de menos es que sea andaluz o español, faltaría más, hay miles de maneras de llegar a la “afición”, sabe que en mayor o menor medida los saberes y las experiencias suman en el goce del hecho artístico. No es necesario ni que esos saberes sean veraces. La afición ha pasado décadas engañada por todo tipo de mixtificaciones, pero eso no es importante ahora; lo que sí sabían es de esa relación entre la experiencia sensible y el conocimiento del mundo.

“Todos los sabios del mundo,/ vengan a tomar lección,/ porque tengo yo un librito/ que me dio Salomón”. Esta copla la recoge Rodríguez Marín y el propio folklorista extiende a Salomón las claves sabias de ese libro de la experiencia, la experiencia madre de la ciencia, ese “Salomón con ser tan sabio” que repiten las coplas flamencas. No sé porqué me acordaba de esta copla escuchando a Rocío Márquez en la Iglesia de San Luis.

La columna salomónica se llama así por mera imaginación. No sé si fue Rafael el primero que imaginó así el templo del Rey Salomón en la mitología cristiana. No solo era potencia, la construcción helicoidal de la columna aunaba, necesariamente, belleza y sabiduría. Con demasiada facilidad se utiliza el término barroco, un vocablo moderno que no empezó a usarse hasta finales del siglo XIX, muchas veces con connotaciones despectivas y grotescas, para descalificar cualquier expresión compleja del mundo. Sin embargo, la columna salomónica, especialmente las construidas a base de floresta y cosmatescos, son el modelo usado por la ciencia para visualizar la cadena de ADN.

El mundo es complejo, sí, no hay que abrumarse. Es muy difícil para una vida humana, desde luego, tener capacidad para alcanzar algo de esa experiencia, del saber del mundo, de las coordenadas espacio-temporales en que habitamos, del vivir cada día. Seguramente, si sigo dedicado a modos de hacer ligados a eso que antes llamábamos las artes, las bellas artes, es por mi convencimiento de que es a través de esa experiencia, tan inmediata, que uno puede atisbar algo de la complejidad del mundo.

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