Ciudades innovadoras

Vivimos en la sociedad del cambio. Los mercados son volátiles, las cadenas de suministros son globales, la producción industrial de casi cualquier producto pasa por Europa, Asia y Estados Unidos antes de llegar a las tiendas. Vivimos conectados 24 horas al día a través de nuestros dispositivos y teléfonos móviles. Vivimos rodeados de incertidumbre sea en forma de nueva crisis financiera, de las migraciones globales, de los problemas de salud pública o del desafío del cambio climático.

Vivimos el nacimiento de nuevos desarrollos políticos, sean entidades supranacionales o bien movimientos sociales que aspiran al cambio de sistema. Vivimos un tiempo de escasez o de abundancia, según el lado de la mesa en que estemos sentados. Los Estados se han quedado sin recursos y sobreviven endeudados. Es un tiempo apasionante para quienes no tienen miedo a la complejidad y quieren abrazar el cambio permanente.

Entre tanta complejidad, solo una institución permanece: la ciudad. Las urbes concentran la población y la actividad humana de modo que conforman el tejido de producción, distribución y consumo. Es la clase creativa, en palabras del sociólogo Richard Florida, quien lidera la transformación urbana, la creación de nuevo modelo económico basado en la innovación y quien ha sabido aprovechar las ventajas de la globalización. La ciudad responde mejor y de forma más ágil a las necesidades de cambio permanente.

Las ciudades son el corazón de la innovación, porque presentan tres cualidades exclusivas y diferenciadoras en la globalización. La primera condición es la continuidad. No sabemos qué sucederá con el estado nación contemporáneo. La expansión de los bloques comerciales y los tratados de libre comercio reducen la actividad del Estado o, al menos, su capacidad intervención. Cada vez somos más europeos. Las fronteras estatales y administrativas, de naturaleza política, tienen menos sentido en un mundo global. La continuidad tiene que ver con la ubicación geográfica, la creación de redes y rutinas y la capacidad de especialización. Estambul es la gran capital del Mediterráneo desde hace 2.600 años. Cádiz es el primer enclave de la península, punto de encuentro comercial y de culturas. Lisboa es la primera ciudad atlántica, fenicia y marítima. Londres es puerto seguro desde hace 2.000 años. La continuidad refleja la necesidad humana de asentarse, de establecerse. La localización es fuente de competitividad.

La continuidad de la ciudad se correlaciona con la segunda condición: el apalancamiento. Se ha globalizado la biografía, pero no la residencia. Nuestro hogar es una ciudad concreta, un barrio insertado en la gran metrópoli. En la ciudad se aglomeran las actividades económicas e industriales basadas en la innovación, porque solo en ella se pueden concentrar las inversiones, los desarrollos económicos, la demanda de consumo, las universidades y los centros de investigación, así como el capital humano, el talento. El apalancamiento se beneficia de los efectos de la economía de redes. Las ciudades se conectan a través de aeropuertos e infraestructuras tecnológicas, que eliminan las barreras del Estado y facilitan la colaboración en el desarrollo de nuevos proyectos. Veremos las redes de ciudades y, quién sabe, si los Parlamentos de Alcaldes como fórmulas para recuperar la confianza política. En economía, la competencia por crear nodos, hubs o los recurrentes “el nuevo Silicon Valley”. En la práctica, vemos como Berlín, Estocolmo, Londres o Tel Aviv han creado las condiciones para ser ciudades tecnológicas, orientadas a la creación de start ups y que compiten por el talento y la creación de empleo de calidad.

El tercer elemento es el capital simbólico, que consiste en la creación de narraciones, metáforas e historias que pasan al imaginario colectivo. Conocemos Manhattan antes incluso de aterrizar en Nueva York. Rio de Janeiro quiere que Woody Allen cree y ruede una historia cinematográfica. Medellín quiere dejar de ser la ciudad de Pablo Escobar y, por eso, ha trabajado por ser la ciudad más sostenible e innovadora de América Latina. Mención especial merecen de nuevo las Alcaldías, cuyos titulares se han convertido en las caras visibles del cambio de ciclo. En Nueva York, Bill de Blasio enamora con su historia personal y su carisma. En Madrid, Manuela Carmena representa la nueva política. En Bogotá, Antanas Mockus empleó las redes sociales y las aplicaciones para  recuperar la idea de comunidad cívica y urbana.

En suma, la ciudad. Y, para nosotros, La Ciudad, como la describió Manuel Chaves Nogales en su primera obra, es Sevilla. Contamos con la continuidad y el apalancamiento. Nos sobra capital simbólico. Veremos de qué somos capaces en este nuevo tiempo de inventar, crear y escribir. Bienvenidos a La Muy.

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